Iglesia resucitada (V)

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés       Confesemos que tenemos miedo de hablar de la Iglesia actual como “resucitada”. Parece que sea obligatorio hoy, cada vez que viene a la conversación la Iglesia, reconocer expresamente sus límites, sus pecados y debilidades. Me pregunto si con ello le hacemos justicia.

Hay algo misterioso que distingue la mirada capaz de ver el Resucitado en lo concreto de realidades humanas. Siempre me ha llamado la atención que fuera San Juan, el discípulo amado, el primero en descubrir a Jesús vivo, cuando él y sus compañeros atravesaban la experiencia de una Iglesia derrotada e inútil, es decir, marcados por el fracaso de la pesca (cf. Jn 21,7). Por eso, cuando hablamos de la Iglesia y damos nuestra opinión sobre ella, antes hemos de preguntarnos si nos hemos sentido amados, no necesariamente por ella, sino por Jesucristo.

Esto es muy importante, porque de la Iglesia habla todo el mundo, todos la juzgan y todos parecen estar muy capacitados y seguros sobre qué debería hacer. No deja de ser curiosa aquella escena en la que Balaam, habiendo recibido el encargo de Balaq, rey moabita, de maldecir el pueblo de Israel, gracias a un cambio de mirada obrado por Dios en su interior, entonó un bonito canto de alabanza:

“Oráculo de Balaam, oráculo del hombre de mirada penetrante… del que contempla visiones del Poderoso, que cae en éxtasis y se le abren los ojos. ¡Qué bellas son tus tiendas, oh Jacob, y tus moradas, Israel. Como vegas dilatadas, como jardines junto al río, como áloes que plantó el Señor” (Nm 24,3-6)

No tengamos reparo en decir que realmente la Iglesia es también eso: una vega dilatada, unas tiendas ordenadas y bien dispuestas, un jardín frondoso. Es una Iglesia resucitada verdaderamente.

Ahora bien, el profeta que la bendijo y proclamó su belleza no era ningún santo (pues después aparecerá como seductor y tentador hacia la idolatría) y el mismo pueblo en su caminar por el desierto estaba lleno de infidelidades. No se trata, pues, de una visión que oculte la verdad, sino de una mirada capaz de descubrir lo bueno que hay en la Iglesia. Y no se trata tampoco de un profeta santo por él mismo, sino de un don especial de Dios, que dirige, orienta e ilumina los ojos.

Es lo que ocurrió a San Lucas a la hora de componer el libro de los Hechos de los Apóstoles. La Iglesia nacida de Jesucristo Resucitado, fruto de su Espíritu, a sus ojos era una comunidad de hermanos, apasionante y admirable, cumplimiento de todos los sueños. Y sin embargo no se avergonzó de dejar constancia de las divisiones, los conflictos, las traiciones que en ella ocurrían. ¿Es una contradicción, una doble vara de medir, una diferencia de mentalidades, progresista o riguroso, optimista o conservador?… No, simplemente es la mirada del Espíritu. El Espíritu

– que ve la realidad, tal como es, aceptándola sin prejuicios, ni ideologías,

– que descubre la presencia real de Dios por sintonía y empatía,

– que no disimula la fragilidad, acogiéndola con espíritu humilde.

No pretendemos hacer estadística. No se trata de ver si hay en nuestra Iglesia más signos del Espíritu, que de muerte. Sólo queremos descubrir las luces como reflejo de la presencia del Resucitado, que despierten nuestro amor a la Iglesia y estimulen nuestra acción de gracias al Señor. Si no existieran estas luces, ¿por qué alabarle?, ¿cómo estar contentos de formar parte de este inmenso pueblo, obra de su gracia?

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
Acerca de Mons. Agustí Cortés Soriano 275 Artículos
Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.