Iglesia resucitada (VII)

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés        La Iglesia resucitada mira al cielo. Lo ha de hacer sin miedo, aunque los ángeles el día de la Ascensión interpelaran a los discípulos, “¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?” (Hch 1,11) y aunque algunos nos hayan reprochado que de tanto hablar del cielo hemos olvidado transformar la tierra.

Del cielo viene la voz que dice “éste es mi Hijo amado” (Mt 3,16). Jesús nos aseguró que debíamos alegrarnos cuando nos persiguiesen, porque en el cielo tenemos la recompensa (Mt 5,12); Él, al hablar de Dios Padre, siempre añadía “que está en el cielo”: desde allí ama perfectamente, y ve, cuida y perdona (Mt 5-7); allí viven los ángeles que cuidan a los niños e inocentes de la tierra (Mt 18,10), allí está el tesoro del que da todo a los pobres y le sigue (Mt 19,21). Y Él mismo elevaba la vista al cielo para alabar a su Padre (Mt 11,25) o antes de curar a un ciego (Mc 7,34) o resucitar a un amigo (Jn 11,41) y al bendecir los panes para dar de comer a una multitud (Mt 14,19)…

No perdamos de vista el cielo, pues de otro modo perderemos la tierra: la tierra perdería su sentido si olvidara que su destino es convertirse en cielo.

¿Qué es lo que ha de preocupar a una Iglesia resucitada? Nos han de preocupar aquellas formas de vivir que proceden de mirar sólo al cielo o sólo a la tierra. Ni los que miran sólo el cielo son verdaderos místicos, ni los que miran sólo a la tierra son los auténticos comprometidos. Ambos tipos de personas son caricaturas de la fe cristiana.

Es verdad que Jesús casi siempre que hablaba del Padre apostillaba “que está en el cielo”, pero al hablar con Él en oración le llamó “Señor de cielo y tierra”, acentuando su trascendencia, para contrastarla con su voluntad de ser conocido por los sencillos y humildes de la tierra (Mt 11,25). Jesús mismo, tras la resurrección, al enviar a sus discípulos, no al cielo, sino a la tierra para que toda la humanidad conociese y creyese en Él, se presentó como quien había recibido “todo poder en el cielo y la tierra” (Mt 28,18). Por si quedaba alguna duda, uno de los deseos más importantes que hemos de trasladar a la oración, según su propia enseñanza, es “que se haga la voluntad del Padre así en la tierra como en el cielo” (Mt 6,10). Por tanto, aunque no sean lo mismo, un cristiano y la Iglesia como tal, nunca podremos olvidar que ambos están necesariamente unidos; que no podemos caminar por la tierra sin mirar al cielo, y que no podemos mirar o desear el cielo, si no es por y desde la tierra.

¿“Cielo” es lo mismo que “utopía”? Ambos conceptos tienen muchos puntos en común, pero no son lo mismo. La palabra “utopía” entró en la cultura gracias a aquel gran católico, Santo Tomás Moro, que diseñó en su libro una república con el mejor y más justo Estado, una isla de felicidad social. Muchos otros han soñado también con esa sociedad feliz. Algunos creían que se podía realizar en la tierra. Otros, como su propio nombre indica, creen que no puede tener lugar entre nosotros; que es pura ilusión. La Iglesia resucitada cree y vive de la convicción de que, en efecto, la felicidad plena no se puede dar en la tierra, pero no es mera ilusión, sino realidad: el cielo existe verdaderamente y es para nosotros un futuro ya inaugurado. Aquí comienza el cielo.

Jesús dijo a Pedro y a los Apóstoles: “lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo” (Mt 16,19; 18,18) y también: “os doy el pan del cielo, para que quien lo coma (ahora) no muera” (Jn 6,50). La Iglesia resucitada es un anticipo del cielo.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
Acerca de Mons. Agustí Cortés Soriano 275 Artículos
Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.