Iglesia que comparte

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés     Volvamos a aquella imagen de un grupo de personas que en un local de Cáritas Parroquial estén repartiendo ayudas a los necesitados. En una situación ideal, si alguien quisiera descubrir el secreto de aquel gesto y fuera investigando, se encontraría con un una comunidad que “comparte”.

Precisemos lo que encontraría el investigador. Quizá una fraternidad, una unión de personas. Pero las personas se pueden unir por muy diversos motivos: dejando a un lado las uniones que buscan la eficacia para obrar el mal, existen uniones por una afición compartida (por ejemplo un club, un grupo de amigos), un interés común que juntos puede lograrse mejor (como una asociación de vecinos, una asociación comercial o de negocio), un compromiso para lograr la realización de un proyecto social (así, un partido político) o incluso buscando la ayuda mutua en la satisfacción de necesidades profundamente humanas (como el matrimonio). Estas uniones se caracterizan porque son resultado de una elección personal y dependen básicamente de lo que cada uno aporta. Se mantienen siempre que se comparta algo común que ya existía en cada uno de sus miembros. Crecen en la unidad según compartan más cosas y más vida.

La comunidad cristiana es algo diferente. En primer lugar, la comunidad cristiana, más que crearla o elegirla, uno se la encuentra. Algo parecido a lo que ocurre con la familia, que no se ha elegido, sino que se nace en ella o se recibe como algo que ya existía. En segundo lugar, la comunidad cristiana se mantiene unida y viva porque todos, cada uno según su manera, comparten algo que se les ha dado y se les sigue dando: el mismo amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La unidad de la Iglesia, en efecto, se basa en compartir esa única y sorprendente realidad que se ofrece a cada uno gratuitamente, como regalo y como tal se recibe: el Amor, con mayúsculas. Ese amor único es recibido por el creyente, y en ese momento toma cuerpo en su persona, provocando en ella un ser único, con sus rasgos peculiares. Pero de tal manera que eso que le distingue, no le distancia de los otros, al contrario, le une más a ellos. Más aún, le abre a los otros en gratuidad, para recibirles tal como son y para servirles amándoles.

No hablamos de cosas extrañas o demasiado elevadas. Porque el amor de Dios compartido, que hace o construye la Iglesia, se mezcla en la acción de compartir la vida más cotidiana. Los cristianos verdaderos tienden a compartir con los hermanos toda la vida: experiencias, sufrimientos, bienes, alegrías, sueños, tiempo, sentimientos, preocupaciones, Palabra de Dios, compromisos, oración, trabajos, proyectos… Y no precisamente por afinidad o compasión o simpatía, menos todavía por obligación, sino simplemente porque han bebido de la misma fuente, han nacido del mismo seno, respiran el mismo amor. Es el compartir que se realiza sacramentalmente en la celebración de la Eucaristía.

– Sólo así se construye una Iglesia una y plural.

– Sólo así podemos abrazar al que es diferente.

– Sólo así la Iglesia logra ser una magnífica sinfonía del Espíritu.

Sabemos que esto suena a un maravilloso sueño. Pero el sueño nos marca el camino y si alguna vez discernimos que realmente y concretamente entre hermanos se comparte el amor de Dios en fraternidad, no dudaremos en dar gracias a Dios porque allí está la verdadera Iglesia.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
Acerca de Mons. Agustí Cortés Soriano 275 Artículos
Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.