El Cuerpo y la Sangre de Cristo

Mons. Braulio Rodríguez PlazaMons. Braulio Rodríguez     Así denomina la Iglesia la fiesta que sigue al Domingo de la Santa Trinidad: Corpus et Sanguinis Christi. De este modo queremos vivirla nosotros, hijos de la Iglesia. Cuenta el cardenal T. Spidlik que un estudiante creyente y un amigo suyo no creyente viajaban juntos por Italia, donde, como en otros países europeos, la mayor parte de los monumentos son iglesias. Cuando entraban en alguna, el creyente se fijaba sobre todo en dónde estaba la capilla del Santísimo y rezaba una breve oración. El no creyente, que era una persona bien educada, no decía nada, permanecía en silencio.

En un determinado momento el no creyente expuso a su amigo una duda: “No logro imaginarme que en un pedacito de pan esté Dios y que vosotros vengáis a rezarle aquí delante”. Es una duda que surge en otros muchos. La Eucaristía tiene que ver con comer y beber y así acontece en la celebración eucarística: los fieles preparados para recibir a Cristo sacramentado se acercan a recibir el pan consagrado y, si la comunión se administra bajo las dos especies, beben la sangre del Señor. ¿Qué fuerza posee este comer y beber?

Conviene responder a esta pregunta comenzando con una reflexión que tiene que ver con todas las religiones: ¿dónde y cómo está presente Dios? Los pueblos primitivos no tenían dificultad en creer que las divinidades habitasen en algo material: en un árbol, en una montaña especial, etc. En la Biblia, sin embargo, se prohibía venerar a Dios en las colinas, en las imágenes, en las estatuas. El Dios de los filósofos es puro espíritu y por eso no puede material, e incluso los pensadores griegos clásicos hablaban de un Olimpo inmaterial, invisible. Los autores bíblicos no tienen ninguna intención de disminuir la trascendencia divina ni en el AT ni el NT. San Pablo escribe: “[Dios] habita una luz inaccesible” (1 Tim 6,16).

Sin embargo, en la historia de la salvación ocurre algo extraordinario: Dios mismo descendió al pueblo que eligió (cfr. Ex 19,16ss; 2 Cron 7). Al final aparece Aquel que sólo “bajó del cielo” (Jn 3,13), el Hijo del Hombre, Jesucristo. Pero no cabe duda de que los paganos de los primeros siglos del Cristianismo tenían las mismas dudas que los no creyentes tienen hoy respecto a la Eucaristía. El filósofo Celso afirma en el siglo II que no es sensato creer que Dios, causa primera del universo, pueda estar presente en un hebreo crucificado por los romanos. Por el contrario, este mensaje lo aceptan millones de cristianos y esta fe se transformó en piedra angular: el Dios inaccesible nació del hombre y habita en él. También es comúnmente aceptada por los cristianos esta verdad que lleva a unas consecuencias concretas: “Que cuanto hicisteis a unos de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). Esta identificación de los cristianos con Cristo no sorprende ni siquiera a los no creyentes, que elogian a los que actúan conforme a ella.

Pero todo este realismo cristiano llega al estadio final cuando con las mismas palabras de Jesús, en la última Cena con sus discípulos, en la plegaria eucarística, invocamos la fuerza del Espíritu Santo sobre el pan y el vino, dones ofrecidos, y Cristo resucitado se acerca más a nosotros, pues el pan no es ya pan y el vino no es ya vino, sino la presencia real del Señor. Una increíble realidad dispuesta para ser gozada por nosotros, sus discípulos en la celebración justamente de la Eucaristía. ¿Cómo hacerla entender a quien no la acepta? Se puede, por supuesto razonar y así lo han hecho, y bien, los grandes pensadores de la Iglesia. También es bueno explicar este sublime misterio como lo hace san Juan de la Cruz, al hablar del Dios Trino y Uno: “Aquesta eterna fonte está escondida// en este vivo pan por darnos vida, // aunque es de noche. // Aquí se está llamando a las criaturas, // y de esta agua se hartan, aunque a oscuras, // porque es de noche.// Aquesta viva fonte que deseo, //en este pan de vida yo la veo, // aunque es de noche”.

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.