Necesitamos nuevos seminaristas

Mons. Manuel Sánchez MongeMons. Manuel Sánchez Monge        Queridos diocesanos: 

La escasez de vocaciones es un problema grande y doloroso de nuestro tiempo, también en nuestra diócesis. Sin un número conveniente de sacerdotes nuestras comunidades eclesiales corren peligro de volverse desnutridas, porque les falta la Palabra de vida y la Eucaristía que es pan de vida eterna. ¿Qué hacer?, nos preguntamos. La gran tentación es pretender transformar el sacerdocio – el sacramento de Cristo, el ser elegidos por él – en una profesión normal, en un empleo que tiene sus horas, y en el que quien ha recibido el sacramento del Orden se pertenece solo a sí mismo. Convertirlo en una profesión como otra cualquiera: hacerlo accesible y fácil. Pero se trata de una tentación que no resuelve el problema porque desnaturaliza el sacramento del Orden.

1. Orar por las vocaciones

Ante una situación como la que estamos viviendo debemos – como nos invita el Señor – llamar a la puerta del corazón de Dios con nuestra oración perseverante, para que nos regale nuevas vocaciones. Rezar con gran insistencia, con gran determinación, con gran convicción también, para que Dios no se cierre ante una oración insistente, permanente, confiada. Sin desanimarnos, aunque su intervención se deje esperar más allá de los tiempos que nosotros hemos previsto.

«La oración por las vocaciones –decía el santo papa Juan Pablo II- no es ni puede ser fruto de la resignación, como si pensáramos que por las vocaciones ya hemos hecho todo lo que estaba en nuestro poder con resultados bastantes escasos y por consiguiente no nos queda más que rezar. Y es que la oración no es una especie de delegación en manos del Señor para que él haga lo que tenemos que hacer nosotros. Es, en cambio, confiar en él, ponerse en sus manos, lo que nos hace a  nuestra vez confiados y dispuestos a realizar las obras de Dios(1)«.

2. Vivir el propio sacerdocio de manera convincente y atractiva

Una tarea muy particular de los sacerdotes es vivir nuestro propio sacerdocio de tal manera que resulteconvincente y atractivo para los adolescentes y jóvenes de hoy. De tal manera que puedan decir: el sacerdocio es una verdadera vocación, así se puede vivir, así se hace algo verdaderamente importante para el mundo. Creo que ninguno de nosotros habría llegado a ser sacerdote si no hubiese conocido algún sacerdote en el que ardía verdaderamente el fuego del amor de Cristo.

Advertía el mismo Juan Pablo II: «Si los chicos y jóvenes ven sacerdotes atareados en demasiadas cosas, presas fáciles del malhumor y la queja, negligentes en la oración y en las tareas propias de su ministerio, ¿cómo podrán sentirse fascinados por el camino del sacerdocio? Si, por el contrario, experimentan en nosotros la alegría de ser ministros de Cristo, la generosidad en el servicio a la Iglesia, la prontitud en hacernos cargo del crecimiento humano y espiritual de las personas que nos están encomendadas, se verán impulsados a preguntarse si acaso no puede ser ésta, para ellos también, la ‘parte mejor’ (Lc 10,42), la opción más hermosa para sus jóvenes vidas(2)«.

3. Plantear la pregunta vocacional

Hemos de tener el valor de plantear a los jóvenes si se han preguntado alguna vez la posible llamada de Dios al ministerio sacerdotal. A menudo una palabra humana es necesaria para abrir la escucha de la vocación divina. Hablar con los jóvenes y sobre todo ayudarles a encontrar un contexto vital en el que puedan responder positivamente a esa llamada, si se produce. En el mundo de hoy los jóvenes necesitan ambientes en los que se viva la belleza de la fe, en los que aparezca el sacerdocio como un modelo de vida verdaderamente satisfactorio humana y cristianamente.

4. Exigencias urgentes para nuestra diócesis

En concreto, la pastoral de las vocaciones al ministerio presbiteral requiere lo siguiente:

· El obispo, los propios seminaristas y los sacerdotes jóvenes hemos de ser protagonistas y muy activos en la promoción de vocaciones sacerdotales. No dudemos en comunicar nuestra propia experiencia de llamados por el Señor, invitando a otros a seguirle también.

