Padeció, murió, fue sepultado y al tercer día resucitó

Mons. Bernardo Alvarez Mons. Bernardo Álvarez       Queridos hermanos y hermanas:

La Semana Santa, que para nosotros los cristianos es la semana más importante del año, nos ofrece la oportunidad de “sumergirnos” en los acontecimientos centrales de nuestra Redención, de revivir el gran Misterio de la fe: el Misterio Pascual de Cristo, es decir, su pasión, muerte y resurrección.

“Sumergirnos” quiere decir no ser meros espectadores, sino contemplar y celebrar, hacer memoria y participar en todo aquello que la comunidad cristiana realiza en estos días. Es, sobre todo, acogernos al amor y la misericordia de Dios que se nos ofrece en la celebración de los sacramentos del perdón y de la eucaristía.

Los acontecimientos que celebramos en la Semana Santa son la manifestación más sublime del amor de Dios por el hombre, creado a su imagen y semejanza. Por eso, son días propicios para volver a despertar en nosotros un deseo más intenso de unirnos a Cristo y seguirle generosamente, conscientes de que nos ha amado hasta dar su vida por nosotros.

La Semana Santa se inicia con el Domingo de Ramos, en el que se recuerda y celebra la entrada de Jesús en Jerusalén, y su momento culminante es el “triduo pascual”, constituido por el Jueves Santo (memorial de la institución de la eucaristía), el Viernes Santo (celebración de la muerte de Cristo en la cruz) y la Vigilia Pascual, en la noche entre el sábado y el domingo (celebración de la resurrección de Cristo).

Todas estas celebraciones que se realizan litúrgicamente en el interior de los templos y que en muchos lugares con gran devoción y recogimiento, se expresan ante el mundo en las procesiones por las calles, lejos de ser el simple recuerdo de unos hechos pasados, revisten plena actualidad, pues el drama de la muerte de Cristo es reflejo del cúmulo de dolor y de males que pesa sobre la humanidad de todo tiempo: el miedo y dolor ante la muerte, el odio y la violencia tan presentes por doquier… La pasión del Señor continúa en los sufrimientos de los hombres. Como decía Pascal, «Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo, no hay que dormir en este tiempo» (Pensamientos, 553).

El Papa Francisco, al comienzo de la Semana Santa de 2013, se hacía eco de esta realidad de sufrimiento en la que se adentró el Hijo de Dios, enviado para salvar el mundo:

«Jesús entra en Jerusalén para morir en la cruz. Y es precisamente aquí donde resplandece su ser rey según Dios: su trono regio es el madero de la cruz […] ¿Por qué la cruz? Porque Jesús toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo, también el nuestro, el de todos nosotros, y lo lava, lo lava con su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios.

Miremos a nuestro alrededor: ¡cuántas heridas inflige el mal a la humanidad! Guerras, violencias, conflictos económicos que se abaten sobre los más débiles, la sed de dinero, que al morir nadie puede llevárselo consigo, lo debe dejar. Amor al dinero, al poder, la corrupción, las divisiones, los crímenes contra la vida humana y contra la creación. Y también –cada uno lo sabe y lo conoce– nuestros pecados personales: las faltas de amor y de respeto a Dios, al prójimo y a toda la creación.

Y Jesús en la cruz siente todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su resurrección. Este es el bien que Jesús nos hace a todos en el trono de la cruz. La cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados».

Los cristianos creemos que, con la fuerza de su amor misericordioso, Cristo crucificado y resucitado ha vencido el pecado y la muerte. Su resurrección nos da la certeza de que, a pesar de toda la oscuridad que hay en el mundo, el mal no tiene la última palabra. Por eso, vivir la Semana Santa implica descubrir qué pecados hay en nuestra vida y arrepentidos buscar el perdón generoso de Dios y, de este modo, librarnos del mal y alcanzar la salvación que Cristo nos ha ganado a todos con su muerte y resurrección. Nuestra vida, y la de los demás, tiene remedio. El mundo tiene remedio. Debemos creer que “podemos ser otros y otras”. Por Cristo, con Él y en Él, es posible, porque Él es la mano que Dios tiende a los pecadores y “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

La Iglesia -desde siempre- pide a los fieles acercarse en estos días de Semana Santa al sacramento de la Penitencia que es como una especie de muerte y de resurrección para cada uno de nosotros. Una “buena confesión” nos ofrece la posibilidad de volver a comenzar nuestra vida, como se suele decir: “borrón y cuenta nueva”. Conscientes de que somos pecadores, pero confiando en la divina misericordia, dejémonos reconciliar por Cristo para experimentar más intensamente la alegría que nos comunica con su resurrección y, renovados por la fuerza de su gracia, poder comprometernos con más valentía y entusiasmo por hacer que nazca un mundo más justo.

