Iglesia repartida: Corpus Christi

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés        La imagen, hoy tan frecuente, de un grupo de personas repartiendo a gente necesitada una ayuda personal, material, alimentos o ropa, en unas dependencias parroquiales, señaladas con un tímido cartel, “Cáritas”, es adecuada para representar uno de los rostros más verdaderos de la Iglesia.

Forma parte de la esencia de la Iglesia, de su identidad, ser amor que se reparte y se difunde. Una difusión de amor, que adquiere muy diversas maneras: ésta, bien visible, el reparto de ayuda entre los más necesitados, nunca faltó y hoy se ve particularmente necesaria.

Sin que suene a juego retórico de palabras, ese pan repartido entre los más pobres ha de venir de un amor compartido, y este amor compartido tiene su fuente en una vida partida. O sea, el gesto visible de la ayuda que se realiza en unas dependencias parroquiales es uno de los puntos de llegada de una corriente invisible que nace en el altar donde se celebra la Eucaristía y llega hasta las manos que ofrecen y reciben la ayuda, atravesando la comunidad de hermanos.

Así entendemos la fiesta que celebramos hoy: el Corpus Christi, la Eucaristía.

Porque todo empieza en el momento de partirse Jesús por amor, su sacrificio en la Cruz. Desde entonces, empezó a manar por todo el mundo esa corriente de amor ofrecido, que venía a fecundar toda la tierra. La primera realidad creada por ese amor fue la Iglesia, en tanto que comunión de hermanos. Ella, de hecho, para mantenerse viva y fiel, celebra la Eucaristía y participa de ella constantemente, a lo largo del tiempo. La Iglesia, comunión de hermanos, bebe siempre de ese amor que lleva a “partirse” en sacrificio de unión con Dios Padre y con los hermanos. Incesantemente renace así la fraternidad eclesial.

En la medida en que esta fraternidad se intensifica, crece o madura, se va creando en torno suyo un espacio de luz, de palabra, de fuerza transformadora, de testimonio, que es eco o reflejo del Espíritu de Jesucristo que anima aquella fraternidad. Una de las zonas creadas por ese espacio nacido en torno a la comunidad de amor es la acción a favor de los pobres.

Toda la acción caritativa y social de la Iglesia es un compromiso moral, que procede del mandamiento evangélico. Pero es mucho más que eso. La acción caritativa y social cristiana forma parte del efecto transformador que produce la existencia de la Iglesia, comunión fraterna, en medio de nuestro mundo. Ella aprende a partirse en sacrificio, a compartir con los demás la existencia, a repartirse a los más necesitados.

Esta forma de ver las cosas nos lleva a considerar cada gesto de ayuda al necesitado como una manera de darse, más que como una acción de “dar” algo. En consecuencia, considerando el vínculo estrecho entre Cáritas y la Eucaristía, diremos que:

– La obra de Cáritas no se puede medir sólo por la cantidad de obras realizadas en favor de los más pobres, sino sobre todo por la calidad del amor repartido.

– La autenticidad de la comunidad cristiana no se medirá sólo por el amor fraterno que exista entre sus miembros, sino también por el amor ofrecido y concreto hacia los más pobres, sean quienes sean.

– Todo quedará marcado por el signo más característico del amor del Espíritu, que es la gratuidad en el recibir y en el dar.

El Día del Corpus Christi es, por tanto, el día en que la Iglesia se reparte, siguiendo los pasos de Jesucristo, sacrificado por amor.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
Acerca de Mons. Agustí Cortés Soriano 276 Artículos
Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.