La dimensión social de la Evangelización (IV)

Mons. Manuel UreñaMons. Manuel Ureña      Abordamos en la carta pastoral de este cuarto domingo de Cuaresma el examen del penúltimo capítulo de la exhortación apostólica Evangelii gaudium, consagrado al estudio de la dimensión social de la evangelización.

El capítulo se divide en cuatro apartados: las repercusiones comunitarias y sociales del kerigma (EG 177-185); la inclusión social de los pobres (EG 186-216); el bien común y la paz social (EG 217-237); y el diálogo social como contribución a la paz (EG 238-258).

Es muy importante proceder al esclarecimiento de la dimensión social de la evangelización, pues, cuando esta dimensión no aparece debidamente explícitada, se corre el riesgo de desfigurar el sentido auténtico e integral de la misión evangelizadora (cf EG 176).

La persona humana se despliega siempre en tres direcciones u horizontes: el teologal, el social y el individual. Por eso, el Evangelio, que es Cristo mismo y que busca la redención de todo el hombre, no redime sólo la persona individual o la dimensión individual de la persona, sino que redime también las relaciones sociales entre los hombres (EG 178) y la relación del hombre con Dios. La meta a la que apunta el Evangelio es el logro de la comunión del hombre con Dios, consigo mismo y con los demás hombres. Por lo tanto, la dimensión social del ser humano está en el núcleo mismo del Evangelio. ¿No nos recuerda el misterio mismo de la Trinidad que fuimos creados a imagen y semejanza de la comunión divina?

Por tanto, si en virtud de la sociabilidad intrínseca de la naturaleza humana, todo hombre está abierto a los demás, pues necesita de ellos para ser él sí mismo, al tiempo que los demás necesitan de él, para ser ellos también sí mismos, entonces esto significa que la comunión entre los hombres constituye una nota esencial del ser humano. Y esta comunión alcanza la plenitud con el advenimiento del amor, que es el ceñidor de la unidad consumada.

Ahora bien, por nosotros mismos no podemos alcanzar esta meta  a la que tendemos en virtud de la estructura ontológica más intima de la persona y que nos propone el Evangelio. Justo por eso, necesitamos, para llegar a la meta de la comunión, la ayuda del Evangelio mismo, la ayuda de Cristo, quien se hizo hombre por nosotros y compartió nuestro ser asumiendo éste desde dentro, hasta el punto de hacer suyas y expiar en sí mismo las consecuencias de nuestros pecados.

Por consiguiente, si así obró Cristo con nosotros, de la misma manera habremos de obrar nosotros con nuestros hermanos los hombres. Porque “la Palabra de Dios enseña – dice el Papa – que en el hermano está la prolongación permanente de la Encarnación para cada uno de nosotros”. “Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40) (EG 179). Tal texto y otros similares del Nuevo Testamento manifiestan claramente la absoluta prioridad que tiene en la vida cristiana la “salida del ser de uno mismo en dirección al hermano”. De ahí que el servicio de la caridad sea también una dimensión constitutiva de la misión de la Iglesia y una expresión irrenunciable de su propia esencia (EG 179). Dicho con palabras literales del Papa, “así como la Iglesia es misionera por naturaleza, también brota ineludiblemente de esa naturaleza la caridad efectiva con el prójimo, la compasión que comprende, asiste y promueve” (EG 179).

Desde estos presupuestos antropológicos y teológicos aborda Francisco los temas restantes del capítulo IV, a saber, la inclusión social de los pobres; el bien común y la paz social;  y el diálogo social como contribución a la paz.

Por razones de falta de espacio trataré aquí solamente acerca de la inclusión social de los pobres.

Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y la promoción de los pobres, de modo que puedan éstos integrarse plenamente en la sociedad. Esto implica que seamos dóciles y que estemos prestos a escuchar el clamor del pobre y a socorrerlo. Pero si esto es así, entonces  hacer oídos sordos a ese clamor, cuando nosotros somos los instrumentos de Dios para escuchar al pobre, nos sitúa fuera de la voluntad del Padre y de su proyecto (cf EG 187).

¿Qué exigencias tiene escuchar el clamor de los pobres? Nos lo dice claramente Jesús en Mc 6, 37: “¡Dadles vosotros de comer!”, lo cual implica – dice el Papa – tanto la cooperación para resolver las causas estructurales de la pobreza y para promover el desarrollo integral de los pobres, como los gestos más simples y cotidianos de solidaridad ante las miserias muy concretas que encontramos (EG 188).

Así, pues, urge se reconozcan de modo eficaz la función social de la propiedad y el destino universal de los bienes como realidades anteriores a la propiedad privada (EG 189). Urge, en suma, recordar a todo el mundo que el planeta es de toda la humanidad y para toda la humanidad, y que el solo hecho de haber nacido en un lugar con menores recursos o con menor desarrollo no justifica que algunas personas vivan con menor dignidad (EG 190).

Pero hay que ir más allá todavía, apuntar a un sueño más alto (EG 192). No se trata sólo de asegurar a todos la comida o un decoroso sustento. Hay que luchar también para que los pobres tengan prosperidad sin excepción de bien alguno. Y, finalmente, hay que anunciar con insistencia que, para la Iglesia, la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica (cf EG 198). Ellos ocupan un lugar privilegiado en el Pueblo de Dios (EG 197), y tienen mucho que enseñarnos. Por lo cual, es necesario nos dejemos evangelizar por ellos (EG 198).

