Iglesia resucitada (III)

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés      Hemos traído aquí signos de una Iglesia resucitada pertenecientes a un pasado próximo, pero no con la intención de ensalzar una época, que como todas también tuvo sus sombras, sino para que nos sirva de ejemplo en el discernimiento de la presencia del Espíritu del Resucitado entre nosotros. Sin duda existen hoy signos muy claros de esta presencia, sólo que para reconocerlos necesitamos una cierta distancia.

La lista sería interminable. Cada día, antes de acostarnos, en el momento de repasar brevemente la jornada delante del Señor, con toda facilidad nos vienen a la mente una buena cantidad de motivos por los cuales hay que alabarle, al detectar huellas concretas de su resurrección en nuestra Iglesia. Este ejercicio nos recupera el ánimo, pues somos proclives a dejarnos llevar por la impresión de las formas de muerte.

Y para que no parezca que estas huellas de la Resurrección responden a hechos u ocasiones “extraordinarias”, de los muchos ejemplos que podríamos traer aquí, señalamos dos. En la Parroquia de Sant Llorenç de Sant Feliu de Llobregat se vivió el testimonio de dos cristianos llenos de vida resucitada y de gloria escondida: la Sra. Encarnació Coca y el Sr. Pere Grané. Quizá el rasgo más destacable de la presencia de Jesús resucitado en ellos ha sido el de la bondad vivida con extraordinaria sencillez. Cuando esta bondad va acompañada de actitudes aparentemente contrarias, uno puede pensar que obedece a una presencia viva del Espíritu. Así, reconocemos en ellos, por una parte, la acción servicial concreta a los hermanos, que muestra una manera de ser cristiano no acomplejada, ni cerrada, ni evasiva y, por otra, la humildad, que garantiza la exclusión de todo afán de protagonismo o un deseo de verse reflejado en la propia obra. Igualmente la confluencia en ellos de la profundidad de la fe, junto a la alegría y una paz contagiosas; o la oración personal y litúrgica, junto a la sensibilidad hacia los problemas y necesidades de los otros; o el sentido de pertenencia a la Iglesia, junto a la apertura hacia las cuestiones sociales…

¿Podríamos decir de ellos que eran absolutamente normales? Sí y no. Como nos recordará la famosa Carta a Diogneto (s. II), la Iglesia nacida del Resucitado no vive fuera de este mundo, aunque su ciudadanía es el Reino de los Cielos. Ellos eran “cristianos de parroquia” y ciudadanos de su tiempo, bien atentos a lo que pasa, a lo que se vive y se sufre. Pero simultáneamente eran “especiales”, en el sentido de que destacaban dentro de una mayoría, porque el Espíritu del Resucitado alimentaba constantemente su amor generoso y concreto.

Está bien que a la vista de una concentración de más de un millón de jóvenes cristianos en cualquier punto del planeta con motivo de una Jornada Mundial de la Juventud o ante el hecho de que la cuenta de Twitter del Papa tenga más de 12 millones de seguidores o que el mismo Papa sea capaz de congregar fácilmente 250.000 personas en la plaza de San Pedro, uno diga: “la Iglesia está viva”. Pero nos gustaría que dijéramos lo mismo cuando vemos que una madre de familia está dejándose la piel por sacar adelante los suyos o que un miembro de la parroquia ha sido capaz de perdonar o que ha dedicado horas de descanso o dinero propio a servir a otros, o cuando un cristiano ha sido capaz de confesar su fe con palabras y obras, a pesar del riesgo…

Al menos reconozcamos que es el mismo Espíritu quien obra todo en todos.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
Acerca de Mons. Agustí Cortés Soriano 275 Artículos
Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.