Los consagrados

Mons. Antonio AlgoraMons. Antonio Algora      Consagrar la vida, una expresión que nos habla de la capacidad que tiene el ser humano de entregar la vida a una persona, a una causa, a una afición. Esa misma capacidad de entregar la vida es alimentada por el fin mismo a quien o a lo que se entrega la persona. Por ello en la Iglesia hemos reservado la palabra consagrados a las personas que le entregan su vida a Dios absolutamente.

De Dios reciben esa misma capacidad absoluta, pues sólo Dios tiene la plenitud del ser y de la vida, de tal manera que nunca va a defraudar las expectativas de la persona y, por su parte, nunca va a quedar limitada, esclavizada, o va a ver disminuidas sus capacidades o posibilidades. Entregar la vida para siempre es una decisión propia del ser humano. Es tanto como abrir su vida a Dios que se nos ha entregado en su Hijo Jesucristo, el que es Fiel, que no se arrepiente de su amor a la Humanidad y siempre permanece fiel aunque haya altibajos en la persona que se consagra. La persona consagrada lo sabe y se fía de Jesucristo, se fía del que sabe va a encontrar siempre en Él la fuerza necesaria para continuar en su propósito por la presencia del Espíritu Santo.
Personas consagradas que no viven en solitario la aventura de su radical entrega al amor de Dios, pues, aun en las mayores soledades de las clausuras, se saben rodeadas del afecto y la presencia permanente de la comunidad eclesial. Se saben miembros del Cuerpo de Cristo porque su amor no se queda en sentimientos más o menos románticos sino que las constituye en el grupo de hermanos que va por delante, ya que «adelantan el Reino de Dios al tiempo presente», decimos con toda verdad. Mientras los seglares y sacerdotes hemos de atender los asuntos del presente de la Iglesia y del mundo, los consagrados viven ya, en exclusiva, en el Señor, sin mediaciones.

Por eso, el resto de los hermanos de la comunidad eclesial, debemos ocuparnos en rezar, desear y animar a aquellos jóvenes, y no tan jóvenes, que den signos de esa llamada que Dios hace a ser absolutamente suyos. Tenemos por delante en la vida de nuestra comunidades, movimientos, asociaciones y hermandades la tarea de valorar este modo de ser cristiano que es la vida consagrada. Los necesitamos por lo que son, no solamente por lo que hacen. Nos aportan la certeza de la fe, la fortaleza de la esperanza y la pasión de la caridad. Son personas libres de toda atadura que muestran el amor de Dios con sus vidas y nos ayudan a sentir la alegría del Evangelio. No sólo por anunciar a Jesucristo con sus palabras o sus gestos, sino a ser ellas mismas evangelio, Buena Noticia.

¡Cómo impacta conocer sus aventuras personales! Ya en la madurez, después de incontables historias de servir a Dios en la vida de oración, en comunidad, en la enseñanza, en los más pobres, en los más lejanos rincones del mundo, en extrema pobreza, acosados por regímenes hostiles a la fe, marginados de la pretendida cultura del bienestar y superdesarrollo, ¡qué se yo! Suscitan interrogantes: ¿cómo se puede alcanzar tanta fuerza de personalidad humana y de libertad habiendo ofrecido las primicias de sus vidas de dieciséis, dieciocho años? El «solo Dios basta» de santa Teresa de Jesús, ahora que estamos viviendo ya momentos jubilares de su Beatificación y nacimiento, comprobamos que no es una locura o una decisión fanática, sino un saber jugarse la vida entera a una carta y acertar en el camino escogido porque se han encontrado con el amor más pleno.

Santísima Trinidad, comunión de Personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, danos muchos hermanos que entren de lleno en vuestra presencia, por Cristo, con Él y en Él, consagrados.

Vuestro obispo,

† Antonio Algora

Obispo de Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
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D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.