III Domingo de Pascua San Juan XXIII Y San Juan Pablo II, fieles servidores del Concilio Vaticano II

Mons. Manuel UreñaMons. Manuel Ureña       El domingo pasado, 27 de abril, día de la Divina Misericordia, el papa Francisco canonizaba felizmente en Roma a los beatos papas Juan XXIII y Juan-Pablo II.

¿Qué pueden tener en común estos dos grandes papas de la Iglesia para que Francisco los haya elevado juntos a los altares? ¿No se trata de dos personas muy distintas desde el punto de vista humano? Más todavía: ¿No han sido juzgados uno y otro más de una vez como papas que ejercieron también de forma muy diversa y a veces encontrada su ministerio de sucesión de Pedro? Por ejemplo, se ha dicho de Juan XXIII que abrió la Iglesia al mundo para modernizarla; que era una persona sencilla y de buen humor; que era reformista, abierto y bonachón; que propugnó por encima de todo una “Iglesia de los pobres”; y que se mostró tolerante en el ámbito del pensamiento teológico. Por el contrario, se ha dicho de Juan-Pablo II que, habida cuenta de su condición de actor en sus años mozos, habría amado mucho el espectáculo; que habría sido, además, intransigente y enemigo del pensamiento teológico libre; y que, junto con su sucesor Benedicto XVI, no habría seguido el camino de una “Iglesia pobre”.

Pues bien, este modo ideologizado de enjuiciar a las personas oculta la verdad de la realidad histórica concreta e intenta crear en nosotros la ilusión de que Juan XXIII y Pablo VI fueron papas progresistas y, por tanto, opuestos a Juan-Pablo II y a Benedicto XVI, que habrían supuesto históricamente una involución. Por consiguiente, que Juan-Pablo II sea canonizado al lado de Juan XXIII supone, al decir de algunos, una especie de redención de la figura histórica del papa polaco y un agravio más o menos críptico a Juan XXIII.

Gracias a Dios, no ha sido en modo alguno así. Juan XXIII y Pablo VI hicieron posible el gran acontecimiento histórico del Concilio Vaticano II. Y a los papas posteriores, incluido Pablo VI, les correspondió la misión de aplicarlo. Pero todos ellos profesaron íntegramente la fe del Concilio y lucharon por esta fe. Tanto es así, que el Vaticano II de Juan XXIII y de Pablo VI es el mismo Vaticano II de Juan-Pablo II, de Benedicto XVI y de Francisco.

En efecto, Juan XXIII señaló, el 11 de octubre de 1962, en el acto de la inauguración solemne del Concilio, que el objeto perseguido por éste no era primariamente condenar errores o definir un nuevo dogma, sino, más bien, promover “la adhesión de todos, en un renovado amor, en la paz y en la serenidad, a toda la doctrina cristiana”, la cual debía, sin embargo, “ser profundizada y presentada de forma que respondiera a las exigencias de nuestra época”. A este fin principal él añadía la búsqueda de la unidad de los cristianos.

Un año después, el 29 de septiembre de 1963, Pablo VI, en el discurso de apertura de la segunda sesión del Vaticano II, recogería magistralmente los fines asignados a éste por Juan XXIII, los completaría y los situaría en su verdadero horizonte, a saber, en Cristo, luz de las gentes y esperanza de los pueblos. Porque Cristo es nuestro principio; Cristo, nuestra vida y nuestro guía; Cristo, nuestra esperanza y nuestro término. Y la Iglesia no es en sí misma nada si no está remitida y referida a Cristo, su Señor, del que ella es como sacramento eficaz y visible.

Siendo esto así, a nadie extrañará que Pablo VI fijara en cuatro los fines principales del Concilio: el conocimiento más perfecto o, si se prefiere, el logro de una conciencia más exacta de la Iglesia sobre sí misma; la prontitud a emprender siempre su reforma; la reconstrucción de la unidad de todos los cristianos; y el dialogo de la Iglesia con el mundo contemporáneo.

Ahora bien, cuando Pablo VI y sus sucesores quisieron aplicar la fe del Concilio, se encontraron con la cruda realidad de los efectos desastrosos de la crisis post-conciliar, que afectó a las vocaciones sacerdotales y religiosas, a los seminarios, a la vida y al ministerio de los sacerdotes, al espíritu misionero y a la misma hermenéutica de la fe. Dicho más claramente, la siembra de la fe del Concilio en la viña del Señor ofreció dificultades de toda índole, pues la tierra en cuyos surcos caía aquella valiosa semilla se mostraba no pocas veces envenenada por la acción del demonio y de la concupiscencia del mundo y de la carne.

Ello explica que los papas posteriores a Juan XXIII, que viven en un mundo y en una Iglesia con signos de los tiempos no iguales, sino distintos a los de las décadas de los años 50 y 60, tuvieran que enfrentarse, justo por querer mantenerse fieles a los fines del Concilio, con el espíritu del tiempo que entonces comenzaba a respirarse, particularmente en Occidente, a partir del “Mayo francés” de 1968. Curiosamente, éste iba a ser el año de la aparición de la carta-encíclica de Pablo VI “Humanae vitae”.

Clara conciencia tuvo el episcopado mundial de lo que estaba sucediendo. Y esto se puso de manifiesto en el Sínodo de los Obispos convocado por el papa Juan-Pablo II para 1985 con motivo de cumplirse los 20 años de la clausura del Concilio Vaticano II. Y es que el breve espacio de tiempo de 20 años que separaba 1965 de 1985 había traído consigo cambios acelerados de la historia, como la emergencia del secularismo, del laicismo y de una visión totalmente inmanentista del hombre y del mundo. Lo cual hacía ver que se imponía como necesaria una recepción más profunda del Concilio para salir valientemente al paso de la nueva situación creada.

