La exaltación de la Santa Cruz

Mons. Francesc Pardo i ArtigasMons. Francesc Pardo i Artigas       Este domingo celebramos la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz, una antigua fiesta cristiana que tiene su origen en Jerusalén, en el siglo IV, con la consagración de dos iglesias: una en el lugar de la crucifixión de Jesús, y la otra dedicada a su resurrección.

La crucifixión unida a la resurrección, la cruz gloriosa: de ahí la referencia a la exaltación de la Santa Cruz.

El sentido de la fiesta de hoy, en la que contemplamos a Jesús en la cruz, nos puede ayudar a afrontar este nuevo curso.

Conviene no olvidar la expresión de Jesús: “Dios envió a su hijo al mundo no para que lo condenase, sino para salvarlo gracias a él”. La cruz, signo de salvación y de vida.

Recuerdo en este momento la antigua práctica cristiana —al menos en algunos lugares— de ir tal día como hoy hasta la cruz de término del pueblo, desde
donde el sacerdote bendecía con la vera cruz todo su término municipal.

La bendición del término y de las personas significaba ofrecer a todo el mundo la compasión de Dios, y pedir que todos los sufrimientos, necesidades, dramas humanos, conflictos, experiencia de la muerte…., gracias a Jesús, muerto en cruz, se convirtiesen en experiencia de vida y salvación. Se mostraba que el Señor de la cruz nos acompaña a todos y a cada uno de nosotros en nuestras propias cruces. Al mismo tiempo, significaba mirar el mundo desde los ojos del crucificado: mirar como están las personas, como viven, su problemática, y manifestar que es Jesús quien puede cambiarlo todo, la muerte en vida, la desesperanza en esperanza, el odio en amor, el egoísmo en generosidad, la condena en liberación.

Desde la cruz de Jesús, cada problema y situación, por difícil que sea, se convierte en oportunidad de salvación.

Mirar la cruz es descubrir a Dios, que en Jesús mira al mundo con misericordia, compasión y dulzura. Y no mira desde lejos los problemas y el mal, sino que los asume todos en la cruz. Podemos estar rodeados de violencia, de sufrimiento, porque la cruz es dura; invitación al realismo, a la dureza de la
vida, pero también a la posibilidad y a la experiencia de salvación.

Por eso, este domingo bendeciré la cruz que da la bienvenida a los visitantes en el santuario de los Ángeles, y que es conocida como la “Cruz de las
Gabarras”.

La cruz nos ayuda a descubrir los signos de vida y resurrección que vivimos hoy.

Con frecuencia hacemos la señal de la cruz, sería bueno hacerla al levantarnos y al acostarnos; también durante la celebración de la Eucaristía y en tantos otros momentos. Pero que no sea un gesto mecánico, sino que exprese nuestra confianza en Jesús salvador.

En muchas casas se echa en falta el signo de la cruz. Está la cruz de la vida, pero el signo de Jesús en la cruz recordaría la realidad de la salvación y la
vida.

He estado en casas de jóvenes matrimonios que me han mostrado ilusionados su hogar, y después, durante la conversación, les he dicho: “He visto bonitos cuadros con paisajes, animales, reproducciones de obras de arte…. Pero echo en falta aquel que os recuerde que la dureza de la vida y la convivencia se puede vivir de forma distinta; aquel que os recuerde que amar significa dar la vida cada día para que los demás tengan vida, aquel que, en los sufrimientos, os mantenga la esperanza. Echo en falta la cruz”.

Hagamos y enseñemos a hacer la señal de la cruz.

+Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona

Mons. Francesc Pardo i Artigas
Acerca de Mons. Francesc Pardo i Artigas 420 Articles
Francesc Pardo i Artigas nació en Torrellas de Foix (comarca del Alt Penedès, provincia de Barcelona), diócesis de Sant Feliu de Llobregat, el 26 de junio de 1946. Ingresó en el Seminario Menor de Barcelona y siguió estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor, de la misma diócesis. Se licenció en Teología, en la Facultad de Teología de Cataluña. Es autor de diversos artículos sobre temas teológicos publicados es revistas especializadas. Recibió la ordenación presbiteral en la basílica de Santa María de Vilafranca del Penedès, el 31 de mayo de 1973, de manos del cardenal Narcís Jubany. El 16 de julio del 2008, el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo de Girona. Recibió la Ordenación Episcopal el dia 19 de octubre del 2008 en la Catedral de Girona, tomando posesión de la diócesis el mismo día.