Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Mons. Manuel UreñaMons. Manuel Ureña     La celebración de la liturgia de este domingo nos introduce en la Semana Santa, la semana mayor del calendario cristiano. Dicha liturgia se estructura en dos partes: la memoria de la entrada del Señor en Jerusalén, con la bendición de ramos y palmas, y la procesión; y la Eucaristía siguiente, centrada en la contemplación del Siervo de Jahvé. Este siervo, que es el mismo Cristo, mediante su pasión, muerte en cruz y resurrección gloriosa, expió vicariamente en sí mismo el pecado del hombre e hizo posible que llegaran a ser realidad la reconciliación de los hombres con Dios y la efusión del Espíritu sobre toda carne.

La liturgia de este gran día, del Domingo de Ramos en la pasión del Señor, anticipa la muerte y el triunfo de Cristo, el rey pacífico y humilde que entra en la ciudad de Jerusalén montado en un pollino de asna.

Cristo asciende a Jerusalén para morir por todos los hombres y para resucitar al tercer día. De este modo, el sentido de la subida del Señor Jesús a la Ciudad Santa es inaugurar su Pascua de muerte y de resurrección, sobre la cual se funda la fiesta cristiana, la Pascua de los cristianos. Tanto es así que, para Lucas, el camino de Jesús se describe casi como un único subir en peregrinación desde Galilea hasta Jerusalén. Toda su vida está finalizada y teleologizada intrínsecamente a subir a Jerusalén para entregarse a sí mismo en la cruz, una entrega que sustituye los sacrificios antiguos y supera éstos cualitativamente. Es la subida que la Carta a los Hebreos califica como un ascender, no ya a una tienda hecha por mano de hombre, sino al cielo mismo, es decir, a la presencia de Dios. Pero esta ascensión pasa por la cruz, pues es la subida hacia “el amor hasta el extremo” (cf Jn 13, 1), que es el verdadero monte de Dios.

Y, si esto es así en el plano ontológico-trascendental, en el plano histórico-categorial la meta inmediata de la peregrinación de Jesús es Jerusalén, la Ciudad Santa con su templo y la “Pascua de los judíos”, como la llama Juan (2, 13).

El acontecimiento se dio de esta manera. Jesús se había puesto en camino junto con los Doce, pero poco a poco se fue uniendo a ellos un grupo creciente de peregrinos que se dirigían a Jerusalén para celebrar la gran Pascua. Mateo y Marcos nos dicen que, ya al salir de Jericó, se veía una “gran muchedumbre” que seguía a Jesús (Mt 20, 29; cf Mc 10, 46). En el último tramo del recorrido, se produce un episodio que aumenta la expectación por lo que está a punto de ocurrir, y que pone a Jesús de un modo nuevo en el centro de atención de quienes le acompañan. Se trata de la curación milagrosa, por obra del Señor, de aquel mendigo ciego llamado Bartimeo (cf Mc 10, 47 y ss.). Pues bien, Bartimeo que ya seguía por el camino a Jesús (cf Mc 48, 52), recobrada la vista, se unió a la peregrinación hacia Jerusalén. Y de repente, – advierte con precisión el gran teólogo J. Ratzinger – “el tema David, con su intrínseca esperanza mesiánica, se apoderó de la muchedumbre: este Jesús con el que iban de camino, ¿no será acaso verdaderamente el nuevo David? Con su entrada en la Ciudad Santa, ¿no habrá llegado la hora en que él restablezca el reino de David?”.

