La diócesis de Oviedo celebra San Melchor de Quirós

Melchor García SampedroDentro de las actividades programadas en Covadonga para este mes de julio, por la Delegación de Misiones del Arzobispado de Oviedo, se encontraba la conferencia del sacerdote diocesano y misionero en Tailandia Fermín Alonso Riaño con el título “San Melchor de Quirós y los mártires asiáticos. Semillas de una Iglesia nueva” (26 julio). Para el sacerdote Fermín Alonso, su recuerdo, y el de otros tantos mártires de Vietnam, está muy presente entre los católicos en Asia. “Vivir la experiencia de los mártires en Asia –afirma–, es comprometerse a seguir siendo testigo de Jesús y lo que Jesús hace hoy en medio de un mundo que no le conoce, y que, por tanto, no puede entenderle”.

En el año 1986 Fermín, natural de Avilés, se ordenaba sacerdote en la diócesis de Oviedo. En sus años de Seminario, entre los 70 y los 80, llegaban numerosos ecos sobre las misiones, entre la misión diocesana, y sacerdotes procedentes de otros países lejanos que acudían a este centro para compartir con los jóvenes aspirantes al sacerdocio sus experiencias. “De alguna manera –recuerda el propio Fermín– todo me influyó para tomar la decisión de ser misionero. Luego vino la experiencia de la proclamación de San Melchor como santo, que movió a la Iglesia de Asturias a mirar hacia el Oriente, y surgió la posibilidad de ir como sacerdote hacia aquellos países, pues ya teníamos en América Latina o en África, pero no en Asia”.

San Melchor, cuya memoria en la diócesis se recuerda todos los 28 de julio, está detrás de la decisión de un grupo de sacerdotes que deciden acercarse a la realidad de los países asiáticos, animados por el testimonio del santo de Quirós. La razón por la que Tailandia fue el país elegido, dentro de todo el continente asiático, responde a que hay muy pocos países asiáticos donde permitan públicamente la entrada a misioneros: “la Iglesia en Asturias envía sacerdotes misioneros, no personas a hacer obras sociales, y Tailandia es uno de esos pocos países que nos permiten la entrada como lo que realmente somos”.

Su llegada a Bangkok, en el año 1991, le hizo encontrarse con un país que en aquel momento estaba abriendo sus puertas a Occidente. Con 62 millones de habitantes, Tailandia cuenta tan sólo con 300.000 cristianos, un 0,5 de la población, que es, en su gran mayoría, budista.

Actualmente Fermín se encuentra trabajando en la diócesis de Udan Thani, al noroeste del país, y a orillas del río Mekong, que hace frontera con los países de la órbita del socialismo asiático, como Laos, Birmania o Camboya.

En Tailandia se respeta a la minoría católica “como una experiencia creyente muy valiosa”, señala el misionero. “En un mundo donde es muy difícil la conversión, es fácil, en cambio, la ayuda social. A través de colegios, hospitales, atención a inmigrantes o a refugiados es como la Iglesia ha podido comunicar la buena noticia”.

Las parroquias, por otro lado, son numerosas pero pequeñas. “Hay colegios católicos a los que acuden 1.200 alumnos, y parroquias donde van 30 personas a la Eucaristía –señala Fermín–. Pero son parroquias abiertas a todo el mundo, donde la gente se junta, y las personas entran y salen, sean budistas o católicos”.

Cristianos y budistas

Y es que cristianos y budistas conviven “desde la amistad y la identidad cultural común –destaca–. No es nada raro que en una misma familia te encuentres con que la mujer es católica y el hombre budista. Y los dos se apoyan mutuamente en la fe de cada uno”.

Esta amalgama que en el mundo occidental podría verse complejo y hasta impracticable, en este país puede comprenderse pues la fe del católico está impregnada de la cultura. “La cultura tailandesa es una cultura de contemplación: se habla poco y se contempla mucho. Es una cultura impregnada por el respeto a los otros, pues no deja de ser un lugar de paso y eso hace crecer el respeto a lo diferente. Es una cultura de la sonrisa y de la acogida.

A lo mejor en Tailandia no tenemos grandes teólogos ni grandes escritos, pero tenemos grandes contempladores de la vida y de la experiencia de Dios. Puede que no tengamos grandes estructuras de formación teológica, pero tenemos grandes conventos para ir a orar y una gran experiencia de lo que es la fraternidad entre católicos, budistas y musulmanes en la calle”.

“Al final –destaca– las ofrendas que los budistas hacen a los monjes son las mismas que los católicos llevan a las parroquias; los budistas pensando en conseguir méritos para tener una mejor reencarnación, y los católicos sabiendo que Dios da ánimo para compartir con los que no tienen y con su comunidad”.

No es fácil, de todas formas, insertarse como sacerdote en un mundo tan diferente al español. Fermín Alonso tuvo que formarse a conciencia, antes de entrar en el país de misión, y una vez allí, seguir aprendiendo. Aprender, por ejemplo, a sentarse sin que sus pies apunten al otro, poder comer con la mano sin que el que está enfrente se sienta incómodo, o a no mirar a las personas a los ojos, ya que en Tailandia, mirar a los ojos es como examinar el alma, y por lo tanto, al hablar, se le mira a los labios: “por eso la sonrisa es tan importante en el mundo tailandés”, afirma.

