¿A quién hablar de Dios?

Mons. Braulio Rodríguez PlazaMons. Braulio Rodríguez      Cada vez es más necesario que los discípulos de Jesús, los hijos de la Iglesia, se sientan más urgidos a llevar el anuncio de Jesucristo, su Evangelio, a los que no creen en Él o están tan lejos de la realidad de la fe que éstos necesitan un nuevo acercamiento y una perspectiva nueva para comprender tamaño regalo de parte de Dios.

Pero aún es más urgente que los que quieran ser evangelizadores vivan la experiencia intensa de saberse alcanzado por Jesucristo y que Él se convierta en el Señor de su vida, el punto de luz que ilumine todo el conjunto de su existencia, de modo que sienta en cada momento de ella que evangelizar es su ser; quien así se experimente no habrá que insistirle en la nueva evangelización. Se las arreglará para buscar pistas, nuevas maneras de acercarse a quien no comparta la fe en Cristo.

Estamos acercándonos a una nueva celebración del Misterio pascual en la Semana Santa, y debería ser ésta una inmersión en el amor de Dios manifestado en Cristo y, en consecuencia, proporcionar nuevas actitudes para llevar a Cristo a las realidades de la vida diaria. La renovación pascual proporciona sin duda nuevos deseos de salir de sí mismo y marchar fuera de nosotros mismos invitando a otros a conocer a Cristo, su Iglesia y la fuerza de su resurrección. Pero hablar ¿a quién? ¿Cómo “hablar de Dios”? No te preocupes tanto de esto: hablar no es solamente hablar de alguien o de algo, también es siempre hablar a alguien. No se trata de hablar (de Dios), sino a quién hablar. Porque las personas no son intercambiables ni se puede despreciar la calidad de la persona a la que dirigirse. Eso no es indiferente, como si fuéramos charlatanes, que midiéramos la cantidad únicamente de personas a las que hablar.

No se le puede hablar del mismo modo, por ejemplo, a un marxista que a un alejado de la fe por un problema concreto, como no se le hablar de la misma manera a un adulto que a un niño. Hablarles de la misma manera a unos y a otros será malhablar. Cuando quiero hablar de algo, puesto que siempre le hablo a alguien, tengo que dejarme afectar por la situación de mi interlocutor. De modo que lo que quiero decir se ve modificado por esta situación. Pretender hablar de Dios sin considerar a quién no es hablar de verdad, sino hincharse de arrogancia y tal vez la evangelización se parece en ese caso al trabajo de una apisonadora. Tenemos que plantearnos, pues, la cuestión de la dirección (¿a quién hablar de Dios?). Tenemos incluso que plantearnos si no convendrá hacerlo en primer lugar a nosotros mismos. Y es que de forma espontánea a la pregunta “¿cómo hablar de Dios hoy?”, suponemos que se trata de hablarles a los demás, como si no fuera conmigo también.

Esta manera de proceder sería figurarnos que podemos hablar de Dios y de Jesucristo sin tener también que escuchar siempre su Palabra. Nos convertiríamos, por ello, en ese “predicador vacío y superfluo de la palabra de Dios que no la escucha en su interior” (san Agustín, Sermón 179, 1). Todo lo cual es muy conveniente tenerlo en cuanta cuando nos dirigimos a jóvenes y adolescentes, tal vez porque esté su mundo más alejado de la manera de vivir nosotros la fe y haya que hacer un esfuerzo mayor para, respetando su persona, les llegue, sin embargo, la fuerza de Cristo resucitado, capaz de llegar al corazón y a los deseos profundos del joven. Son “periferias” a las que ir, diría el Papa Francisco.

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.