Vivir la Semana Santa, es detenernos un poco para reflexionar y pensar en serio sobre nosotros mismos, y sobre nuestra manera de relacionarnos con los demás y de estar en el mundo. Es “hacer un viaje”, no de vacaciones, sino a nuestro interior, para preguntarse en qué se está gastando nuestra vida. Para abrirle el corazón a Dios, que nos busca y sigue esperándonos. Para abrirle el corazón a los hermanos, especialmente a los más necesitados.

Vivir la Semana Santa es centrar la mirada en Cristo y descubrir en Él: el camino que nos lleva hacia Dios nuestro Padre, la verdad que nos hace libres y la vida que nos colma de alegría. Vivir la Semana Santa es afirmar que este Cristo está presente en la eucaristía y recibirlo en la comunión, y es, también, reconocer que Jesucristo está presente en cada ser humano que convive y se cruza con nosotros, y que debemos amarnos unos a otros como Él nos amó.

Todo lo que hacemos en Semana Santa, es una llamada y una gran oportunidad para morir con Cristo y resucitar con Cristo, para morir a nuestro egoísmo y resucitar al amor. Así, por Cristo, con Él y en Él, nos hacemos partícipes de su victoria sobre el mal y podremos andar en una vida nueva.

Celebramos esta Semana Santa con un nuevo ardor y dispongámonos a ponernos al servicio de Jesús. Hagamos propósito de seguir junto a Jesús todos los días del año, escuchando su palabra, practicando la oración, los sacramentos y la caridad con el prójimo. Tratemos de mantenernos con coherencia entre la fe y la vida.

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense

Mons. Bernardo Álvarez
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Nació el 29 de julio de 1949 en Breña Alta (Isla de La Palma). Fue ordenado Sacerdote el 16 de julio de 1976. El 29 de junio de 2005 el Papa Benedicto XVI le nombra Obispo de Tenerife. Recibe la ordenación Episcopal el 4 de septiembre de 2005 en la Catedral de La laguna (Templo de Nuestra Señora de la Concepción) de manos del Nuncio de S. Santidad Mons. Manuel Monteiro de Castro y los Obispos Eméritos de Tenerife Mons. Damián Iguacen Borau y Mons. Felipe Fernández García, así como otros Obispos asistentes. En esta misma fecha toma posesión canónica de la Diócesis Nivariense. ESTUDIOS REALIZADOS: Realizó el Bachiller Elemental y Superior, con sus respectivas Reválidas, en Santa Cruz de La Palma, finalizando en el año 1967. Inició los estudios de Arquitecto Técnico (Aparejador) en 1967 en La Laguna, que abandonó para ingresar en el Seminario Diocesano de Tenerife en octubre de 1969. Realizó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Tenerife, que concluyó en junio de 1976, año en el que también recibió la ordenación sacerdotal de manos del Obispo D. Luis Franco Cascón. En junio 1987, tras el correspondiente examen, recibió el título de Bachiller en Teología por la Facultad de Teología del Norte de España – Sede de Burgos. Posteriormente, estudió de teología en la Universidad Gregoriana de Roma, desde 1992 a 1994, adquiriendo el título de Licenciado en Teología Dogmática. RESPONSABILIDADES: Ha sido párroco en cuatro destinos diferentes durante 11 años (desde octubre de 1976, a octubre de 1987). - Parroquias de Agulo y Hermigua (La Gomera): 1976-1980 - Parroquias de San Isidro y San Pío X (Los Llanos de Aridane-La Palma): 1980-1982 - Parroquias de San Miguel y Ntra. Sra. del Carmen (Tazacorte – La Palma): 1982-1986. - Parroquias de San Fernando Rey y San Martín de Porres (S/C de Tenerife) 1986-1987. - Arcipreste de Ofra: 1986-1987. Director Espiritual en el Seminario Diocesano de Tenerife, desde octubre de 1987 a julio de 1992. Secretario de la Asamblea Diocesana de octubre 1988 a junio 1989. Secretario de la Vicaría de Pastoral de la Diócesis de Tenerife, desde octubre de 1987 a julio de 1992, y desde septiembre de 1994 a mayo de 1999. Delegado Diocesano de Liturgia desde octubre de 1989 a julio de 1992. Desde 1994 a 1999 fue responsable del Departamento de Catequesis de Adultos de la Delegación Diocesana de Catequesis. Durante 10 años dirigió el Boletín Oficial del Obispado: de octubre de 1994 a octubre de 2004. Secretario General del Primer Sínodo Diocesano, desde septiembre de 1995 a mayo de 1999. Vicario General de la Diócesis, desde mayo de 1999. MOns. Bernardo Álvarez Alfonso, Obispo de San Cristóbal de La Laguna fue consagrado en Tenerife, en la Catedral, el 4 de septiembre de 2005 por Mons. Manuel Monteiro de Castro, Arzobispo titular de Beneventum y Nuncio Apostólico en España, asistido por Mons. Felipe Fernández García, Obispo emérito y Administrator Apostólico de San Cristóbal de La Laguna, y por Mons. Damián Iguacen Borau, Obispo emérito de San Cristóbal de La Laguna.