La liturgia, excelente libro de catequesis

Mons. Pérez GonzálezMons. Francisco Pérez       El mejor libro de catequesis es la liturgia. Es un libro vital, sin letras, porque es la catequesis llevada a las acciones litúrgicas. Si se enseñan los misterios de la fe, a rezar o a vivir la vida de caridad cristiana, no es para guardarlo en el baúl del saber, sino para llevarlo a la práctica. La liturgia es la práctica de lo aprendido en la catequesis. Pero es también la escuela por excelencia del creer y el vivir. Es la fuente de la catequesis, pues facilita la comprensión de los misterios. No pueden alejarse liturgia y catequesis pues nacieron juntas y juntas realizan una obra total de evangelización. Si se separan es porque sus agentes pastorales han buscado su hegemonía y autonomía. Quizás han dado muchos pasos cada una por su cuenta. La nueva evangelización es un reto para que la liturgia y la catequesis, sin confundirse, (cf. CEC 6) actúen en sintonía total.

El Catecismo de la Iglesia católica en su segunda parte, cuando habla de la celebración del misterio cristiano, integra la liturgia como misterio y celebración y la catequesis, especialmente la de iniciación a los misterios (“mistagógica”) (CEC 1074-1075).

Narra el libro de los Hechos de los Apóstoles cómo el apóstol Felipe, por inspiración del Espíritu, salió al encuentro de Candaces, el ministro de economía de la reina de Etiopía, que no entendía las profecías de Isaías. Le dio una lección de catequesis revelándole que se referían a Jesucristo y le movió a la fe. Inmediatamente, cuando el ministro pidió ser bautizado, la catequesis se concretó en una acción litúrgica sacramental. Después, la propia acción sacramental le enseñó los efectos que produjo el agua del bautismo pues “continuó alegre su camino” (Hch 8, 24-40). La liturgia le dio una de lección práctica de catequesis sobre la alegría de la fe.

El Directorio de la misas con niños (1973) invita a que, desde la más tierna infancia, participen con sus padres en celebraciones adaptadas a ellos, para que, de modo gradual, de acuerdo con su edad y condiciones psicológicas, adquieran una experiencia para ir descubriendo los valores cristianos y la celebración del misterio de Cristo (núm. 9). Los adultos que están en precatecumenado, que reciben la primera evangelización, no sólo tienen un aprendizaje y explicación de las verdades de fe, sino que se les proponen también celebraciones que provoquen una experiencia espiritual intensa y así la recepción de los sacramentos se convierta en asimilación más perfecta de los misterios celebrados (cf. RICA 7). No sólo habla la palabra, los misterios celebrados se visibilizan y tienen un lenguaje más potente. La expresión profunda y eficaz de la celebración consiste en la palabra y en la acción. La liturgia sobre todo es acción. Supera el mero conocimiento intelectual y racional, pues pone en movimiento e involucra las diversas dimensiones de la persona entre otras la emoción, las sensaciones y la imaginación.

La liturgia tiene una la fuerza de actualizar los misterios y provocar, mientras los celebra, una profesión de fe, una recepción de la gracia y muchas preguntas para la catequesis. Es evidente que la liturgia es un manantial inagotable de catequesis.

Muchos catequistas tienen la buena costumbre de preguntar a su grupo de catequizandos qué se celebró el domingo en la iglesia parroquial, qué lecturas hubo, cómo hicieron la señal de la cruz, quién leyó y qué se leyó en el evangelio, qué dijo el sacerdote, qué ofrendas se hicieron etc. La lista de temas se les hace interminable porque los chicos cuentan cómo se sintieron rezando y cantando y preguntan el por qué de muchas cosas. La catequesis agradece que la liturgia provoque la explicación de los signos, las palabras y los gestos de la celebración. Así hay una continuidad integradora entre liturgia y catequesis. Se produce un intercambio de movimientos desde una hacia la otra. Los chicos al conocer las explicaciones catequéticas que pidieron, cuando vuelven a las celebraciones las viven mejor y notan que surgen nuevas preguntas. Esto hace que ambas disciplinas vayan fortaleciendo y alimentando la fe (cf. SC 59).

El modo pleno de celebrar la liturgia consiste en dar primacía a la Palabra divina y a la dimensión mistérica y trascendente. La liturgia evoca y representa el misterio salvífico y lo hace eficaz. Sin embargo, el ministro celebrante, que es el primer catequista, desempeña su función de mediador de la gracia cuando expresa el auténtico sentido de lo sagrado, introduce y anima el espíritu de oración y participación interior de los fieles (cf. SC 11; PO 5). La homilía basada en la Palabra de Dios, la plegaria, los gestos celebrativos del misterio, son lenguajes catequísticos que completan la celebración.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).