Pascua de Resurrección. Un acontecimiento de salvación para todos

Mons. Bernardo AlvarezMons. Bernardo Álvarez      Un cordial saludo, paz y bien para todos y feliz Pascua. Que la fuerza de la Resurrección de Cristo llegue a cada uno de ustedes, especialmente a quienes más sufren por cualquier causa.

Los cristianos creemos que, con la fuerza de su amor misericordioso, Cristo crucificado y resucitado ha vencido el pecado y la muerte. Su resurrección nos da la certeza de que, a pesar de toda la oscuridad que hay en el mundo, el mal no tiene la última palabra. Como rezamos en la liturgia de la Iglesia: “Por Él los hijos de la luz amanecen a la vida eterna, los creyentes atraviesan los umbrales del reino de los cielos; porque en la muerte de Cristo nuestra muerte ha sido vencida y en su resurrección hemos resucitado todos”.

Ahora bien, Cristo ha vencido el mal y la muerte de modo pleno y definitivo, pero nos corresponde a nosotros, a los hombres y mujeres de cada época, acoger esta victoria en nuestra vida y en las realidades concretas de la historia y de la sociedad. Como decía San Agustín: “El que te  creó sin ti, no te salvará sin ti. Es decir,  el que te creó sin consultarte, no te salvará sin tu consentimiento. La salvación que nos trae Jesucristo es siempre un don gratuito, sí, pero ofrecido a la libertad humana. Cada uno puede acogerlo y, también, puede permanecer indiferente e incluso puede rechazarlo.

San Pedro, el principal de los apóstoles, aquel que, vencido por el miedo, cobardemente negó conocer a Jesús, cuando arrepentido se acogió el poder de Cristo resucitado y se llenó del Espíritu Santo, con libertad y valentía proclamaba:

“Los habitantes de Jerusalén y sus autoridades no reconocieron a Jesús ni entendieron las profecías que se leen en la sinagoga, pero las cumplieron al condenarlo. Aunque no encontraron nada que mereciera la muerte, le pidieron a Pilato que lo mandara ejecutar. Y, cuando cumplieron todo lo que estaba escrito de él, lo bajaron del madero y lo enterraron. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos” (Hechos 13,26-30).

Todo esto que Pedro proclamaba lo había vivido en primera persona, fue testigo directo y, sobre todo, vivió la experiencia de ser perdonado y rehabilitado por Jesús. Por eso, no se limita a proclamar los hechos ocurridos, sino que con profunda convicción afirmaba: “El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en Cristo reciben, por su nombre, el perdón de los pecados” (Hechos 10, 43).

También nosotros, como San Pedro, podemos participar del triunfo pascual de Cristo. Para ello, sin temor alguno, debemos descubrir qué pecados hay en nuestra vida y arrepentidos buscar el perdón generoso de Dios. De este modo, liberados del mal, alcanzamos la salvación que Cristo nos ha ganado a todos con su muerte y resurrección. Por Cristo, con Él y en Él, es posible, porque Él es la mano que Dios tiende a los pecadores y “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

No lo dudemos, nuestra vida y la de los demás tiene remedio. Cuando nos miramos a nosotros mismos con verdad, nos damos cuenta que somos muy limitados, con defectos y, también, con maldad en el corazón (envidia, avaricia, soberbia, malos deseos) que desemboca en el daño que hacemos a los demás, un daño que también padecemos cuando somos víctimas del mal ajeno. No obstante, todo esto tiene remedio. Debemos creer que “podemos ser otros y otras”, que podemos cambiar. Una vida nueva y un mundo nuevo son posibles, no como un ideal teórico, sino como una realidad que acontece en el corazón de cada uno. Esto es lo más importante y genuino que nos aporta Jesucristo Resucitado: un corazón y un espíritu nuevo, para ser hombres y mujeres nuevos.

Como nos decía el Papa Francisco en la Vigilia Pascual de año pasado: “Hermanos y hermanas, no nos cerremos a la novedad que Dios quiere traer a nuestras vidas. ¿Estamos acaso con frecuencia cansados, decepcionados, tristes; sentimos el peso de nuestros pecados, pensamos no lo podemos conseguir? No nos encerremos en nosotros mismos, no perdamos la confianza, nunca nos resignemos: no hay situaciones que Dios no pueda cambiar, no hay pecado que no pueda perdonar si nos abrimos a él.

