Confesar la fe apostólica: la de Santiago

Mons. Antonio AlgoraMons. Antonio Algora       La noticia de la existencia del sepulcro del Apóstol Santiago, uno de los doce que Jesucristo eligió para llevar la Buena Noticia, el Evangelio, a todas las naciones de la tierra, está inserta en nuestra historia, en nuestra cultura, en el conjunto de todos los valores que nos identifican como pueblo y más allá de las pequeñas diferencias que nos pueden distinguir a los unos de los otros.

Se podrá negar o aceptar la fe apostólica que ha hundido sus raíces en el conjunto del Estado Español, expresión que rebaja considerablemente el concepto de «Patria», que es tanto como decir Terra patrum (la tierra de los padres) que nos habla de un antes que nos origina, un ahora que nos identifica y un después que nos une en el proyecto que entre todos estamos siendo capaces de lograr para los que van a venir después de nosotros. No contar con las raíces que ha producido en España la fe apostólica es suicida. No regarlas y alimentarlas, sabido su alcance en lo que está siendo nuestro devenir histórico, es dejar perder un patrimonio (¿vendrá la palabra de patri munus, que es tanto como decir don de los padres?). Patrimonio reflejado de mil maneras en el mapa, ciudades, aldeas, calles, barrios, organización social, instituciones y patrimonio musical, literario, artístico y monumental, pero, sobre todo, en la fe arraigada en las personas incluso en valores derivados de esa misma fe apostólica, también en personas que viven como si el Dios de nuestro Señor Jesucristo no existiera.

La tozuda realidad nos dice, y es solo un ejemplo, que hoy el Camino de Santiago nos une a los creyentes, como a los que no lo son, en andar el camino, en dar los pasos por la tierra milenaria en historia y en experiencias de guerras y de paz. A todos, el Camino de Santiago nos hace testigos apasionados por las experiencias vividas, excepcionales sí, pero comunes en el comer, en el dormir, en el auxiliarnos con los remedios caseros y modernos para las ampollas que levantan los días de peregrinación y cansancio.

He dicho que solo es un ejemplo, verdaderamente significativo, pero, al fin, mero ejemplo de lo que nos viene sucediendo a los españoles como pueblo: entusiasmos en los puntos de llegada y de encuentro que se simultanean con las ampollas levantadas en un pasado y que, hurgando, hurgando, parece que se mantienen vivas y escuecen.

De la fe apostólica que se nos vino a la Península Ibérica por las calzadas romanas, los caminos y las rutas abiertas por el mar, nos llegó la Noticia Buena de Jesucristo, el obrero de Nazaret, conocido por «el hijo del carpintero», que, dando sentido a la centenaria historia del Pueblo de Israel, contenida en las Escrituras, realizó la Misión de la que hablaban y que el Mesías, el Enviado de Dios, desplegó cargando con las miserias, pecados, traiciones, los males todos que afligen a la Humanidad con el fin de hacer presente, en esa Historia humana, el Reino de la justicia, la verdad y la vida, el Reino de la santidad y la Gracia, el Reino de la Paz y el Amor.

La fe apostólica de Santiago nos habla de quien murió por nosotros y de quien resucitó. ¿No es una Buena Noticia también para hoy que los herederos de esa fe estamos empeñados en llevar adelante esa Misión y ese Reino? ¿Acaso no son patrimonio común los elementos de ese Reino? Sinceramente, creo que todos estamos unidos en defender: Justicia, Verdad y Vida, Santidad y Gracia, Paz y Amor. Habrá matices y versiones, pero fundamentalmente estamos ahí unidos en estas raíces de la fe apostólica que Santiago, un humilde pescador de Galilea, nos trajo.

Vuestro obispo,

† Antonio Algora

Obispo de Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
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D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.