La esperanza de la resurrección

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella      “Era verdad, ha resucitado el Señor” . Este es el comentario que hicieron los Once, reunidos en el cenáculo, a los dos discípulos que, desencantados, se han marchado de Jerusalén. Son los llamados “discípulos de Emaús”. La escena que viven con Jesús es posiblemente una de las más entrañables del Evangelio y más alentadora. Recordémosla nuevamente :

Ambos han perdido la virtud de la esperanza, algo que bien pudo suceder al resto de sus compañeros que “habiéndolo dejado todo le habían seguido”. Pero el primer paso en falso que dan es “marcharse de Jerusalén”. Se fueron de casa, diríamos hoy de forma coloquial, apartándose de Pedro y de los demás. La misma actitud del hijo pródigo que Lucas nos había narrado en el capitulo 15. Y Jesús, al igual que el padre de la mencionada parábola, sale a su encuentro, y – sin que lo reconozcan – se pone a caminar con ellos.

La conversación que mantienen es más bien entrecortada, como sucede siempre que se habla mientras se camina. ¿Qué preocupa a los dos discípulos? Sencillamente lo ocurrido en Jerusalén la tarde del viernes. Y esto es lo que quieren hacer saber al Señor. Ha sido una prueba dura – definitiva – para ellos. Tenían puestas en Jesús tantas esperanzas, tantas expectativas. Y luego, ¿qué? Todo se ha venido abajo con su muerte. Y en este momento, mientras le cuentan esto al Señor, mientras le abren su corazón en una confidencia maravillosa, todavía no se han recobrado de lo que han visto con sus propios ojos y de lo que han vivido con tanta intensidad. De ahí que su afirmación “nosotros esperábamos” les sale de lo más íntimo del alma. “Esperábamos, pero ya no esperamos”, vienen a decirle. Y eso que ellos, al igual que el resto de los apóstoles y de los discípulos, conocían perfectamente bien la promesa de Cristo acerca de su Resurrección al tercer día. Es decir, estos dos discípulos de Emaús tenían una sólida base para alimentar su fe y su esperanza; sin embargo, hablan de Jesucristo como de quien pertenece al pasado y que ya no volverá. Todo en ellos es desencanto, desánimo, añoranza estéril.

Jesús les echa en cara su desidia, y lo hace de forma clara y contundente: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria. Y les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras” (Lc 24, 25). ¿Qué es lo que ha hecho Jesús con ellos? Devolverles la fe, devolverles la esperanza: con paciencia, sin regatear ningún medio. Y ellos, los dos, recuperan la alegría, la paz, la esperanza: “¿No ardía nuestros corazón mientras nos hablaba por el camino, y nos explicaba las Escrituras?” .
Esto que sucedió a aquellos dos discípulos nos sucede a nosotros o, al menos, nos puede suceder. Nos hemos encontrado más de una vez abatidos por el desaliento ante nuestros propios pecados, defectos y limitaciones. O, tal vez, nos hemos sentido desencantados por la marcha de la Iglesia, de la familia o de la sociedad. Las cosas, nuestras cosas, no acaban de salir como habíamos planeado o como pensábamos. Es el momento de dejarnos ayudar por el Señor: abrirnos a Él en la oración, acudir al sacramento de la Reconciliación siempre que haga falta, y buscar en la Sagrada Escritura esa palabra de aliento y de fortaleza que nos haga animosos, alegres, optimistas, positivos. Esa palabra de Dios que nos permita ver las cosas como realmente son, y no quedarnos en la mera apariencia que es lo único que nosotros – por nosotros mismos – podemos penetrar.

Queridos lectores de Pueblo de Dios, os animo a comenzar de nuevo siempre que sea necesario. Los discípulos “levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros” . Nunca debieron apartarse de Pedro y de los Once, pero una vez que lo hicieron, tuvieron la energía suficiente – se la había concedido el Señor – para volver sobre sus pasos, y comenzar de nuevo. Esta es la conversión a que nos llama Jesús, una y otra vez, todas las que hagan falta. Nuestra esperanza no es la del que nunca tropieza y se equivoca: es la de aquellos que, como los dos de Emaús, saben reconocer al Señor y poner en él toda su esperanza.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.