Una caridad que abre camino, verdad y vida

Mons. Antonio AlgoraMons. Antonio Algora       Me ha sugerido el título de esta carta el hecho de que, a veces, a la Iglesia se nos considera una «Organización No Gubernamental» (ONG) más, de las muchas que surgen constantemente en tareas que respiran altruismo al menos oficialmente. Así nos tratan las Administraciones Públicas y privadas, y no seré yo el que abogue por tratos de favor en ningún sentido.

El final del Evangelio de hoy es muy clarificador para que revisemos en el interior de la Iglesia nuestra manera de actuar. Dice así: «Os lo aseguro, el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores. Porque yo me voy al Padre». Nuestras tareas, pues, deben estar marcadas por la vida de fe, de lo que supone «creer en Jesucristo». Somos tan abiertos y libres en nuestra Iglesia que estamos corriendo en vano, cuando aceptamos a todos los que se nos acercan y nos alegra su colaboración en las múltiples actividades parroquiales: catequesis, coros, grupos de Cáritas, profesores de religión, dirigentes de hermandades y cofradías, actividades juveniles, campamentos… y el sinfín de obras eclesiales, y no mantenemos una tensión evangelizadora que haga ver a quienes se nos acercan que nuestra tarea fundamental y, por lo tanto, fundante es vivir el amor de Dios como Jesucristo se lo ha dejado a su Iglesia y que tiene su origen en Él, que es para todos nosotros «camino, verdad y vida».

Es tan vieja, como vieja es ya la historia milenaria de la Iglesia, la costumbre de no dejar en manos de nadie que no estuviera consagrado a Dios la vida de los empobrecidos. Así nació la ordenación de los diáconos que hoy nos narra la Palabra de Dios, y así nacieron los múltiples institutos de vida religiosa que hemos conocido y que están entre nosotros. Hoy, abierto el horizonte de la santidad posible para todos los miembros del pueblo de Dios, como nos aseguran los documentos del Concilio Vaticano II, igualmente todos los pertenecientes a la comunidad eclesial estamos capacitados para atender a los que nos necesitan. Siempre, entiéndase esto bien, que sintamos la llamada a ser santos como el Señor solo es santo.

Y esto porque, efectivamente, en el amor a los demás, siguiendo a Jesucristo en el «como yo os he amado», se juega la verdad sobre el hombre, la atención a su dignidad a la par que el cuidado que requieren sus necesidades; el trabajo humano como principio de vida que asegura la dignidad del trabajador cuando hace posible la formación y el mantenimiento de una familia y de unas relaciones sociales estables. En el sacrificio de la propia existencia siguiendo a Jesucristo se juega la vida que Dios nos da para entregarla y engendrar vida en el matrimonio cristiano, y en la fecundidad de los múltiples trabajos y actividades educativas, sanitarias, penitenciarias o de ese amplio abanico de voluntariado que nos da la vida y nos saca del cómodo cuidado personal en dietas para guardar la salud, la estética del cuerpo y el estéril egoísmo.

Y, porque el cómo es absolutamente imprescindible, Jesucristo es nuestro camino para andar sobre sus huellas, siguiendo sus pasos para llegar a conocer al Padre, para la realización de una existencia que no acaba porque toda ella se pueda salvar… que, abandonado el pecado, nuestros actos valgan para siempre, que todo nuestro querer, saber y tener sirva para la vida eterna. Jesucristo, nuestro camino de resurrección permanente. Esa unidad de cuerpo, alma, conciencia y libertad que somos y que nos hace capaces de relacionarnos con todos los de antes, ahora y después, y que nos proyecta a la plenitud del mismo Dios «por Cristo, con Él y en Él». El camino de la Pascua nos lanza a ese futuro de bienaventuranza.

Vuestro obispo,

† Antonio Algora

Obispo de Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
Acerca de Mons. Antonio Algora 193 Artículos
D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.