Y, de hecho, se advierten muchos detalles y pormenores en la peregrinación que hacen pensar en el tema de la realeza y de sus promesas. Consideremos, por ejemplo, el hecho de que Jesús reivindique el derecho del rey a requisar medios de transporte; como también el hecho de que tal medio de transporte sea, en este caso, un jumento sobre el que nadie había montado todavía. Y, sobre todo, el que se haga alusión en la narración evangélica de la subida a ciertas expresiones del Antiguo Testamento ciertamente referidas a la realeza. Y no aludimos solamente al texto de Gn 49, 10ss, sino particularmente al paso de  Za 9, 9, citado explícitamente por Mateo y Juan para hacer comprender el Domingo de Ramos: “Decid a la hija de Sión: mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila” (Mt 21, 5; cf Za 9, 9; Jn 12, 15). Y el significante de la realeza se muestra de nuevo en el hecho de que los discípulos echen sus mantos encima del borrico y en que se ayude a Jesús a montarlo, lo que señala Lucas 19, 35, así como también en el hecho de las aclamaciones mesiánicas posteriores (cf Mc 11, 9), prorrumpidas a la llegada a Jerusalén.

Ahora bien, aun siendo cierto que Jesús reivindica un derecho regio, pues él es rey, y las promesas del Antiguo Testamento se cumplen en él, lo que sí se excluye radicalmente es una interpretación “zelote” de la realeza. Jesús no se apoya en la violencia, no emprende una insurrección militar contra Roma. Su poder tiene un carácter distinto: reside éste en la pobreza de Dios, en la paz de Dios, que él considera como el único poder salvador y que aflora en la fe de los espíritus más puros que le acompañan.

En resumen, Jesús sube voluntariamente a Jerusalén sabiendo que allí moriría de muerte violenta por voluntad expresa del Padre (Flp 2, 8) (causa eficiente) y, como causa instrumental, por la contradicción de los pecadores (cf Hb 12, 3) (cf CCE 569). Y su entrada en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey Mesías, recibido en su ciudad por los niños y por los humildes de corazón, va a llevar a cabo por medio de la Pascua de su muerte y de su resurrección (cf CCE 570).

También nosotros, como peregrinos, vamos hacia el Señor cada domingo. Y él sale a nuestro encuentro y nos incorpora a su “subida” hacia la cruz y hacia la resurrección, hacia la Jerusalén definitiva que, en la comunión con su cuerpo, ya se está desarrollando en medio de este mundo.

Que la celebración litúrgica de los misterios de Cristo durante la semana mayor de los cristianos nos haga santos. Y que nuestra vivencia de la Semana Santa, también por medio de la piedad popular, llamada espiritualidad popular o mística popular, refleje verdaderamente, como dice el papa Francisco, la sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer (cf EG 123).

Aliento, pues, a nuestras Cofradías y Hermandades de Semana Santa a salir de los templos y a peregrinar por las calles de Zaragoza, bien conscientes sus miembros de que su espiritualidad se descubre y se expresa más por la vía simbólica que por medio de la razón instrumental (EG 124), lo que no obsta para su mérito, su valor y sus contenidos, que son contenidos de fe.

Un saludo cordial al Sr. Obispo de Huesca y de Jaca, Mons. Julián Ruiz Martorell, nuestro pregonero de lujo de este año.