Manuel Ureña,

Arzobispo de Zaragoza

Mons. Manuel Ureña
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Manuel Ureña Pastor nació en Albaida (Valencia) el 4 de Marzo de 1945. Realizó sus estudios de Enseñanza Primaria en las Escuelas Nacionales de su pueblo natal. En Septiembre de 1959 ingresó en el Seminario Metropolitano de Moncada (Valencia), en donde cursó el Bachillerato Elemental y el Bachillerato Superior, y, posteriormente, el quinquenio de Estudios Eclesiásticos, obteniendo en junio de 1970 el título de Bachiller en Teología. Entre los años 1968 y 1973, cursó Estudios Superiores de Historia y de Geografía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Literaria de Valencia. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca con una tesina sobre “El tema de Dios en el joven Leibnitz”. El 14 de Julio de aquel mismo año, 1973, recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos del entonces Sr. Arzobispo Metropolitano, S.E. Rvdma., Mons. José María García Lahiguera. A partir de septiembre de aquel año ejerce el ministerio sacerdotal, como coadjutor, en la parroquia de Nuestra Señora del Olivar de Alacuás (Valencia) y, al mismo tiempo, imparte clases de Teología pastoral, de Teología Fundamental y de Teología de la fe en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia. En Septiembre de 1976 es enviado a Roma para cursar estudios superiores de Filosofía en la Pontificia Universidad de Santo Tomás. Allí obtendrá en abril de 1984 el grado de Doctor en Filosofía con una Tesis Doctoral sobre el pensamiento del filósofo neomarxista alemán Ernst Bloch titulada: “Ernst Bloch:una interpretación teleológica –inmanente de la realidad” que mereció la máxima calificación académica. En 1980, es nombrado Director del Colegio Mayor "San Juan de Ribera", de Burjasot (Valencia), y profesor de Metafísica y de Historia de la Filosofía Antigua en la Facultad de Teología de Valencia. Durante dos semestres impartiría también las asignaturas de Filosofía de la Religión y de Historia de la Filosofía medieval. En 1987 es nombrado miembro de la Blochsgesellschaft, en la entonces República Federal de Alemania. El 8 de Julio de 1988 el Papa Juan Pablo II lo nombró Obispo de la Diócesis de Ibiza, siendo consagrado el 11 de septiembre de aquel mismo año. Y, desde el 20 de abril de 1990, simultaneó su ministerio episcopal en Ibiza con el de Administrador Apostólico de la Diócesis de Menorca. En Julio de 1991, el Papa Juan Pablo II lo trasladó a la Diócesis, entonces recien creada, de Alcalá de Henares, nombrándolo, al mismo tiempo, Visitador Apostólico de los Seminarios Mayores de las provincias eclesiásticas de Andalucía y Administrador Apostólico de la Diócesis de Ibiza. En 1992, el entonces Presidente de la Conferencia Episcopal Española y Arzobispo de Zaragoza, S. E. Rvdma., Mons. Elías Yanes Álvarez, lo nombró Consiliario Nacional de la Adoración Nocturna Española, cargo que sigue ejerciendo en la actualidad. En Julio de 1998 es nombrado Obispo de la Diócesis de Cartagena, Administrador Apostólico de la diócesis de Alcalá de Henares y Gran Canciller de la Universidad Católica de Murcia. Promovido al Arzobispado de Zaragoza el 2 de abril de 2005, comenzó a ejercer aquí su ministerio de sucesión apostólica el 19 de junio del mismo año, al tiempo que era nombrado Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena y Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. En la Conferencia Episcopal Española ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral Social, de Seminarios y Universidades, y del Comité Episcopal ‘Pro vita’. En la actualidad es miembro de la Comisión Episcopal de para la Doctrina de la Fe. Su investigación filosófica gira en torno al pensamiento marxista y al pensamiento postmoderno. En teología, ha trabajado bastante el pensamiento de los teólogos católicos Karl Rahner y Hans Urs von Balthasar; y, en teología protestante, ha familiarizado mucho con los teólogos protestantes Karl Barth y Dietrich Bonhoeffer. Sus trabajos científicos son ya más de 60. Y su principal publicación es el libro Ernst Bloch, ¿un futuro sin Dios? (BAC MAIOR (Madrid) 1986). Reconocimientos: Hijo Predilecto de Albaida, Medalla de Oro de la ciudad de Murcia, Defensor de Zaragoza 2008, Premio IACOM (Instituto Aragonés de Comunicación). Premio Fundación Carlos Sanz 2010. Caballero de Honor de Ntra. Sra. del Pilar. Encargos pastorales: Miembro de la Comisión de Enseñanza y Catequesis de la Conferencia Episcopal, trienios (1993-1996; 1996-1999; 1999-2002; 2002-2005; 20005-2008; 2008-2011). Miembro de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española (2011-2014). Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. Doctor Honoris Causa por la Universidad Católica San Antonio de Murcia.