24 horas para el Señor

Mons. Demetrio FernándezMons. Demetrio Fernández         Ha sido una iniciativa del papa Francisco para toda la Iglesia: “24 horas para el Señor”, una jornada completa (incluida la noche) de adoración eucarística y de confesiones individuales para esta cuaresma, concretamente en los días 28 y 29 de marzo. En todo el mundo ha sido acogida favorablemente esta iniciativa, también en nuestra diócesis de Córdoba. En distintas parroquias esta iniciativa se concreta en actos de adoración eucarística y en celebraciones penitenciales que preparan para recibir el perdón sacramental.

Vale la pena prepararse para la Pascua, porque en ella celebramos el paso del Señor por nuestra vida. Jesucristo ha pasado de la muerte a la vida, muriendo en la cruz y resucitando glorioso, y quiere hacernos pasar a nosotros por esa transformación. Esta Pascua supone un paso adelante en nuestra vida cristiana, en la identificación con Cristo. Toda la tarea cristiana tiene su iniciativa en Dios, no es una ocurrencia nuestra. Es Dios el que llama y el que nos precede con su gracia, invitándonos a colaborar respondiendo a esa gracia.

Un punto clave de la preparación para la Pascua es la conversión, cambiar de vida, dejar los malos pasos y volver a Dios. Para eso, es necesario entrar en relación con Dios por la oración para constatar que él nos espera siempre y está dispuesto a abrazarnos con misericordia. El sale a nuestro encuentro y nosotros hemos de dedicarle tiempo. Unos Ejercicios Espirituales, un retiro, un tiempo dedicado sólo al Señor. De ahí, esta iniciativa del Papa, “24 horas para el Señor”, para que dejando toda otra ocupación o interés nos pongamos a la escucha de Dios, en la lectura de la Palabra, en la oración silenciosa, en la adoración eucarística.

Y junto a la oración, el sacramento del perdón. Cuando dejamos entrar a Dios en nuestra vida, inmediatamente nos vemos sucios, olvidados de él, injustos con los demás. Y sentimos el dolor de haber actuado así. Nos duele el pecado, que ha ofendido a Dios, nos deja rotos por dentro y nos aleja de los demás. Quién podrá librarnos de esa sensación de culpa, que corresponde a la realidad de nuestras malas acciones. Sólo Dios puede hacerlo. Si se tratara simplemente de un ajuste personal, pondríamos una serie de medios humanos para corregir tales defectos. Pero se trata de corresponder a un amor que nos desborda, el amor misericordioso de Dios. Y lo mejor que podemos hacer es dejarnos querer por Dios, un amor que sana nuestras heridas, perdona nuestros pecados y nos fortalece en nuestros puntos flacos. Y él nos iluminará lo que tenemos que hacer para cambiar de vida.

A la persona humana le cuesta reconocer sus errores y busca justificaciones y excusas por todas partes. Pero ante Dios eso no vale. Ante Dios somos lo que somos, por eso el que no quiere reconocer su debilidad y sus errores, se esconde, como hiciera Adán en el paraíso: “Oí tu ruido… y me escondí” (Gn 3,10). Sin embargo, ante Dios no hemos de tener miedo, porque él no viene a condenarnos, sino a perdonarnos, a ayudarnos a recorrer un camino de salvación. Dios nos ha enviado a su Hijo para que recorra ese camino y sea él mismo nuestro salvador. Es lo que celebramos en la Pascua: el Hijo hecho hombre asume el peso de nuestros pecados en la cruz, paga por nosotros la deuda de nuestras fechorías, y resucita glorioso del sepulcro, vencedor de la muerte, inaugurando una vida nueva para él y para nosotros.

En cuaresma –y en todo tiempo- se nos invita a volver a Dios, y al encontrarnos con Él, constataremos que Él nos estaba esperando con la mesa puesta. Cerrados en nosotros mismos, nos parece imposible salir de nuestras miserias. Entrando en el corazón de Dios, nos sentimos ensanchados, porque Él no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.

“24 horas para el Señor” es un ejercicio de cuaresma, que consiste principalmente en volver a Dios, entrar en la órbita de su amor misericordioso, dejarse querer por él y ablandado nuestro corazón, confesar nuestros pecados, sabiendo que él siempre nos perdona, nos renueva y nos impulsa a seguir por el camino del bien.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández,

Obispo de Córdoba

Mons. Demetrio Fernández
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Nació el 15 de febrero de 1950 en Puente del Arzobispo (Toledo) en el seno de una familia cristiana. Sintió la llamada de Dios al sacerdocio en edad temprana. Estudió en los Seminarios de Talavera de la Reina (Toledo), Toledo y Palencia. Es maestro de Enseñanza Primaria (1969). Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Estudios de Derecho Canónico en Roma y Salamanca. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: “Cristocentrismo de Juan Pablo II”. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1974 en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo. Profesor de Cristología y Soteriología en el Seminario de Toledo (1980-2005); Consiliario diocesano de MAC -Mujeres de Acción Católica- y de “Manos Unidas” (1983-1996); Vicerrector y Rector del Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos (1983-1992); Pro-Vicario General (1992-1996); Delegado Episcopal para la Vida Consagrada (1996-1998); Párroco de “Santo Tomé”, de Toledo (1996-2004). Nombrado Obispo de Tarazona el 9 de diciembre de 2004, recibió la ordenación episcopal el 9 de enero de 2005 en el Monasterio de Veruela-Tarazona. El día 18 de febrero de 2010 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Córdoba. Inició su ministerio episcopal en la Sede de Osio el día 20 de marzo de 2010.