La espiritualidad litúrgica

Mons. Pérez GonzálezMons. Francisco Pérez González        En estas reflexiones tratamos de la espiritualidad litúrgica. Este adjetivo es sin duda el más trascendental e importante que define la espiritualidad central de la Iglesia. Esta espiritualidad es general, fundamental y común a todos los discípulos de Jesús. Sin ella no pueden subsistir otras formas de crecer espiritualmente. Siendo la espiritualidad oficial de la Iglesia se evita el inventar espiritualidades subjetivas a gusto de cada uno. La vida interior del cristiano se identifica por ser litúrgica. El encuentro real y personal entre Dios y el ser humano se realiza mayormente por medio de la liturgia.

La espiritualidad consiste en recorrer un itinerario de identificación con Cristo. Se van superando etapas para llegar al amor perfecto que nos identifica como hijos de Dios. Dicho de otra manera: se va reproduciendo en cada cristiano la imagen de Cristo hasta poder afirmar con San Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Se produce una evolución constante hasta que aparece un nuevo yo, una nueva criatura a imagen de Cristo viviendo con Él, y amando con Él. A esta vida estamos llamados todos los cristianos desde el bautismo. Quedamos ungidos con una señal espiritual que marca  la propia existencia dentro de un proceso de vida espiritual con Cristo en el Espíritu Santo. La vida litúrgica es la maestra y alimento del crecimiento en el seguimiento de Cristo durante toda la vida.

El símbolo del camino y las metas es muy adecuado para explicar qué función tiene la espiritualidad litúrgica. El ser humano aspira a realizar su propio proyecto de perfección en el amor. Tiene por delante la tarea de hacerse a sí mismo. Esto no sucede en un momento, sino que tiene una sucesión de tiempos y circunstancias. La celebración litúrgica le acompaña y da sentido a cada paso que da. Así como para caminar necesitamos una serie de elementos, así, para crecer en el Espíritu, necesitamos de todo el abastecimiento espiritual que ofrece la liturgia.

Las acciones propiamente litúrgicas y también los ejercicios piadosos y las devociones forman un conjunto de alimento de la vida espiritual. La celebración litúrgica es un memorial de la historia de la salvación, que reproduce y da la gracia de los misterios que celebra. El cristiano que así lo entiende, vive esperando especialmente la celebración de la Eucaristía, el domingo, las oraciones, los tiempos litúrgicos, especialmente la Pascua. En cada página del Evangelio que lee o escucha saca orientación y fortaleza para vivir unas determinadas virtudes en la vida ordinaria de familia, trabajo, relaciones y decisiones. Las personas que cultivan su espíritu con la misa diaria o dominical, la comunión y confesión frecuentes, el rezo del rosario, la bendición de la mesa, y otros ejercicios de piedad,  aprenden a mirar todo con fe, desde Dios, a reconocer al hermano que sufre, saben sufrir ellas mismas en las dificultades y contratiempos de cualquier tipo, tratan de vivir la caridad y las bienaventuranzas.

Con la espiritualidad litúrgica se transforma la calidad de la vida que toma una dimensión, un nivel y una categoría espiritual. Da gusto vivir al lado del cristiano que cultiva su espiritualidad porque le lleva a ser alegre, optimista, abierto, sensible, solidario y en cualquier lugar que esté y haga lo que haga produce en torno a sí una  fecunda irradiación. Nunca se detiene en su esfuerzo, complacido por las metas conseguidas, porque sabe que el camino por recorrer es largo.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).