Pensemos en los duros trabajos de Juan-Pablo II en la década de los 80 para que no se cayera en una interpretación presuntamente cristiana de la liberación del hombre en clave de materialismo histórico. Y reparemos también en los tremendos esfuerzos de Benedicto XVI por reivindicar la gravedad del concepto de verdad objetiva, un concepto deslegitimado por la post-modernidad a partir del relativismo nihilista.

La conclusión no puede ser más evidente. No es cierto que los cuatro pontífices del último medio siglo hayan aplicado el Concilio Vaticano II de forma distinta y selectiva. Los cuatro han sido fieles a toda la fe del Concilio. Y lo han sido siempre con las mismas armas: la razón sin connotaciones ideológicas y la fe o la razón iluminada por la luz de la Revelación.

Manuel Ureña Pastor,

Arzobispo de Zaragoza

Mons. Manuel Ureña
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Manuel Ureña Pastor nació en Albaida (Valencia) el 4 de Marzo de 1945. Realizó sus estudios de Enseñanza Primaria en las Escuelas Nacionales de su pueblo natal. En Septiembre de 1959 ingresó en el Seminario Metropolitano de Moncada (Valencia), en donde cursó el Bachillerato Elemental y el Bachillerato Superior, y, posteriormente, el quinquenio de Estudios Eclesiásticos, obteniendo en junio de 1970 el título de Bachiller en Teología. Entre los años 1968 y 1973, cursó Estudios Superiores de Historia y de Geografía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Literaria de Valencia. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca con una tesina sobre “El tema de Dios en el joven Leibnitz”. El 14 de Julio de aquel mismo año, 1973, recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos del entonces Sr. Arzobispo Metropolitano, S.E. Rvdma., Mons. José María García Lahiguera. A partir de septiembre de aquel año ejerce el ministerio sacerdotal, como coadjutor, en la parroquia de Nuestra Señora del Olivar de Alacuás (Valencia) y, al mismo tiempo, imparte clases de Teología pastoral, de Teología Fundamental y de Teología de la fe en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia. En Septiembre de 1976 es enviado a Roma para cursar estudios superiores de Filosofía en la Pontificia Universidad de Santo Tomás. Allí obtendrá en abril de 1984 el grado de Doctor en Filosofía con una Tesis Doctoral sobre el pensamiento del filósofo neomarxista alemán Ernst Bloch titulada: “Ernst Bloch:una interpretación teleológica –inmanente de la realidad” que mereció la máxima calificación académica. En 1980, es nombrado Director del Colegio Mayor "San Juan de Ribera", de Burjasot (Valencia), y profesor de Metafísica y de Historia de la Filosofía Antigua en la Facultad de Teología de Valencia. Durante dos semestres impartiría también las asignaturas de Filosofía de la Religión y de Historia de la Filosofía medieval. En 1987 es nombrado miembro de la Blochsgesellschaft, en la entonces República Federal de Alemania. El 8 de Julio de 1988 el Papa Juan Pablo II lo nombró Obispo de la Diócesis de Ibiza, siendo consagrado el 11 de septiembre de aquel mismo año. Y, desde el 20 de abril de 1990, simultaneó su ministerio episcopal en Ibiza con el de Administrador Apostólico de la Diócesis de Menorca. En Julio de 1991, el Papa Juan Pablo II lo trasladó a la Diócesis, entonces recien creada, de Alcalá de Henares, nombrándolo, al mismo tiempo, Visitador Apostólico de los Seminarios Mayores de las provincias eclesiásticas de Andalucía y Administrador Apostólico de la Diócesis de Ibiza. En 1992, el entonces Presidente de la Conferencia Episcopal Española y Arzobispo de Zaragoza, S. E. Rvdma., Mons. Elías Yanes Álvarez, lo nombró Consiliario Nacional de la Adoración Nocturna Española, cargo que sigue ejerciendo en la actualidad. En Julio de 1998 es nombrado Obispo de la Diócesis de Cartagena, Administrador Apostólico de la diócesis de Alcalá de Henares y Gran Canciller de la Universidad Católica de Murcia. Promovido al Arzobispado de Zaragoza el 2 de abril de 2005, comenzó a ejercer aquí su ministerio de sucesión apostólica el 19 de junio del mismo año, al tiempo que era nombrado Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena y Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. En la Conferencia Episcopal Española ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral Social, de Seminarios y Universidades, y del Comité Episcopal ‘Pro vita’. En la actualidad es miembro de la Comisión Episcopal de para la Doctrina de la Fe. Su investigación filosófica gira en torno al pensamiento marxista y al pensamiento postmoderno. En teología, ha trabajado bastante el pensamiento de los teólogos católicos Karl Rahner y Hans Urs von Balthasar; y, en teología protestante, ha familiarizado mucho con los teólogos protestantes Karl Barth y Dietrich Bonhoeffer. Sus trabajos científicos son ya más de 60. Y su principal publicación es el libro Ernst Bloch, ¿un futuro sin Dios? (BAC MAIOR (Madrid) 1986). Reconocimientos: Hijo Predilecto de Albaida, Medalla de Oro de la ciudad de Murcia, Defensor de Zaragoza 2008, Premio IACOM (Instituto Aragonés de Comunicación). Premio Fundación Carlos Sanz 2010. Caballero de Honor de Ntra. Sra. del Pilar. Encargos pastorales: Miembro de la Comisión de Enseñanza y Catequesis de la Conferencia Episcopal, trienios (1993-1996; 1996-1999; 1999-2002; 2002-2005; 20005-2008; 2008-2011). Miembro de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española (2011-2014). Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. Doctor Honoris Causa por la Universidad Católica San Antonio de Murcia.