La eliminación de los cristianos en Oriente Medio

Gil_HellinMons. Francisco Gil Hellín

“Lo he encontrado muy, muy preocupado. Siente sobre sí el drama de esta pobre gente, constreñida a abandonar todo para no morir. Centenares de miles de personas en fuga sin nada”. Son  palabras del cardenal Filoni en una entrevista a Il Messagero de Roma, respecto al estado de ánimo del papa Francisco sobre la situación en Irak, a donde ha ido como su enviado personal.

Es triste pensar que esto pueda ocurrir en pleno siglo XXI. Pero es todavía más triste que ni siquiera los cristianos nos sintamos personalmente concernidos de verdad. En el sentido de movilizarnos para evitar una tragedia semejante. Porque en esos “centenares de miles” de prófugos, a los que se refería el cardenal Filoni, hay muchos niños, muchas mujeres, entre las que habrá embarazadas, y muchos ancianos y enfermos. Independientemente de que sean cristianos, se trata de personas inocentes a quienes se niegan derechos tan fundamentales como es el permanecer en su casa y practicar la religión que, según su conciencia, deben seguir.

También llama mucho la atención que la comunidad internacional no haya reaccionado con más prontitud y con más eficacia. Como señala la doctrina social de la Iglesia, “el principio de humanidad, inscrito en la conciencia de cada persona y pueblo, conlleva la obligación de proteger a la población civil de los efectos de la guerra”. La misma doctrina social señala que “los conatos de eliminar  enteros grupos nacionales, étnicos, religiosos y lingüísticos son delitos contra Dios y contra la humanidad, y los autores de estos crímenes deben responder ante la justicia”. Eso explica que la comunidad internacional en su conjunto tiene la obligación moral de intervenir a favor de aquellos grupos cuya supervivencia está amenazada o cuyos derechos humanos  fundamentales son gravemente violados.

Los cristianos llevamos la persecución, violenta o solapada pero real, en el DNI de nuestra fe. “Si a mi me han perseguido, también a vosotros os perseguirán”. Pero eso no nos priva de ejercer y reclamar los derechos que corresponden a toda persona humana, ni exime de responsabilidad y culpa a quienes los conculcan. Ser un ciudadano cristiano no conlleva privilegios pero tampoco discriminaciones. La verdad y la justicia son realidades de valor y aplicación universal.

Cuando uno contempla la historia, no puede menos de entristecerse al ver que ahora se puede repetir lo que ya ocurrió hace muchos siglos. ¿Quién sabe que Tertuliano, san Cipriano o San Agustín pertenecieron a comunidades cristianas pujantes y llenas de vida, de las que hoy no queda ni rastro? La desaparición de dichas cristiandades y de su cultura, ¿ha perjudicado únicamente a la población cristiana o ha sido una pérdida para toda la comunidad de Occidente? Sería muy triste que la tierra donde el Cristianismo arraigó con fuerza desde los primeros siglos, corriese la misma suerte que las cristiandades del Norte de África.

Irak no es el único lugar de conflicto. Lo son Nigeria, Pakistán, Sudán, Corea del Norte y tantos otros. Incluso Europa no queda al margen. Es verdad que en la zona europea la persecución no es física. Pero basta ver ciertos programas de televisión, leer a ciertos cronistas de periódicos, escuchar a algunos tertulianos o políticos para percatarse de que la persecución tiene aquí una forma diferente pero que es tan real como en otras latitudes. Ante esta situación es preciso pensar que la guerra –física o moral- es siempre una derrota del hombre y que con la violencia verbal o fáctica no construiremos una sociedad verdadera progresista, donde el gran beneficiario sea el hombre. Pidamos al Señor el don de la paz.

+Francisco Gil Hellín,

arzobispo de Burgos

 

Mons. Francisco Gil Hellín
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Mons. D. Francisco Gil Hellín nace en La Ñora, Murcia, el 2 de julio de 1940. Realizó sus Estudios de Filosofía y Teología en el Seminario Diocesano de Murcia entre 1957-1964. Obtuvo la Licenciatura en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma entre 1966-1968. Además, estudió Teología Moral en la Pontificia Academia S. Alfonso de Roma entre los años 1969-1970. Es Doctor en Teológía por la Universidad de Navarra en 1975. CARGOS PASTORALES Ejerció de Canónigo Penitenciario en Albacete entre 1972-1975 y en Valencia de 1975-1988. Subsecretario del Pontificio Consejo para la Familia de la Santa Sede de 1985 a 1996. Fue Vicedirector del Instituto de Totana, Murcia entre 1964-1966 y profesor de Teología en la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1975-1985). También en el Istituto Juan PAblo II para EStudios sobre el Matrimonio y Familia (Roma, 1985-1997) y en el Pontificio Ateneo de la Santa Cruz en Roma (1986-1997). Juan Pablo II le nombraría despues Secretario del Dicasterio de 1996 a 2002. Fue nombrado Arzobispo de la Archidiócesis de Burgos el 28 de marzo de 2002, dejando su cargo en la Santa Sede, y llamado a ser miembro del Comité de Presidencia del Pontificio Consejo para la Familia desde entonces. El papa Francisco aceptó su renuncia al gobierno pastoral de la archidiócesis de Burgos el 30 de octubre de 2015, siendo administrador apostólico hasta la toma de posesión de su sucesor, el 28 de noviembre de 2015. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar y de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida desde el año 2002. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Burgos desde 2011 hasta 2015. Además fue miembro de la Comisión Episcopal del Clero de 2002 a 2005.