“Yo soy la puerta”

Mons. Ciriaco BenaventeMons. Ciriaco Benavente      El cuarto domingo de Pascua se conoce como el domingo del Buen Pastor. Hoy la imagen del Pastor se mezcla con otra también expresiva y bella: la de la Puerta.

Cuando se visita Tierra Santa no es raro ver pastores por las colinas de Galilea. Durante el día cuidan de sus ovejas por valles y montañas, mientras éstas pastan en las escasas hierbas que creen entre los guijarros de las laderas. Por la noche las recogen en empalizadas o en cercados de pequeños muros de piedra. Ya en tiempos de Jesús era la forma de mantener a las ovejas defendidas frente al peligro del lobo o de los ladrones y salteadores.

En la imagen de las ovejas ve Jesús al pueblo judío. Probablemente tenía todavía en la retina el trato que los dirigentes religiosos habían dado a aquel ciego de nacimiento curado por Él, cómo lo habían maltratado y expulsado de la sinagoga. Ve a la gente pobre, abandonada y humillada como ovejas sin pastor. Y ve a toda la humanidad, que sabe tanto de quienes no son verdaderos pastores y, por eso, no buscan el bien de las ovejas, sino su propio provecho, su presa… Esos no entran por la puerta, sino que saltan por las bardas; no conocen a las ovejas, ni las ovejas reconocen su voz.

Entrar por la puerta es señal de respeto, no es asaltar. Sabemos que sólo nos valora quien se acerca a nosotros con delicadeza y amor, sin segundas intenciones. Sólo así se abre la puerta del corazón.

Decía que hoy Jesús se presenta también como puerta: “Yo soy la puerta”. El evangelista retoma la fórmula del “Yo soy”, que en Evangelio de San Juan tiene un preciso significado de autentificación de Jesús: “Yo soy el agua viva, Yo soy el pan vivo, Yo soy la luz… Yo soy la puerta, quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”.

Es verdad que hay muchas personas buenas y honestas que buscan el bien de los demás, que se dedican con el más noble empeño a hacer mejor a la sociedad. Son hombres y mujeres admirables, que facilitan el acceso a situaciones más humanas y más dignas. Pero sólo Jesús es la puerta a la plenitud: “Nadie va al Padre sino por mí”.

Jesús es el Buen Pastor que conoce a sus ovejas y las suyas le conocen, escuchan su voz y le siguen. Ser cristiano o es haber descubierto de manera real y apasionante la belleza de sentirse llamado por Dios, o se reducirá a una experiencia de escaso valor, a un hábito piadoso sin consecuencias en la vida.

Para Jesús nunca somos una masa, nos llama por nuestro nombre, uno a uno. Si estamos atentos, sentiremos que el Señor nos llama cada día. Y la respuesta es el seguimiento. Ese es el dinamismo de la vida cristiana, aunque a veces pasen días, años, en que, aturdidos por mil cosas, no escuchamos su voz o nos falta fuerza o decisión para responder. Todo cristiano coherente ha de vivir como un llamado.

Esto tendría que ser así también a nivel puramente humano. Pero dicen los analistas sociales que hoy abundan las profesiones, pero que faltan vocaciones. Al que vive la profesión como una vocación se le nota; no se mueve por otros intereses que no sea el servicio a los otros: además de poner en juego la competencia profesional, pone el corazón en la tarea.

En este domingo celebra la Iglesia la Jornada de Oración por las Vocaciones, especialmente por las vocaciones a la vida consagrada y por las vocaciones al ministerio sacerdotal. “Sal a darlo todo”, dice el lema de la Jornada.

¿Habéis pensado que sería de nuestra Iglesia sin el servicio y el testimonio de la vida consagrada y sin pastores que hagan presente al Buen Pastor al frente de las comunidades? Nos dice el Papa Francisco haciendo suyas las palabras de Juan Pablo II: “Los cristianos no hemos sido elegidos por el Señor para pequeñeces. Id siempre más allá, hacia las cosas grandes. Poned en juego vuestra vida por los grandes ideales”. Y nos sigue recordando que la pastoral vocacional exige una auténtica pedagogía de la santidad.

Orad hoy y cada día para que los cristianos vivan su vida en clave vocacional y para que no falten en nuestra Iglesia las vocaciones a la vida de especial consagración.

+ Ciriaco Benavente Mateos

Obispo de Albacete

Mons. Ciriaco Benavente Mateos
Acerca de Mons. Ciriaco Benavente Mateos 200 Artículos
Mons. D. Ciriaco Benavente Mateos nació el 3 de enero de 1943 en Malpartida de Plasencia, provincia de Cáceres y diócesis de Plasencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Plasencia y fue ordenado sacerdote el 4 de junio de 1966. Es Graduado Social por la Universidad de Salamanca (1971). Comenzó su ministerio sacerdotal en el pueblo salmantino de Béjar, donde fue coadjutor, de 1966 a 1972, y luego párroco, de 1973 a 1979, de la Parroquia de San Juan Bautista. Desde 1979 a 1982 fue Rector del Seminario de Plasencia y Delegado Diocesano del Clero entre 1982 y 1990. Este último año fue nombrado Vicario General de la diócesis, cargo que desempeñó hasta su nombramiento episcopal. El 22 de marzo de 1992 fue ordenado Obispo en Coria. Obispo de la diócesis de Coria-Cáceres hasta diciembre de 2006. En la Conferencia Episcopal Española ha sido Presidente de la Comisión Episcopal de Migraciones desde 1999 hasta 2005. En la Conferencia Episcopal Española en la actualidad es miembro de las Comisiones Episcopales de Migraciones y de Pastoral Social. Con fecha 16 de octubre de 2006 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Albacete, tomando posesión de la sede el día 16 de diciembre de 2006.