Una Iglesia espiritual: Pentecostés

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés      Aquel propósito de Jesús de abrir las puertas del cielo a la humanidad y de hacer que el cielo comenzara ya aquí en la tierra no fueron palabras bonitas, ni poesía, ni ilusiones vacías. El cielo comenzó ya en la tierra cuando, al darnos su Espíritu, nació una comunidad, un pueblo, que vivía su mismo amor. Eso ocurrió en Pentecostés.

Pero no nos llevemos a engaño. Aquella era la misma Iglesia que la nuestra. Tendemos a idealizar aquellos inicios y a ser muy críticos con la Iglesia presente. Entre la primera iglesia y nosotros hay un elemento común muy importante: la materialidad, la visibilidad, las formas y las estructuras humanas. La Reforma Protestante en el siglo XVI, al ver una Iglesia tan necesitada de cambios radicales, defendió que la Iglesia verdadera sólo es y puede ser invisible, interna, espiritual. Muchos con voluntad de reforma han pensado igual a lo largo de la historia.

Pero la Iglesia nunca fue solo eso. Desde el primer momento Dios no se avergonzó, ni tuvo miedo de lo más humano e incluso de lo material. El Espíritu nos tomó y nos toma tal como somos, cuerpo y espíritu, y asumió cosas tan materiales como son el agua, el pan, el vino, el aceite, las palabras humanas, para comunicar el amor de Dios. ¿Nos vamos a escandalizar porque Dios se haya “rebajado” de esta manera? ¿También nos escandalizaremos de que el Hijo de Dios tuviera carne humana como la nuestra? ¿O más bien nos tendremos que dejar sorprender por esta maravillosa condescendencia, esta aproximación de Dios a nosotros, fruto de su amor?

Sin embargo, desde Pentecostés afirmamos claramente que la Iglesia de Jesucristo es “espiritual”. Sólo que para nosotros eso no significa que sea invisible, escondida, sino que toda ella está penetrada, empapada, del Espíritu Santo, también en sus cosas materiales y visibles.

Eso sí, al recordar este hecho, asumimos una grave responsabilidad. Somos nosotros quienes, como instrumentos del Espíritu, realizamos las cosas humanas que hay en la Iglesia. Lo tenemos muy presente este año, cuando acontece el décimo aniversario de la diócesis. Todo lo humano que hay en nuestra Iglesia está puesto a disposición del Espíritu. Pero es responsabilidad nuestra, con palabras del gran San Ignacio de Antioquía, que todo ello sea realmente “digno de Dios”. Ésta es la gran cuestión: ¿nuestra Iglesia es “digna de Dios”?

El teólogo ortodoxo Paul Evdokimov formuló un principio, base de su idea de persona humana. Lo decía a propósito de su concepto de mujer:

“La mujer no es maternal porque, en su cuerpo, sea apta para engendrar, sino que de su espíritu maternal es de donde procede su facultad fisiológica y la correspondencia anatómica. Es preciso restablecer la verdadera jerarquía de principios y comprender que, normativamente, lo fisiológico y lo psíquico dependen del espíritu, le sirven y lo expresan”.

Sorprendentemente es el espíritu quien hace la psique y el cuerpo. Traducido a nuestra Iglesia, diríamos que es el Espíritu Santo quien ha de determinar todo lo corporal y todo lo humano que hay en ella. ¿Cuál ha de ser el rostro materno del Espíritu, que realmente sirva Jesucristo y que, como Iglesia, debemos ofrecer a la mirada de los hombres?

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.