Pero lo más importante es que los católicos saben que el sacerdote es un testigo de Jesús, y eso es lo que esperan de ti: no tanto que hables bien el idioma o que tengas muchos conocimientos, sino que dé testimonio con mi vida: que vaya a ver al enfermo, que puedan compartir sus problemas conmigo, que rece por ellos”.

La fe en esta parte del mundo viene muy determinada por los mártires, especialmente del Vietnam (130.000 se calculan en total). “En Tailandia es muy frecuente encontrarse con el póster de la canonización de San Melchor y los demás mártires en las capillas, pues hay mucho descendiente de vietnamitas. Es una experiencia de fe que ellos no olvidan y que les hace vivir con fortaleza y afrontando los retos que hoy son muchos para todos ellos”. “Vivir la experiencia de los mártires en Asia hoy –dice– es comprometerse a seguir siendo testigo de Jesús y lo que Jesús hace con nosotros en medio de un mundo que no conoce a Cristo, y por lo tanto, no lo puede entender. Tú vives experimentando la presencia del Señor en ti, con la certeza de que esa experiencia que estás viviendo, muchos ni se percatan de ella, y en caso de que se percaten, no la pueden entender, porque les faltan las claves para poder hacerlo. Por eso, puede llegar un momento en que en la sociedad se considere que la vivencia de la fe se vea como algo falso e inexistente, y que es una ilusión que hay que superar o suprimir”.

Al mirar hacia España, en estos meses de descanso que tiene cada tres años, Fermín afirma que “aún después de la muerte, Dios nos da la vida. Puede que hoy te encuentres con una Iglesia donde la presencia de mujeres y ancianos sea comparable a la que había a los pies de la cruz. Pero esa experiencia desde luego no concluyó ahí, vino la resurrección de Jesús, y yo creo y espero en la Iglesia que me envió a misiones. Puede que no sea la Iglesia joven de África o América; puede que no sea la Iglesia en mantillas de Asia, pero sí es una Iglesia mayor, con una experiencia de fe, que Dios fortalece día a día”. 

Mons. Sanz celebra la eucaristía en la festividad de San Melchor de Quirós

El Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz, celebraba este lunes 28 de julio una Eucaristía en el Santuario de Cortes con motivo de la festividad de San Melchor de Quirós. A la tradicional misa se unieron algunos misioneros asturianos que están pasando una temporada de vacaciones en casa, y otros sacerdotes diocesanos que han estado en tierra de misión. Durante su homilía, Mons. Jesús Sanz señaló que era necesario preguntarse: «¿Dónde ser hoy misioneros de una Buena Noticia y de la paz de Cristo? La Misión no está sólo en aquellos países lejanos donde sirven estos hermanos nuestros, sino en nuestro aquí y ahora, en esta tierra nuestra. ¿Dónde están hoy nuestras pequeñas guerras, nuestros enfrentamientos, nuestras luchas? Ahí es donde debe llegar la paz de Cristo». 

San Melchor, el santo de todos los asturianos

Fue martirizado en Vietnam, y canonizado por Juan Pablo II en 1988

Ser nombrado obispo en la antigua Indochina, en el territorio hoy conocido como Vietnam, en el siglo XIX, era casi automáticamente como ser condenado a muerte. Eso fue lo que le sucedió a Melchor García Sampedro, fraile dominico natural de Quirós, quien, a sabiendas de lo que suponía semejante responsabilidad, aceptó el cargo, y la detención y tortura que, poco después, le sobrevino por órdenes del emperador Tu-Duc, que ponía precio a la cabeza de los misioneros europeos que se enc0ontraban bajo su reinado.

El 28 de abril de 1858 fray Melchor fue martirizado, en un proceso del que han llegado a decir que “es difícil encontrar un ejemplo de martirio más cruel” que el sufrido por este asturiano.

En el año 1988, Juan Pablo II le nombró santo, en una ceremonia en el que fueron canonizados 117 mártires de Vietnam. Es el primer y único santo asturiano, y la diócesis celebra su festividad precisamente todos los 28 de julio, es decir, el próximo lunes.

Nacido en la aldea de Cortes, concejo de Quirós, en 1821, su familia se dedicaba a las tareas del campo y del ganado. Los que le conocieron decían de él que rezaba de niño el rosario todos los días, que enseñaba a sus hermanos las oraciones y que era muy devoto de la Virgen del Alba. Con tan sólo 14 años dejó su casa y se fue con su padre, caminando, hasta Oviedo para realizar sus estudios superiores. Allí estuvo durante diez años, en la capital del Principado, estudiando con un claro objetivo: hacerse sacerdote de Cristo; y más aún, ser misionero. Por ello, a los 24 años se despidió de su familia con destino a Ocaña, donde se ordena sacerdote dominico; sería la última vez que les volvería a ver.

En las cartas que su familia recibe, estando ya San Melchor en Indochina, les cuenta que aunque la vida que lleve parezca “áspera y cruel a los ojos del mundo”, él siente una “continua alegría” de estar allí. Fue una corta vida misionera repleta de grandes pruebas como las persecuciones, la clandestinidad, las hambrunas y epidemias. Hoy se conservan las cartas que enviaba, en las que dejaba entrever una enorme fe y cariño a su familia, “desde un rincón de Asia”.

(Esta Hora – Arzobispado de Oviedo)

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