Iglesia partida (III)

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés       Sabemos que la Iglesia se encuentra partida y sufre, porque otros la acosan y la hacen sufrir, o también porque en su seno hay pecados que la rompen y dividen.

Hay además otro rostro de la Iglesia sufriente que nos resulta misterioso. Por un lado nos estremece y nos inquieta, por otro puede despertar en nosotros admiración y agradecimiento. Es la Iglesia que sufre en no pocos de sus miembros cuando son víctimas de todo tipo de males, no causados, al menos directamente, por ningún acto deliberado propio o ajeno. El ejemplo más claro sería la Iglesia que sufre en los enfermos.

Hemos de reconocer que este sufrimiento, sobre todo si está protagonizado por una persona “inocente”, se nos presenta con un halo de misterio. Despierta tantas preguntas… Todavía más misterioso es el sufrimiento de aquellos que lo han sabido asumir e integrar libremente, cargando sobre sus hombros todos los límites, toda la pesadumbre de la vida rota, deshecha e inhumana… Y, ¿qué decir de aquellos que en la Iglesia incluso han pedido a Dios sufrir?

No podemos dejar de recordar, entre otros muchos, unos testimonios verdaderamente impactantes de dos mujeres que tuvieron en el centro de sus vidas el gran reto de sufrir, concretamente, sufrir la enfermedad terrible y trágica, y que además gozaron del privilegio de ser biografiadas por sendos grandes autores: María Berchman, de cuya vida nos dejó testimonio Thomas Merton en su obra titulada El exilio y la gloria, y Marta Robin, estudiada profundamente por Jean Guitton en Retrato de Marta Robin.

La vida de la madre María Berchman fue toda una búsqueda apasionada y mística de Dios como amor absoluto en el seno de una existencia marcada por el sufrimiento. Lo más destacable de su testimonio es precisamente el papel que juega este sufrimiento en su camino de búsqueda. Mirando el conjunto de su trayectoria, uno tiene la impresión de que fue para ella un continuo exilio, salida y abandono de situaciones naturalmente buenas. El primer exilio fue el abandono del calor materno, al ser dejada siendo niña en el hospicio de la Redención (Lyon, 1880), con síntomas de gran debilidad física que arrastraría toda la vida. El segundo, cuando ya joven tuvo que dejar este hospicio, donde había gozado de afecto y protección, para ponerse a trabajar. El tercero, totalmente voluntario, al renunciar a la vida compensatoria del mundo para ingresar en la Trapa del monasterio de Laval. El cuarto, al aceptar formar parte de la comunidad fundadora de un monasterio al norte del Japón, en circunstancias de extrema pobreza. Finalmente el gran exilio de esta vida asumiendo la tuberculosis que la llevaría a la muerte a través de un prolongado y desgarrador sufrimiento. Todo ello vivido desde una personalidad apasionada, radical, profundamente afectiva, jovial y activa, transfigurada por una espiritualidad del amor progresivamente más puro, oferente y gratuito, en la línea de santa Teresita del Niño Jesús. Escribirá en su diario:

“Dios tiene que triunfar sobre las ruinas de nuestros planes. Sólo sus fines tienen realidad. Todo el resto es nada”.

Vemos en ella una Iglesia sufriente por amor y amando. Cada herida era para ella un escalón de libertad, para amar más y mejor, hasta la donación total de sí misma. Así se convertía en paradigma de algo tan difícil de explicar como es la elección y petición del sufrimiento en forma de soledad, vacío o dolor, es decir, en paradigma del abrazo libre de la cruz, que comportaban sus opciones de vida.

Una Iglesia, en definitiva, que “completa en sí misma los sufrimientos de Cristo” (Col 1,24) al hacer de esos sufrimientos una ofrenda sagrada, un sacrifico por amor.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
Acerca de Mons. Agustí Cortés Soriano 323 Articles
Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.