La Pascua y la Eucaristía dominical

Mons. Braulio Rodríguez PlazaMons. Braulio Rodríguez        Si tuviéramos que afrontar un debate o conversación con personas que no entienden o atacan la forma de vida cristiana en su dimensión dogmática (¿qué creemos?), vida moral y comportamiento de los cristianos en una sociedad plural y en la realidad del culto propio del Cristianismo, sería bueno que nos detuviéramos y profundizáramos. Porque esos debates y conversaciones se dan constantemente y, por desgracia, la iniciativa parte casi siempre por los que no participan de nuestra fe o están alejados de la Iglesia y que rechazan su existencia o la manera cómo se desarrolla ésta, no de un deseo en los católicos de acercarse y ofrecer proponiendo el Evangelio, esto es, Jesucristo. Pero para no entrar en discusiones estériles, hay que ser perspicaces y adentrarse en lo fundamental cristiano no en batallitas estériles.

Podemos empezar, siguiendo lo dicho en el número anterior por la participación en la Eucaristía del domingo, en “el día llamado del sol, nos reunimos en un mismo lugar; tanto los que habitamos en las ciudades como en los campo” (San Justino (hacia el 165 d.C.), Apología primera en favor de los cristianos, cap. 67). Los cristianos, como otras personas religiosas, tenemos necesidad de realizar actos de culto a Dios, pero en la Liturgia de la Iglesia hay algo más: nos reunimos precisamente el “día del sol”, porque éste es el primer día de la creación, cuando Dios empezó a obrar sobre las tinieblas y la materia, y también porque es el día en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos. En esto no hemos cambiado nada. Como san Justino, afirmamos que en “el día del sol” Jesús fue visto por sus apóstoles y discípulos.

Ese día, pues, los que han sido lavados en el baño de la regeneración y del perdón de los pecados y viven, o lo intentan, tal como Cristo nos enseñó, celebran la Eucaristía. Es decir, se leen los comentarios de los Apóstoles (así llama san Justino a los 4 evangelios) o los escritos de los profetas del AT. Después que han acabado los lectores, el que preside exhorta y amonesta con sus palabras a la imitación de tan preclaros ejemplos de Jesús. Luego nos ponemos en pie y elevamos nuestras preces; cuando éstas se terminan, se trae pan, vino y agua; entonces el que preside eleva, fervientemente, oraciones y acciones de gracias, y el pueblo aclama: Amén, así es. Seguidamente tiene lugar la distribución y comunicación, a cada uno de los presentes, de los dones sobre los cuales se ha pronunciado la acción de gracias, y los diáconos lo llevan a los ausentes.

¿Por qué hacemos esto? Precisamente porque los Apóstoles nos enseñan que así lo mandó Jesús, ya que Él, tomando pan y habiendo pronunciado la acción de gracias, dijo: Haced esto en memoria mía; éste es mi cuerpo; del mismo modo, tomando el cáliz y habiendo pronunciado la acción de gracias, dijo: Ésta es mi sangre, y se lo entregó a ellos solos. San Justino comenta que “a partir de entonces, nosotros celebramos siempre el recuerdo de estas cosas; y, además, los que tenemos alguna posesión socorremos a todos los necesitados, y así estamos siempre unidos. Y por todas estas cosas de las cuales nos alimentamos alabamos al Creador de todo, por medio de su Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo”.

No pueden decir, sin embargo, que muchas veces no socorremos a los necesitados o que no estamos unidos, o que vamos a Misa por aparentar o por cumplimiento o por tradición. Es posible. Pero en nada contradice estas posibles malas conductas la bella realidad de nuestro culto y la maravilla de la Misa dominical. Esta sigue siendo absolutamente necesaria para ser cristiano, porque encierra la esencia del Cristianismo: la resurrección de Cristo, su presencia entre los suyos, la posibilidad de mantener la alianza con nosotros y la fuerza que por su Espíritu nos permite ser cristianos y mantener la esperanza de la vida eterna que recibimos en el Bautismo. Es tiempo propicio la Pascua para descubrir de nuevo la importancia de celebrar en la Iglesia la Eucaristía que nos dejó el Señor. Son de las cosas esenciales para un cristiano.

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.