Acepta entonces que Jesús Resucitado entre en tu vida, acógelo como amigo, con confianza: ¡Él es la vida! Si hasta ahora has estado lejos de él, da un pequeño paso: te acogerá con los brazos abiertos. Si eres indiferente, acepta arriesgar: no quedarás decepcionado. Si te parece difícil seguirlo, no tengas miedo, confía en él, ten la seguridad de que él está cerca de ti, está contigo, y te dará la paz que buscas y la fuerza para vivir como él quiere”.

Si queremos, todos podemos ser partícipes del poder de la resurrección de Cristo. Dejemos que el dinamismo de la Pascua actúe en nosotros y seremos renovados y rejuvenecidos espiritual y moralmente. Así, a través de cada uno, podrá renacer un mundo nuevo en el que el amor va venciendo el odio, el perdón va anulando los deseos de venganza y la solidaridad  va derribando los muros de la indiferencia ante el prójimo necesitado. Un mundo de hombres y mujeres nuevos en el que, para bien todos, se va haciendo realidad el Reino de Dios: “El reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia; el reino de la justicia, el amor y la paz”.

¡Que la alegría y paz de Cristo Resucitado reboce en nuestros corazones!

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense

 

 

 

 

Mons. Bernardo Álvarez
Acerca de Mons. Bernardo Álvarez 56 Articles
Nació el 29 de julio de 1949 en Breña Alta (Isla de La Palma). Fue ordenado Sacerdote el 16 de julio de 1976. El 29 de junio de 2005 el Papa Benedicto XVI le nombra Obispo de Tenerife. Recibe la ordenación Episcopal el 4 de septiembre de 2005 en la Catedral de La laguna (Templo de Nuestra Señora de la Concepción) de manos del Nuncio de S. Santidad Mons. Manuel Monteiro de Castro y los Obispos Eméritos de Tenerife Mons. Damián Iguacen Borau y Mons. Felipe Fernández García, así como otros Obispos asistentes. En esta misma fecha toma posesión canónica de la Diócesis Nivariense. ESTUDIOS REALIZADOS: Realizó el Bachiller Elemental y Superior, con sus respectivas Reválidas, en Santa Cruz de La Palma, finalizando en el año 1967. Inició los estudios de Arquitecto Técnico (Aparejador) en 1967 en La Laguna, que abandonó para ingresar en el Seminario Diocesano de Tenerife en octubre de 1969. Realizó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Tenerife, que concluyó en junio de 1976, año en el que también recibió la ordenación sacerdotal de manos del Obispo D. Luis Franco Cascón. En junio 1987, tras el correspondiente examen, recibió el título de Bachiller en Teología por la Facultad de Teología del Norte de España – Sede de Burgos. Posteriormente, estudió de teología en la Universidad Gregoriana de Roma, desde 1992 a 1994, adquiriendo el título de Licenciado en Teología Dogmática. RESPONSABILIDADES: Ha sido párroco en cuatro destinos diferentes durante 11 años (desde octubre de 1976, a octubre de 1987). - Parroquias de Agulo y Hermigua (La Gomera): 1976-1980 - Parroquias de San Isidro y San Pío X (Los Llanos de Aridane-La Palma): 1980-1982 - Parroquias de San Miguel y Ntra. Sra. del Carmen (Tazacorte – La Palma): 1982-1986. - Parroquias de San Fernando Rey y San Martín de Porres (S/C de Tenerife) 1986-1987. - Arcipreste de Ofra: 1986-1987. Director Espiritual en el Seminario Diocesano de Tenerife, desde octubre de 1987 a julio de 1992. Secretario de la Asamblea Diocesana de octubre 1988 a junio 1989. Secretario de la Vicaría de Pastoral de la Diócesis de Tenerife, desde octubre de 1987 a julio de 1992, y desde septiembre de 1994 a mayo de 1999. Delegado Diocesano de Liturgia desde octubre de 1989 a julio de 1992. Desde 1994 a 1999 fue responsable del Departamento de Catequesis de Adultos de la Delegación Diocesana de Catequesis. Durante 10 años dirigió el Boletín Oficial del Obispado: de octubre de 1994 a octubre de 2004. Secretario General del Primer Sínodo Diocesano, desde septiembre de 1995 a mayo de 1999. Vicario General de la Diócesis, desde mayo de 1999. MOns. Bernardo Álvarez Alfonso, Obispo de San Cristóbal de La Laguna fue consagrado en Tenerife, en la Catedral, el 4 de septiembre de 2005 por Mons. Manuel Monteiro de Castro, Arzobispo titular de Beneventum y Nuncio Apostólico en España, asistido por Mons. Felipe Fernández García, Obispo emérito y Administrator Apostólico de San Cristóbal de La Laguna, y por Mons. Damián Iguacen Borau, Obispo emérito de San Cristóbal de La Laguna.