El mensaje semanal del Obispo de Cuenca

Mons. YanguasMons. José María Yanguas      Queridos diocesanos:

El pasado domingo, 27 de abril, domingo segundo de Pascua, domingo de la Divina Misericordia, tuvo lugar en Roma la canonización de dos de los últimos Papas, Juan XXIII y Juan Pablo II. Tuve la dicha de participar en este acontecimiento que ha llenado de alegría a toda la Iglesia. Una multitud de fieles, que rondaba el millón de personas, se concentró en la Plaza de San Pedro, en la contigua plaza Pío XII, en la Vía de la Conciliación y en los alrededores de Castel Sant’Angelo, para participar en la solemne Misa en que los dos Papas eran incluidos en el elenco de los santos de la Iglesia Católica. Se daba la rara casualidad de que junto al Pontífice felizmente reinante, el Papa Francisco, que oficiaba la divina liturgia, se encontraba presente el Papa emérito, Benedito XVI, estrechísimo colaborador, durante muchos años, del ahora san Juan Pablo II.

Cientos de miles de católicos provenientes de Polonia y otros tantos llegados de las tierras del Norte de Italia, de Bérgamo patria del Papa Roncalli, constituían el grueso de los fieles que abarrotaban la plaza. Pero junto a ellos, fueron numerosísimos los fieles que quisieron estar presente en día tan señalado para testimoniar su afecto y devoción a los dos grandes Papas; eso aun sabiendo que la multitudinaria asistencia les obligaría a largas horas de espera, iniciadas durante la noche, transcurridas la mayor parte en pie y sin apenas espacio para moverse. La incomodidad prevista no fue inconveniente para su presencia ni razón suficiente para mitigar la alegría que se reflejaba en los rostros o para disminuir el gozo de la espera del momento en que la Iglesia proclamaría los nuevos santos.

El examen de la historia de la Iglesia en el siglo XX y de los Papas que han ocupado la sede de Pedro a lo largo de esa misma centuria llena a todos los católicos de legítimo orgullo de hijos. Se puede decir que se trata de un siglo de grandes  Papas, de Papas santos. San Pío X desempeño su ministerio en los inicios de siglo y otro santo Pontífice, Juan Pablo II, lo concluiría tras un largo y fecundísimo pontificado. A mediados de siglo Juan XXIII iluminó aquellos años con su figura paterna, llena de un atrevimiento que obedecía a los impulsos del Espíritu Santo. Nos enseña el abandono en las manos de Dios que debe caracterizar la vida de un fiel cristiano. San Juan XXIII, el Papa bueno, párroco del mundo, se dejó conducir por las mociones del Espíritu Santo, seguro de la asistencia divina, y embarcó a la Iglesia en la apasionante aventura del Concilio Vaticano II, con el fin de que tomara renovada conciencia de su ser y de su misión en el mundo.

Para la inmensa mayor parte de los cristianos el recuerdo de Juan Pablo II permanece extraordinariamente vivo. El Papa venido del Este, con su fe templada en la adversidad y en el sufrimiento, condujo a la Iglesia con mano segura en momentos difíciles. Fiado en la maternal protección de la Madre de Dios, a quien profesaba ternísima devoción, se lanzó por los caminos del mundo para fortalecer en la fe a todo el Pueblo de Dios, Pastores y ovejas de la grey; con el nuevo Código de Derecho Canónico hizo del Concilio Vaticano II norma de vida para la Iglesia, y con la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica puso al alcance de todos su doctrina. Todos lo recordamos  como el Papa de los jóvenes a quienes siempre amó tanto; para muchos, las Jornadas Mundiales de la Juventud supusieron el inicio de una vida verdaderamente cristiana.

Acudamos a la intercesión de estos dos grandes Pontífices, pidámosles su fe, sencilla y recia, su amor apasionado a la Iglesia, su celo por el bien de todas las almas y de toda la humanidad.

+ José María Yanguas

Obispo de Cuenca

Mons. José María Yanguas
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Mons. José María Yanguas Sanz nació el 26 de octubre de 1947 en Alberite de Iregua (La Rioja), diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Siguió los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano y el 19 de junio de 1972 fue ordenado sacerdote en Logroño al servicio de la misma diócesis. En 1971 inició en Pamplona los esutdios de Filosofía y en el 1974 los de Teología en la respectiva Facultad de la Universidad de Navarra, obteniendo en el 1978 el doctorado en Teología y en el 1991 el de Filosofía en la misma universidad. Ha trabajado como Capellán y Profesor de Teología de los esudiantes de diversas Facultades Civiles de la Universidad de Navarra (1972-1978; 1980-1986), Secretario del Departamento de Teología para Universitarios (1976-1978), Capellán militar (1978-1980), Profesor de Teología Dogmática (1976-1981), Profesor de Ética y de Teología Moral (1981-1989), Miembro del Comité de Dirección de la revista Scripta Theologica (1982-1986), Director de Investigación de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y Profesor Asociado de Ética de la Facultad Eclesiástica de Filosofía (1988-1989), Oficial de la Congregación para los Obispos (1989-2005) y Profesor Visitante de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (1990-2005). En Roma ha sido Capellán de las Hermanas de la Sagrada Familia de Spoleto y ha colaborado pastoralmente en la Parroquia de Santa María de la Divina Providencia (1990-2005). El 20 de abril de 2001 fue nombrado Prelado de Honor de Su Santidad. Ha publicado numerosos artículos en las revistas Scripta Teologica y Annales Teologici; en las “Actas de Congresos y Simposios de Teología”, Pamplona, 1985, y Roma, Cittá Nuova Editrice, 1986, 1988. Es autor de los siguientes libros: - Pneumatología de San Basilio. La divinidad del Espíritu Santo y su consustancialidad con el Padre y el Hijo, Eunsa, Pamplona, 1983; - Constitutionis Pastoralis Gaudium et Spes sinopsis histórica: De Ecclesia et vocatione hominis, Pamplona, 1985; - La intención fundamental. El pensamiento de Dietrich von Hildebrand: contribución al estudio de un concepto moral clave, Barcelona, 1994. Además de español habla francés, inglés, italiano y alemán. Nombrado Obispo de Cuenca el 23 de diciembre de 2005, recibió la Ordenación Episcopal y tomó posesión de la Sede de Cuenca, en la Catedral, el 25 de febrero de 2006, de manos del Excmo. y Rvmo. Mons. Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Toledo. Es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la CEE (Conferencia Episcopal Española).