Manuel Ureña Pastor,

Arzobispo de Zaragoza

Mons. Manuel Ureña
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Manuel Ureña Pastor nació en Albaida (Valencia) el 4 de Marzo de 1945. Realizó sus estudios de Enseñanza Primaria en las Escuelas Nacionales de su pueblo natal. En Septiembre de 1959 ingresó en el Seminario Metropolitano de Moncada (Valencia), en donde cursó el Bachillerato Elemental y el Bachillerato Superior, y, posteriormente, el quinquenio de Estudios Eclesiásticos, obteniendo en junio de 1970 el título de Bachiller en Teología. Entre los años 1968 y 1973, cursó Estudios Superiores de Historia y de Geografía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Literaria de Valencia. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca con una tesina sobre “El tema de Dios en el joven Leibnitz”. El 14 de Julio de aquel mismo año, 1973, recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos del entonces Sr. Arzobispo Metropolitano, S.E. Rvdma., Mons. José María García Lahiguera. A partir de septiembre de aquel año ejerce el ministerio sacerdotal, como coadjutor, en la parroquia de Nuestra Señora del Olivar de Alacuás (Valencia) y, al mismo tiempo, imparte clases de Teología pastoral, de Teología Fundamental y de Teología de la fe en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia. En Septiembre de 1976 es enviado a Roma para cursar estudios superiores de Filosofía en la Pontificia Universidad de Santo Tomás. Allí obtendrá en abril de 1984 el grado de Doctor en Filosofía con una Tesis Doctoral sobre el pensamiento del filósofo neomarxista alemán Ernst Bloch titulada: “Ernst Bloch:una interpretación teleológica –inmanente de la realidad” que mereció la máxima calificación académica. En 1980, es nombrado Director del Colegio Mayor "San Juan de Ribera", de Burjasot (Valencia), y profesor de Metafísica y de Historia de la Filosofía Antigua en la Facultad de Teología de Valencia. Durante dos semestres impartiría también las asignaturas de Filosofía de la Religión y de Historia de la Filosofía medieval. En 1987 es nombrado miembro de la Blochsgesellschaft, en la entonces República Federal de Alemania. El 8 de Julio de 1988 el Papa Juan Pablo II lo nombró Obispo de la Diócesis de Ibiza, siendo consagrado el 11 de septiembre de aquel mismo año. Y, desde el 20 de abril de 1990, simultaneó su ministerio episcopal en Ibiza con el de Administrador Apostólico de la Diócesis de Menorca. En Julio de 1991, el Papa Juan Pablo II lo trasladó a la Diócesis, entonces recien creada, de Alcalá de Henares, nombrándolo, al mismo tiempo, Visitador Apostólico de los Seminarios Mayores de las provincias eclesiásticas de Andalucía y Administrador Apostólico de la Diócesis de Ibiza. En 1992, el entonces Presidente de la Conferencia Episcopal Española y Arzobispo de Zaragoza, S. E. Rvdma., Mons. Elías Yanes Álvarez, lo nombró Consiliario Nacional de la Adoración Nocturna Española, cargo que sigue ejerciendo en la actualidad. En Julio de 1998 es nombrado Obispo de la Diócesis de Cartagena, Administrador Apostólico de la diócesis de Alcalá de Henares y Gran Canciller de la Universidad Católica de Murcia. Promovido al Arzobispado de Zaragoza el 2 de abril de 2005, comenzó a ejercer aquí su ministerio de sucesión apostólica el 19 de junio del mismo año, al tiempo que era nombrado Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena y Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. En la Conferencia Episcopal Española ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral Social, de Seminarios y Universidades, y del Comité Episcopal ‘Pro vita’. En la actualidad es miembro de la Comisión Episcopal de para la Doctrina de la Fe. Su investigación filosófica gira en torno al pensamiento marxista y al pensamiento postmoderno. En teología, ha trabajado bastante el pensamiento de los teólogos católicos Karl Rahner y Hans Urs von Balthasar; y, en teología protestante, ha familiarizado mucho con los teólogos protestantes Karl Barth y Dietrich Bonhoeffer. Sus trabajos científicos son ya más de 60. Y su principal publicación es el libro Ernst Bloch, ¿un futuro sin Dios? (BAC MAIOR (Madrid) 1986). Reconocimientos: Hijo Predilecto de Albaida, Medalla de Oro de la ciudad de Murcia, Defensor de Zaragoza 2008, Premio IACOM (Instituto Aragonés de Comunicación). Premio Fundación Carlos Sanz 2010. Caballero de Honor de Ntra. Sra. del Pilar. Encargos pastorales: Miembro de la Comisión de Enseñanza y Catequesis de la Conferencia Episcopal, trienios (1993-1996; 1996-1999; 1999-2002; 2002-2005; 20005-2008; 2008-2011). Miembro de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española (2011-2014). Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. Doctor Honoris Causa por la Universidad Católica San Antonio de Murcia.