El mensaje semanal del Obispo de Cuenca

Mons. YanguasMons. José María Yanguas        Queridos diocesanos:

Los últimos números de la Exhortación Apostólica, La alegría del Evangelio (nn. 259-288), que constituyen su quinto y último capítulo, los dedica el Papa Francisco a trazar con rasgos vigorosos el perfil del evangelizador que pide la nueva etapa evangelizadora. La nota distintiva y característica, con la que quiere resumir todas las demás que debe poseer el evangelizador de hoy, es la de ser “evangelizador con Espíritu”.

El Papa hace inmediatamente presente que quien quiera anunciar la Buena Noticia debe ser consciente de que debe de hacerlo “no sólo con palabras, sino sobre todo con una vida que se ha transfigurado en la presencia de Dios” (n 259). Desde el primer momento, el testimonio se descubre como vía privilegiada para la evangelización, para el anuncio y la transmisión de la fe. Sólo el hombre o la mujer que dejan hacer al Espíritu en la propia alma, que se abren a su acción, que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, pueden ser eficaces evangelizadores. Ninguna motivación será suficiente para renovar e impulsar a la Iglesia para que vaya a todas las gentes, si no es el fuego del Espíritu que arde en el corazón del discípulo (cf. n. 261). Como recordáis, fue el Espíritu Santo quien hizo salir a los Apóstoles de sí mismos y los transformó en anunciadores de las maravillas de Dios.

Por eso, la Iglesia y cada uno de los cristianos necesitamos “el pulmón de la oración” como dice Papa Francisco. Lo necesitamos, porque “sin momentos detenidos de oración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga” (n. 262). Si no nos apoyamos en la oración, nuestras acciones corren el peligro de quedarse vacías, de carecer de alma, sin capacidad de atraer a nadie. Una oración que está en la base del compromiso social y misionero que debe, de una parte originarse en ella, y de otra ser su expresión y concreción, pues sin ese compromiso, la oración puede quedar en una forma de intimismo egoísta y perfeccionista.

La experiencia personal, viva, de la salvación de Cristo, de su amor misericordioso por cada uno, lleva a anunciarla a los demás. Sí, con el Papa podemos decir que “nos hace falta clamar cada día, pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial” (n. 264). Es preciso que la verdad y la belleza del Evangelio  nos asombren y vuelvan a cautivar una y otra vez, dándonos la certeza de que con Él “la vida se vuelve mucho más plena” (n. 266). Desde ahí el anuncio del Evangelio resulta una necesidad.

El Papa subraya algo muy importante, a saber, que la tarea evangelizadora se ve sostenida por la convicción de que el corazón humano anhela la luz y la belleza que se refleja en el rostro de Cristo; la convicción de que responde a los deseos más profundos del hombre, de que el Espíritu Santo pone a cada persona como en un estado de espera y de secreto deseo de la salvación que nos trae Jesucristo (cf. n. 265).

El evangelizador debe poseer además el gusto de estar cerca dela gente. “Cercanos a Dios y cercanos a la gente”, como me resumía el Santo Padre en la Visita ad limina lo que quería que trasmitiera a los sacerdotes y seminaristas de la diócesis. Con qué vigor nos recuerda que la misión no puede ser una parte de nuestras vidas, un momento junto a otros, algo de lo que, en fin, podríamos prescindir sin daños mayores. No. “Es algo, dice el Santo Padre, que yo no puedo arrancar de mi ser  si no quiero destruirme. (… ) Para eso estoy en este mundo” (n. 273). No podemos tirar una línea que divida nuestras vidas; de una parte, la tarea misionera; de otra, nuestra vida privada que no se ve afectada por la misión.

 

El evangelizador, por último, tiene la seguridad de que no se pierde nada de su trabajo por los demás, y no pretende resultados llamativos e inmediatos. Es paciente y sabe que Dios actúa también entre resistencias a la gracia, aparentes fracasos, pasos vacilantes, caídas quizás inesperadas. El evangelizador dice siempre con seguridad inconmovible: ¡Sé de quién me he fiado! Como dice Papa Francisco, el evangelizador sólo sabe que debe seguir adelante, que debe darlo todo; sólo sabe que su entrega es necesaria, y deja que sea el Señor “quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca” (n. 279).

+ José María Yanguas

Obispo de Cuenca

Mons. José María Yanguas
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Mons. José María Yanguas Sanz nació el 26 de octubre de 1947 en Alberite de Iregua (La Rioja), diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Siguió los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano y el 19 de junio de 1972 fue ordenado sacerdote en Logroño al servicio de la misma diócesis. En 1971 inició en Pamplona los esutdios de Filosofía y en el 1974 los de Teología en la respectiva Facultad de la Universidad de Navarra, obteniendo en el 1978 el doctorado en Teología y en el 1991 el de Filosofía en la misma universidad. Ha trabajado como Capellán y Profesor de Teología de los esudiantes de diversas Facultades Civiles de la Universidad de Navarra (1972-1978; 1980-1986), Secretario del Departamento de Teología para Universitarios (1976-1978), Capellán militar (1978-1980), Profesor de Teología Dogmática (1976-1981), Profesor de Ética y de Teología Moral (1981-1989), Miembro del Comité de Dirección de la revista Scripta Theologica (1982-1986), Director de Investigación de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y Profesor Asociado de Ética de la Facultad Eclesiástica de Filosofía (1988-1989), Oficial de la Congregación para los Obispos (1989-2005) y Profesor Visitante de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (1990-2005). En Roma ha sido Capellán de las Hermanas de la Sagrada Familia de Spoleto y ha colaborado pastoralmente en la Parroquia de Santa María de la Divina Providencia (1990-2005). El 20 de abril de 2001 fue nombrado Prelado de Honor de Su Santidad. Ha publicado numerosos artículos en las revistas Scripta Teologica y Annales Teologici; en las “Actas de Congresos y Simposios de Teología”, Pamplona, 1985, y Roma, Cittá Nuova Editrice, 1986, 1988. Es autor de los siguientes libros: - Pneumatología de San Basilio. La divinidad del Espíritu Santo y su consustancialidad con el Padre y el Hijo, Eunsa, Pamplona, 1983; - Constitutionis Pastoralis Gaudium et Spes sinopsis histórica: De Ecclesia et vocatione hominis, Pamplona, 1985; - La intención fundamental. El pensamiento de Dietrich von Hildebrand: contribución al estudio de un concepto moral clave, Barcelona, 1994. Además de español habla francés, inglés, italiano y alemán. Nombrado Obispo de Cuenca el 23 de diciembre de 2005, recibió la Ordenación Episcopal y tomó posesión de la Sede de Cuenca, en la Catedral, el 25 de febrero de 2006, de manos del Excmo. y Rvmo. Mons. Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Toledo. Es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la CEE (Conferencia Episcopal Española).