Siete canales de la Gracia

Mons. Pérez GonzálezMons. Francisco Pérez     El Concilio de Trento definió cuántos y cuáles son los sacramentos. Son siete y han sido instituidos por Cristo. Él es el Sacramento original y primordial. Instituyó la Iglesia con su carácter de “sacramento de sacramentos”. Ella es pues, la encargada por Cristo de su definición y celebración. La Iglesia hace los sacramentos y los sacramentos hacen a la Iglesia. Dice el papa Francisco: “Por lo tanto, si bien, por un lado, es la Iglesia que “hace” los sacramentos, por otro, son los sacramentos que “hacen” la Iglesia, la edifican, generando nuevos hijos, agregándolos al pueblo santo de Dios, consolidando su membresía” (Audiencia General, 6.11.2013). El Concilio Vaticano II define varias veces a la Iglesia como “sacramento universal de salvación” (LG 1, 2; 48, 2; 59, 1; GS 45, 1; AG 1, 1; 5, 1).

Los sacramentos corresponden a todas las etapas y a todos los momentos importantes de la vida del cristiano. Acompañan a la vida en su inicio, crecimiento, curación, comunicación y misión. La sucesión de la recepción de los sacramentos es muy pedagógica y adaptada a la psicología humana. La Iglesia ha aprendido del propio Jesús cómo acompañar el proceso de formación cristiana. Él siguió una pedagogía para formar a sus discípulos. El punto de partida es el llamamiento, le sigue el encuentro, la conversión, el discipulado, la comunión y misión. Es llamado con toda razón “maestro” (Mc 9, 5; 10, 51), profundo conocedor de la respuesta humana (Jn 2,25). La persona es una síntesis indivisible de un ser espiritual y material al mismo tiempo. Cuando Jesús curaba a los enfermos daba la salud a la persona entera: física y espiritual (cf RMi 14) Para eso usa unos signos, gestos y palabras, como sucede en los sacramentos. Un prototipo de lo que serían los futuros sacramentos se descubre en la curación del ciego de nacimiento. Jesús realiza unos signos materiales: saliva, barro, untar, tocar, lavarse en la piscina de Siloé (Jn 9, 1-41). Hoy, la ciencia antropológica reconoce cuatro dimensiones constitutivas de la persona: su unidad biológica, psicológica, social y espiritual. Así es como la religión dirige los sacramentos no sólo a lo espiritual sino a la configuración de la totalidad de la persona, que es unitaria e individual. Los sacramentos intervienen en una formación integral y armoniosa del cristiano. Realiza un acompañamiento respetando el crecimiento de la persona en todas sus dimensiones. La dimensión espiritual ocupa un lugar privilegiado.

Se trata de acompañar a lo largo de la vida la capacidad espiritual, de diálogo con Dios, que tiene toda persona. San Pablo usa el símil agrícola de plantar, regar, crecer y cosechar, para explicar cómo va llegando la gracia de Dios a la vida de los cristianos. “Yo planté, Apolo regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor. Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios” (1 Cor 3, 6-9). Siguiendo el parangón, se puede decir que los sacramentos son siete intervenciones de la Iglesia para plantar la vida de Dios en una persona, proveer en el momento adecuado el riego, el alimento, la defensa ante las inclemencias del tiempo, la poda, la cura de las plagas, la cosecha. En una palabra: todas las acciones de cultivo de la vida espiritual.

Por eso existen los sacramentos de la iniciación cristiana: bautismo, confirmación y eucaristía que corresponden a las acciones básicas de plantar, fortalecer y alimentar. Les siguen los sacramentos de curación: penitencia/reconciliación y unción de enfermos, Y finalmente los de mantenimiento al servicio de la comunidad: orden sacerdotal y matrimonio. La Iglesia va sacando y repartiendo del depósito de la gracia por siete canales lo que necesita el cristiano para crecer espiritualmente al mismo tiempo que crece en las demás dimensiones humanas y cristianas. Cuando el nacer alegra la vida de un hogar, los padres quieren dar a conocer al nuevo miembro de la familia y lo inscriben poniéndole un nombre y dándole sus apellidos. En este momento inicial de la vida se sitúan entre nosotros la mayoría de los bautismos. El bautizado recibe la semilla de la fe, entra a formar parte de la familia de los hijos de Dios y del Cuerpo Místico de Cristo, y se pone en el seguimiento de Jesucristo como miembro de la Iglesia. Esta vida en germen, tierna, necesita enseguida ser fortalecida, por el Espíritu Santo, quedar consagrada y marcada para Dios con los dones del Espíritu Santo. Esto se realiza en la Confirmación. Y cuando se crece llegando a la edad del discernimiento, se necesita un alimento potente para participar plenamente de los misterios de la vida cristiana: La Comunión del Cuerpo y la Sangre del Señor es el mejor e insustituible alimento espiritual. Llegan las dificultades, los tropiezos por la debilidad humana y por las tentaciones, que son como plagas, que debilitan, hacen enfermar y hieren el espíritu. En ese momento la Iglesia ofrece de parte de Dios la gracia de la sanación, el perdón, la reconciliación, la reintegración a la vida de la comunidad por medio del Sacramento de la penitencia y reconciliación. Y cuando la debilidad física, la enfermedad y los años anuncian el posible final, entonces se ofrece el sacramento de la Unción de enfermos como perdón, consuelo y fortaleza.

Alguien tiene que encargarse de realizar los signos sacramentales y ser intermediarios de Dios para que su gracia vaya llegando a los fieles cristianos. Para realizar esta tarea está el Orden ministerial del sacerdocio. Algunos miembros de la comunidad son ordenados sacerdotes para servir a la comunidad representando a Cristo como Cabeza y Pastor. Esto significa no sólo existe para santificar, sino también para anunciar la Palabra en la celebración litúrgica y en la catequesis y para conducir al Pueblo de Dios caminando juntos a la salvación. Sin olvidar el Sacramento del Matrimonio que hace posible que se realice la “Iglesia doméstica” y los esposos son mediación creadora de Dios en sus hijos. Los canales de agua llevan la vida a los campos, las venas alimentan al cuerpo humano, los sacramentos reparten la gracia de Dios a las comunidades cristianas y a los fieles. Nos tenemos que preguntar ¿cómo tenemos que celebrarlos y recibirlos para que Dios pueda dar el incremento?

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).