Iglesia resucitada (II)

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés       Seguimos rastreando signos de Iglesia resucitada en su vida concreta. No para alimentar nuestra vanidad o para hacer una apologética barata, sino para constatar que Jesucristo, su Espíritu, vive entre nosotros y así dar gloria al Padre del cielo (cf. Mt 5,16).

Pero la experiencia está ratificando cada vez más la verdad de aquello que dice la Carta a los Colosenses: “vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3,4). Escondida no quiere decir inexistente, sino que no la ve la televisión, ni las agencias de noticias, ni las redes sociales, ni los periódicos… ni la mayoría de los mortales. Está a escondidas de los ojos que no pueden o no quieren ver. Sigue siendo verdad el principio de que, para detectar signos de resurrección nos hemos de poner las gafas del Evangelio. De hecho no todos vieron el resucitado: sólo lo veían quienes tenían ojos para descubrirlo.

Ha caído en nuestras manos un artículo del teólogo Olegario González de Cardedal, donde, a propósito del personaje Adolfo Suárez, se formula la pregunta parecida a la que mueve nuestra reflexión: ¿qué Iglesia dio a luz, concretamente en la Ávila de los años 50 y 60 aquellos frutos culturales, sociales o políticos? Siendo él mismo uno de sus protagonistas, el autor va repasando líderes, instituciones y seguidores significativos: Baldomero Giménez Duque, consiliario de Acción Católica siendo presidente de la misma Adolfo Suárez; Guillermo Rovirosa, alma del movimiento obrero HOAC; el valenciano Alfonso Roig con su “apostolado del arte”; Antonio de Lama y su cultivo de la poesía; Alfonso Querejazu, animador de las Conversaciones Católicas de Gredos, etc.

No se podía entender aquella Iglesia olvidando su historia o ignorando su entorno eclesial. Todos sabemos que aquello era una de las muchas manifestaciones de una Iglesia, un momento de la historia eclesial española, “privilegiado” por el Espíritu. El Espíritu que denominamos del Concilio Vaticano II, que se proyectó en conductas y políticas concretas y que resultó decisivo en el éxito del proceso de transición a la democracia. También en resultados estrictamente eclesiales.

Esto, hasta cierto punto está presente en la opinión pública. Y, aunque algunos no lo quieran ver, nadie lo podrá poner en duda. Eso sí, no falta quien lo interpreta torcidamente. Pero ¿podrá alguien afirmar que todo aquello obedecía a un plan estratégico o a unos objetivos definidos, fruto de buenos estudios sociológicos y campañas acertadas de penetración ideológica? La interpretación que se ajusta a la verdad es que aquellos eran frutos visibles de una sabia que corría por dentro, escondida, pero eficaz: la fuerza del Resucitado que anima la Iglesia.

Porque aquella Iglesia venía de sus muertes y se abría esperanzada a su resurrección, sin perder de vista qué mano guía la historia.

– La fuerza del Resucitado no se ve, pero actúa eficazmente en lo escondido.

– Se manifiesta exteriormente en frutos personales y eclesiales.

– Pero no siempre los frutos de la resurrección son los mismos: a veces son espectaculares, otras permanecen en un rincón, casi olvidados.

Es cuestión de la mirada. Que la Iglesia sigue viva, resucitada, es patente a los ojos escrutadores del Espíritu. Con el ciego Bartimeo pidamos a Jesús: “¡Señor, que vea!” (Mc 10,51).

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
Acerca de Mons. Agustí Cortés Soriano 275 Artículos
Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.