“Id también vosotros a mi viña”

Mons. Demetrio FernándezMons. Demetrio Fernández       Nos dice el Evangelio de este domingo que el dueño de la viña salió a distintas horas del día, a la mañana, al mediodía y al atardecer, y en cada una de ellas ofrecía trabajo a nuevos operarios: “Id también vosotros a mi viña…” (Mt 20,4), contratando a cada uno de ellos por un precio ajustado. La viña del Señor es la Iglesia, es el mundo entero. Dios nos llama a todos y cada uno a su viña, nos ofrece trabajo, nos da una misión. En la viña del Señor no hay paro, en la Iglesia y en nuestro mundo contemporáneo siempre hay tarea. Lo que hace falta son ganas de trabajar.

Porque el trabajo no se mide en primer lugar por la remuneración, aunque sea necesario el dinero para sobrevivir. No es remunerado el trabajo de una madre o un padre con sus hijos. No es remunerado el cariño dado a los ancianos. No es remunerado el trabajo de dedicación a los pobres y a los últimos. No es remunerado el tiempo que dedicamos a la oración. El trabajo no se mide por el salario. El trabajo es la acción humana colaboradora con la obra de Dios. Ya desde la creación, Dios llamó al hombre para acabar su obra. El trabajo es trabajar-con, es poner al servicio de los demás las propias capacidades para hacer un mundo mejor. En último término, “la obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado” (Jn 6,29). Es decir, lo importante es responder cuando cada uno es llamado.

“Id también vosotros a mi viña” es una invitación y una llamada a trabajar por la expansión del Reino de Dios. Un reino de verdad y de vida, un reino de santidad y de gracia, un reino de justicia, de amor y de paz. A esta viña, a este trabajo somos llamados todos, a distintas horas, pero hay trabajo para todos. Cuántas veces se oye decir: Pero, cómo no me he dado cuenta de esto anteriormente. Y la respuesta es muy sencilla: además de que me haya hecho el sordo, está que Dios tiene su agenda y su reloj. Y El llama a cada uno a la hora que quiere: en la mañana, a mediodía o al atardecer. Para esta tarea, nunca es tarde si la dicha es buena.

El salario ajustado era de un denario por jornada, es decir, un precio altamente desproporcionado. Y es que en la colaboración con Dios, a poco que pongamos, él lo multiplica por infinito. Nuestra colaboración ensancha nuestro corazón y lo capacita para llenarse de Dios. La recompensa final es el cielo, la vida eterna con él en la felicidad del cielo. Por eso, “a jornal de gloria, no hay trabajo grande”, repite un himno de vísperas, pues la gloria siempre será un premio desmesurado por parte de Dios, que lleva incluido un merecimiento por parte nuestra.

Y al recibir el premio, en el que queda pagado todo merecimiento, toda justicia, los de la mañana se quejaron de recibir el pago ajustado, que era el mismo para los de la tarde. Brota la envidia al compararse con otros, y en el fondo de la envidia está el considerarse menospreciado, querido menos. La envidia es el único pecado que nunca produce gozo, y muchas de nuestras tristezas provienen de ahí, de compararnos con otros y sentirnos menos amados, menos afortunados. La respuesta del dueño es la respuesta de Dios a nuestras quejas y reivindicaciones: no te hago de menos si te doy lo que hemos ajustado, si te doy un salario desmesuradamente grande. Si al otro le doy lo mismo, es por sobreabundancia de misericordia para con él. Y “¿vas a tener tú envidia de que yo sea bueno?”

El Dueño apela a su propia libertad para gestionar sus asuntos. En la libertad de Dios, él reparte a cada uno los dones que considera oportunos. Cuando se oye decir que Dios ama a todos por igual, no es verdad. Dios ama a cada uno con amor desbordante, capaz de satisfacer con creces las necesidades de cada uno, pero dándole a cada uno su medida, que no es la misma para todos. No le ha dado lo mismo a María Santísima que a cada uno de nosotros.

“Id también vosotros a mi viña” es una invitación a trabajar con Dios en la obra de nuestra santificación y la de los demás. Es un trabajo apasionante y el jornal no puede ser más desbordante.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández,

Obispo de Córdoba

Mons. Demetrio Fernández
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Nació el 15 de febrero de 1950 en Puente del Arzobispo (Toledo) en el seno de una familia cristiana. Sintió la llamada de Dios al sacerdocio en edad temprana. Estudió en los Seminarios de Talavera de la Reina (Toledo), Toledo y Palencia. Es maestro de Enseñanza Primaria (1969). Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Estudios de Derecho Canónico en Roma y Salamanca. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: “Cristocentrismo de Juan Pablo II”. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1974 en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo. Profesor de Cristología y Soteriología en el Seminario de Toledo (1980-2005); Consiliario diocesano de MAC -Mujeres de Acción Católica- y de “Manos Unidas” (1983-1996); Vicerrector y Rector del Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos (1983-1992); Pro-Vicario General (1992-1996); Delegado Episcopal para la Vida Consagrada (1996-1998); Párroco de “Santo Tomé”, de Toledo (1996-2004). Nombrado Obispo de Tarazona el 9 de diciembre de 2004, recibió la ordenación episcopal el 9 de enero de 2005 en el Monasterio de Veruela-Tarazona. El día 18 de febrero de 2010 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Córdoba. Inició su ministerio episcopal en la Sede de Osio el día 20 de marzo de 2010.