· En las parroquias es preciso suscitar o recuperar la valiosa ayuda de los monaguillosque ha sido siempre cantera gozosa de futuros presbíteros, llamando para esta tarea a los niños que se preparan o acaban de hacer la Primera Comunión. A estos monaguillos hemos de facilitarles una adecuada formación litúrgica y espiritual de acuerdo con su edad y los oportunos contactos con el Seminario o pre-Seminario.

· A los muchachos que se preparan para la Confirmación es preciso también hablarles del sacerdocio ministerial y facilitarles la participación en algunas convivencias de tipo vocacional. El Seminario de Mondoñedo, las Casas de Miño y de Lago pueden ser lugares oportunos para ellas.

· Es necesario crear espacios de oración. Muy eficaces para suscitar la pregunta por la vocación son los grupos “de oración joven”, que en estos años han empezado a aparecer entre nosotros. ¿Por qué no se organizan peregrinaciones, ejercicios y retiros espirituales, etc., en los que, en un ambiente de alegría festiva, de celebración religiosa y de respeto, surjan relaciones nuevas de amistad en las que sea posible decir al oído de alguien: “El Maestro está ahí y te llama” (Jn 11,28)?

· Llevar a los jóvenes a Cristo en las circunstancias actuales significa ante todo iniciarlos en la oración personalHoy los jóvenes se ven rodeados de ruido, les gusta el bullicio y no saben escapar de ese clima. Aceptan con mucha facilidad participar en oraciones comunitarias, pero la oración que lleva a descubrir más profundamente la llamada de Cristo es la oración personal, silenciosa, oculta. Pienso que hoy falta sobre todo este tipo de oración entre los jóvenes.

· El trabajo vocacional radical y primario es el trabajo con las familias. Si queremos vocaciones, debemos cultivar las familias, formar novios y luego. padres de familia que ayuden a sus hijos a encontrar sentido a la vida humana, que transmitan la fe y estimulen a sus hijos a preguntarse: ¿Qué quiere el Señor de mí? Los padres han de ser, en primer lugar, ejemplo de generosidad, gratuidad, apertura hacia los demás, y especialmente hacia los más necesitados.

· Es de suma importancia la Eucaristía, pues alimenta, vivifica y hace madurar la semilla de la vocaciónA los jóvenes hay que presentarles el misterio eucarístico en toda su riqueza y profundidad. Es necesario impulsarlos a participar en ella consciente y activamente, ayudándoles a encontrar en la Eucaristía la fuerza para su itinerario espiritual. De ahí la urgencia de subrayar que debe ser realmente el culmen y la fuente de su vida.

· El sacramento de la confesión, por desgracia en algunas naciones muy descuidado, asume una importancia decisiva con vistas a la conversión del corazón y a un progresivo y constante crecimiento en la intimidad con Jesús, en la identificación con él, en el seguimiento radical.

· La dirección espiritual es otro aspecto en el que conviene poner atención, especialmente en el actual contexto de incertidumbre. La misión del director espiritual consistirá en ayudar al joven a interiorizar su elección, a madurarla profundamente y a considerarla como compromiso definitivo posible para su vida. «

· La atención siempre dirigida a María, Reina de los apóstoles, estimulará a los jóvenes a la oración, para que el Señor les conceda, por la intercesión de su Madre, la perseverancia en la vocación.

Con mi afecto y mi bendición,

+ Manuel Sánchez Monge

Obispo de Mondoñedo-Ferrol

Mons. Manuel Sánchez Monge
Acerca de Mons. Manuel Sánchez Monge 93 Artículos
Mons. Manuel Sánchez Monge nació en Fuentes de Nava, provincia de Palencia, el 18 de abril de 1947. Ingresó en el Seminario Menor y realizó luego los estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor Diocesano. Cursó Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde obtuvo en 1974 la Licenciatura, con una tesina sobre la infalibilidad del Papa y ,en 1998, el Doctorado con una tesis sobre "La familia, Iglesia doméstica". Fue ordenado sacerdote en Palencia el 9 de agosto de 1970. Fue Profesor de Teología en el Instituto Teológico del Seminario de Palencia (1975), Vicario General de Palencia (1999) y Canónigo de la Catedral (2003). Fue ordenado obispo de Mondoñedo-Ferrol el 23 de julio de 2005. En la Conferencia Episcopal Miembro de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada desde 2005 Desde 2008 es miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar