Pentecostés

Mons. Braulio Rodríguez PlazaMons. Braulio Rodríguez      Os confieso, hermanos, que el final de los cincuenta días de Pascua, Pentecostés, es una fiesta con un atractivo especial. Así lo he sentido desde hace muchos años. En el proceso de la vida de encuentro con Cristo, que nos permite creer en Él, al principio no te das cuenta de la presencia del Espíritu Santo, que es precisamente el que hace posible ese encuentro. Después, cuando te adentras en el misterio de la Revelación que Dios nos hace de su amor y salvación, comprendes que, sin el Espíritu que Jesús resucitado envía, no hay Iglesia o ésta se parecería a una mera organización religiosa, sometida a envejecimiento. Y sin Iglesia y la Tradición no hay posibilidad de conocer a Cristo, más allá de un conocimiento humano histórico, pero no ese Jesús resucitado y vivo que te enamora y te fascina.

De manera que piensas: desde toda la eternidad el Padre nos ha amado en el Hijo, que se hace uno con nosotros y, vivo, está en la entraña de la comunidad que Él ha creado abierta a toda lengua, raza, pueblo y nación. Pero nada de esto ha sido posible sin el Paráclito que Cristo y el Padre han enviado. Todos los días, pues, estrenamos la fe cristiana, porque podemos encontrarnos con Jesús y el Espíritu nos fortalece para el combate cristiano de la fe. Y ahora pienso: este encuentro con Cristo y la comprensión del dinamismo de la fe cristiana es absolutamente necesario para que haya un Pueblo de Dios, compuesto de hombres y mujeres que han aceptado ese encuentro y Jesús se ha convertido en su Señor. Quiero decir que Pentecostés es una fiesta de todos, porque es la iniciación cristiana, es la sacudida de nuestra vida cómoda que nos hace salir de nosotros mismos, la posibilidad de hoy en nuestra concreta sociedad haya personas alcanzadas por Cristo para ser miembros de su Iglesia santa.

Pero ponemos especialmente de relieve en Pentecostés que la vocación del fiel laico sea cada vez más consciente de su corresponsabilidad en la Iglesia, de su papel insustituible en la vida pública (Iglesia en el mundo, decíamos hace ya varios años), de su dignidad y de sus capacidades al servicio del Reino de Dios. Y pedimos al Espíritu Santo que los hombres y mujeres cristianos (los christifideles Laici) sean cada vez más conscientes de su dignidad. Yo me alegro de esas palabras hermosas del Papa Francisco en la Alegría del Evangelio, 102: “Ha crecido la conciencia de la identidad y la misión del laico en la Iglesia. Se cuenta con un numeroso laicado, aunque no suficiente, con arraigado sentido de comunidad y una gran fidelidad en el compromiso de la caridad, la catequesis, la celebración de la fe. Pero la toma de conciencia de esta responsabilidad laical que nace del Bautismo y de la Confirmación no se manifiesta de la misma manera en todas partes”.

Como vuestro Obispo agradezco mucho al Señor vuestra vida de fieles laicos en nuestra Iglesia, en parroquias y movimientos apostólicos, en organismos de la Iglesia, en cofradías y hermandades, en todas las tareas eclesiales. Os doy las gracias porque cada día dais testimonio de Jesucristo y en los trabajos del Evangelio, en la atención a los más pobres, en tantos lugares donde dais la cara por Cristo. Pero vosotros y yo sabemos que quedan muchos hijos de la Iglesia, fieles laicos, bautizados, que no se sienten como tales, que desconocen la grandeza de sentirse Pueblo de Dios, que caminan como ajenos a la fe y la vida cristiana, como si esta fe sólo fuera pura sociología religiosa que no entra en su interior; que vagan sin esperanza, sin un cambio de vida, que no saben quién es Cristo ni el Padre ni el Espíritu, ni gozan con la Palabra de Dios. Mucho queda por hacer.

Yo no estoy desanimado; al revés, estoy muy esperanzado con el caminar de tantos fieles laicos, con la alegría que da sentirte acompañado por tantos hijos de la Iglesia que con los pastores camina tras el Señor, dispuestos a anunciar el Evangelio de la vida, que da sentido a la historia y la vida de nuestra sociedad, que se movilizan porque la caridad del Señor acoja a los más débiles, por dar una educación y su vida a los hijos que han engendrado, y no quieren que sean otros (el Estado, el gobierno que fuera, la cultura dominante) quienes les “eduquen” y les muestren la orientación moral de sus vidas, porque la familia es primero. Yo rezo por vosotros y estoy dispuesto ayudar en esta tarea. El Espíritu Santo venga sobre nosotros, con la intercesión de la Virgen María, la Madre del Señor.

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.