Iglesia partida (II)

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés      Venimos interpretando la expresión “Iglesia partida” como sinónima de “Iglesia que sufre” o, más exactamente, “Iglesia que se ofrece en sacrificio por amor”. Mediante este acto la Iglesia reproduce y participa del sacrificio de Jesucristo: no en vano ella es su Cuerpo Místico.

Recordamos que las fuentes del sufrimiento – sacrificio en la Iglesia son diversas. Aunque los aires de las vacaciones no crean un ambiente propicio para pensar en ello, al menos por el efecto pedagógico del contraste, vemos oportuno fijarnos ahora en una de estas fuentes de sufrimiento, que solemos silenciar. Nos referimos al sufrimiento eclesial, como resultado de nuestros pecados.

Solemos decir que todo pecado lleva consigo su penitencia. La vida nos muestra la verdad de esta afirmación. Sólo que muchas veces, esa penitencia vinculada al pecado no la pagan sólo quienes lo cometen, sino también otros, un tanto lejanos en el tiempo o en el espacio. En la Iglesia vivimos encadenados mutuamente, para lo bueno y para lo malo. Y todo pecado, aunque sea el más oculto y personal, produce sufrimiento en la Iglesia. ¿Es posible precisar algunos de los pecados que más hacen sufrir en la Iglesia?

Permanece en nuestro recuerdo el mensaje central de la película Fresas salvajes, del gran director de cine Ingmar Bergman. El protagonista, el profesor Borg, viaja con su nuera Marianne a Estocolmo, para recibir un gran homenaje por su obra como físico; la visita a su pueblo natal y la evocación en sueños de su propia biografía, provoca que su nuera, en lucha buscando tener descendencia con su marido para defender su matrimonio a punto de fracasar, declare la verdad más profunda: “realmente la penitencia del egoísmo es la soledad”. Sabemos que la secuencia no acaba en la soledad propia, sino que ésta origina otras muchas soledades.

No sabemos si sería adecuado hablar de “egoísmo” al calificar pecados eclesiales que provocan más sufrimiento. Sin duda entre los pecados que cometemos las personas en la Iglesia hay que contar el egoísmo. Es, en efecto, uno de los pecados que más hieren y destruyen la comunión eclesial. Pero mirando a la Iglesia este pecado tiene rasgos propios. El Papa suele mencionar más bien actitudes de personas o grupos que viven centrados y cerrados en sí mismos, preocupados en defender sus propias ideas o asegurar su influencia. Quizá su error consista en haberse dejado ideologizar. Porque toda ideología es una tentación para la fe, en el sentido de que aparentemente le proporciona facilidad para ser aceptada y eficacia pastoral. Lo que ocurre es que toda ideología tiende también a reafirmarse a sí misma, a defenderse, a convertirse en clave única de interpretación y transformación de la realidad. Ésta sería la causa de la existencia de muchos grupos o personas en la Iglesia que, no sólo se mantienen cerrados, sino que “se cierran contra otros”. Junto al egoísmo y su cerrazón habría que reconocer aquí otros muchos pecados, como la prepotencia, el orgullo, los celos, el engreimiento, el afán de reconocimiento público, la complicidad con grupos de poder, etc. Así, el otro se convierte en adversario. Entonces, quizá no siempre es combatido de una manera abierta, pero sí será objeto de ironías, bromas, silenciamientos, marginación… Es lo que hace sufrir en la Iglesia.

Otra cosa muy distinta es la comunión eclesial, que brota de la virtud de la fe. La fe es compartida, manteniendo su identidad fundamental, aunque sea vivida con estilos, teologías, espiritualidades diferentes. Podemos decir que las ideologías generan partidarios (de “parte”), mientras que la fe genera hermanos. Porque la fe nos abre de tal manera al misterio de Jesucristo, que el creyente sabe desde el principio que frente a ese misterio, todo lo otro – lenguajes, ideas, estilos, maneras, etc. – es absolutamente relativo.

Es un gozo, sin embargo, al que no se accede sin una adecuada penitencia.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.