RESUCITAR ¿UTOPÍA O REALIDAD?

gil-hellinMons.  Francisco Gil Hellín      En una ocasión, conversando con un profesor universitario que no tenía fe pero estaba en eso que ahora llaman “en búsqueda”, me hizo esta pregunta: “He leído en algún sitio que Jesucristo no vino a quitar el hambre ni a elevar el nivel cultural de los pueblos ni a establecer un determinado sistema de gobierno. Si no vino para esto, ¿para qué vino?” Mi respuesta fue, más o menos, esta: “Jesucristo vino, sobre todo, para manifestarnos el rostro verdadero de Dios y para que, cuando tú y yo cerremos los ojos a este mundo, no nos muramos sino que nos durmamos para despertar un día y vivir para siempre. ¿Te parece poco?”

Este suceso ha venido a mi memoria debido a que hoy los cristianos de todo el mundo celebramos la Resurrección de Jesucristo. Nosotros, en efecto, no terminamos la Semana Santa el Viernes por la tarde, cuando bajan de la Cruz a Jesús y le dan sepultura. La terminamos al amanecer del domingo, cuando Cristo sale vivo del sepulcro, después de haber quitado a la muerte ser la última palabra. Si siguiéramos a un muerto y a un vencido por sus enemigos, seríamos unos pobres hombres.

Ya lo dijo san Pablo: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana vuestra fe”. La única salida lógica sería esta: “Comamos, bebamos y disfrutemos todo lo que podamos, que vivimos cuatro días”. Sin embargo, san Pablo reacciona con viveza y dice: “Pero no, Jesucristo ha resucitado de entre los muertos”. Más aún, ha resucitado como “primicia de los que duermen”. Que es lo mismo que decir: “Si Cristo ha resucitado, también nosotros resucitaremos”.

Esta creencia se apoya en la roca firme de la transmisión de la fe a través de la cadena de testigos que se inició con los Apóstoles y se ha ido transmitiendo de boca en boca generación tras generación. Las catacumbas de Roma conservan todavía algunos restos gráficos en los que aparece patente la fe en la Resurrección. Además, cuando nació el cristianismo, el mundo grecorromano llamaba “necrópolis” al lugar donde se enterraban a los difuntos. Necrópolis, como todos sabemos significa “ciudad de los muertos”. Los cristianos cambiaron pronto ese nombre por el de cementerio, que significa “dormitorio”. La razón no es otra que su creencia en que el difunto no está muerto de modo definitivo sino transitorio. Y así como despierta cada mañana, también despertará definitivamente la mañana del fin del mundo. Pero con una ventaja, que ese despertar será eterno, para siempre.

Quizás alguno se pregunte: ¿No será la resurrección un invento de los apóstoles, que luego se ha ido transmitiendo como una bola de nieve que se inicia en la cumbre y baja por la pendiente cada vez más acelerada y cada vez más grande?

Durante décadas este fue el argumento de muchos ateos o agnósticos. Pero a estas alturas, ya no se toma en serio la objeción. Para ese “invento” se necesitaba mucho más talento, mucho más valor y mucha más audacia que lo que los Apóstoles tenían. Por otra parte, los primeros enemigos de la resurrección fueron ellos. Baste pensar que, cuando vino la Magdalena anunciándoles que Jesús estaba vivo y que ella lo había encontrado, lo tomaron como “cosas de mujeres”. Fue necesario que ellos mismos le viesen y tocasen y comiesen con él.

Si esto es tan claro, ¿por qué hay mucha gente que no lo admite? Yo no encuentro mejor respuesta que los Evangelios. ¿No vieron los dirigentes del pueblo judío los milagros de Jesús, por ejemplo, que había resucitado a Lázaro y curado al ciego de nacimiento? Sin embargo, le rechazaron y crucificaron. Fue el pueblo sencillo, las almas descomplicadas y humildes, quienes le creyeron y se hicieron discípulos suyos. Es cuestión de fe. Pero estemos atentos, porque la fe llega por el camino de la humildad intelectual, no por el de la soberbia autosuficiente.

+ Francisco Gil Hellín

Arzobispo de Burgos

Mons. Francisco Gil Hellín
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Mons. D. Francisco Gil Hellín nace en La Ñora, Murcia, el 2 de julio de 1940. Realizó sus Estudios de Filosofía y Teología en el Seminario Diocesano de Murcia entre 1957-1964. Obtuvo la Licenciatura en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma entre 1966-1968. Además, estudió Teología Moral en la Pontificia Academia S. Alfonso de Roma entre los años 1969-1970. Es Doctor en Teológía por la Universidad de Navarra en 1975. CARGOS PASTORALES Ejerció de Canónigo Penitenciario en Albacete entre 1972-1975 y en Valencia de 1975-1988. Subsecretario del Pontificio Consejo para la Familia de la Santa Sede de 1985 a 1996. Fue Vicedirector del Instituto de Totana, Murcia entre 1964-1966 y profesor de Teología en la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1975-1985). También en el Istituto Juan PAblo II para EStudios sobre el Matrimonio y Familia (Roma, 1985-1997) y en el Pontificio Ateneo de la Santa Cruz en Roma (1986-1997). Juan Pablo II le nombraría despues Secretario del Dicasterio de 1996 a 2002. Fue nombrado Arzobispo de la Archidiócesis de Burgos el 28 de marzo de 2002, dejando su cargo en la Santa Sede, y llamado a ser miembro del Comité de Presidencia del Pontificio Consejo para la Familia desde entonces. El papa Francisco aceptó su renuncia al gobierno pastoral de la archidiócesis de Burgos el 30 de octubre de 2015, siendo administrador apostólico hasta la toma de posesión de su sucesor, el 28 de noviembre de 2015. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar y de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida desde el año 2002. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Burgos desde 2011 hasta 2015. Además fue miembro de la Comisión Episcopal del Clero de 2002 a 2005.