El mensaje semanal del Obispo de Cuenca

Mons. YanguasMons. José Mª Yanguas      Queridos diocesanos:

Decíamos la semana pasada que el Concilio Vaticano II define el matrimonio como una comunidad de vida y de amor. Una comunidad de amor. Pero, ¿qué tipo de amor es el que define la comunidad que forman hombre y mujer en el matrimonio? Porque existen distintos tipos o formas de amor, realidades que tienen algún elemento común, pero que, la vez, conservan elementos que las distinguen. Hablamos en efecto del amor paterno-filial, el amor que se da entre padres e hijos, un amor que distinguimos bien del que se da entre amigos, o del amor que surge ante la persona que sufre una grave necesidad que nos mueve a buscar el modo de ayudarla. Estas formas de amor, diversas entre sí, lo son, a la vez, de aquellas otras que conocemos como amor a la patria, amor a los animales o a la naturaleza en general.  Por otra parte, cuando hablamos de amor a Dios pensamos en algo diferente y por encima de todas las otras formas de amor que conocemos.

Todo amor es esencialmente don, si bien el carácter gratuito no se realiza por igual en todas las formas de amor. Pero para que el amor sea verdaderamente tal debe comportar salida u olvido de uno mismo, donación, entrega generosa, afirmación del otro, respeto y servicio.

La tradición cristiana habla de amor conyugal para referirse al que es propio y característico de las personas unidas en matrimonio. A la hora de identificar la naturaleza, el ser mismo, del amor conyugal, conviene distinguirlo en seguida de la mera pasión, de la atracción pura y simple, que es la forma de “amor” que se da entre los animales. El hecho de que una persona “guste” a otra, sienta “atracción” por ella, no significa en absoluto que la ame con amor esponsal, conyugal. Este tiene que ver con el cuerpo, pero no se reduce al amor corporal, al simple amor de la carne, a la atracción de los cuerpos. No lo excluye, naturalmente, pero el amor matrimonial no tiene que ver sólo ni principalmente con la figura, con la forma o exterior de la persona. Confundirlos puede dar lugar a profundas y dramáticas decepciones. En efecto, esta forma de amor es efímera, transitoria, superficial, tanto como la figura misma:  carece de la dimensión de eternidad, de permanencia, propia de la verdadera unión matrimonial.

El amor conyugal tampoco se identifica con el amor que llamamos “platónico”, puramente ideal, es decir, el que se da no entre dos personas concretas, de carne y hueso, con sus características bien precisas, sino entre dos ideas, dos yo abstractos, dos seres humanos que son dos ideales encarnados más que dos personas de carne y hueso. En esta forma de amor platónico falta totalidad: no son dos personas en su integridad, tal como son, cuerpo y alma, en su irrenunciable singularidad las que se aman, sino personas pensadas, ideales, que poco o nada tiene que ver con su realidad concreta.

Por otro lado, el amor conyugal tiene carácter exclusivo, no puede ser compartido. En eso se asemeja al amor de Dios. Nada ni nadie puede ser amado con ese mismo amor. No es condivisible. No se puede amar a otra persona como se ama a Dios. Tampoco el amor humano: es exclusivo, el amor conyugal es nominal, se da entre este hombre y esta mujer con sus nombres personales, con su precisa individualidad. Los que se aman no son intercambiables, no pueden ser substituidos por otros y se da exclusivamente entre ellos.

El amor conyugal es la mutua entrega entre hombre a una mujer; don recíproco que ellos se hacen; don que abraza cuerpo y espíritu; entrega en exclusividad y para siempre de la todo de lo que uno y otro son; más precisamente, entrega de la dimensión conyugal de la persona, de lo específico del hombre y de la mujer como tales.

+ José Mª Yanguas

Obispo de Cuenca

Mons. José María Yanguas
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Mons. José María Yanguas Sanz nació el 26 de octubre de 1947 en Alberite de Iregua (La Rioja), diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Siguió los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano y el 19 de junio de 1972 fue ordenado sacerdote en Logroño al servicio de la misma diócesis. En 1971 inició en Pamplona los esutdios de Filosofía y en el 1974 los de Teología en la respectiva Facultad de la Universidad de Navarra, obteniendo en el 1978 el doctorado en Teología y en el 1991 el de Filosofía en la misma universidad. Ha trabajado como Capellán y Profesor de Teología de los esudiantes de diversas Facultades Civiles de la Universidad de Navarra (1972-1978; 1980-1986), Secretario del Departamento de Teología para Universitarios (1976-1978), Capellán militar (1978-1980), Profesor de Teología Dogmática (1976-1981), Profesor de Ética y de Teología Moral (1981-1989), Miembro del Comité de Dirección de la revista Scripta Theologica (1982-1986), Director de Investigación de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y Profesor Asociado de Ética de la Facultad Eclesiástica de Filosofía (1988-1989), Oficial de la Congregación para los Obispos (1989-2005) y Profesor Visitante de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (1990-2005). En Roma ha sido Capellán de las Hermanas de la Sagrada Familia de Spoleto y ha colaborado pastoralmente en la Parroquia de Santa María de la Divina Providencia (1990-2005). El 20 de abril de 2001 fue nombrado Prelado de Honor de Su Santidad. Ha publicado numerosos artículos en las revistas Scripta Teologica y Annales Teologici; en las “Actas de Congresos y Simposios de Teología”, Pamplona, 1985, y Roma, Cittá Nuova Editrice, 1986, 1988. Es autor de los siguientes libros: - Pneumatología de San Basilio. La divinidad del Espíritu Santo y su consustancialidad con el Padre y el Hijo, Eunsa, Pamplona, 1983; - Constitutionis Pastoralis Gaudium et Spes sinopsis histórica: De Ecclesia et vocatione hominis, Pamplona, 1985; - La intención fundamental. El pensamiento de Dietrich von Hildebrand: contribución al estudio de un concepto moral clave, Barcelona, 1994. Además de español habla francés, inglés, italiano y alemán. Nombrado Obispo de Cuenca el 23 de diciembre de 2005, recibió la Ordenación Episcopal y tomó posesión de la Sede de Cuenca, en la Catedral, el 25 de febrero de 2006, de manos del Excmo. y Rvmo. Mons. Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Toledo. Es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la CEE (Conferencia Episcopal Española).