“24 horas para el Señor”: La importancia de recibir el perdón de Dios

Mons. Carlos EscribanoMons. Carlos Escribano      Cuando tengáis la oportunidad de leer estas líneas, habrá concluido la Iniciativa propuesta por con el Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización, llamada: “Un día para el Señor”. Se trata de que un día, en este tiempo de gracia que es la Cuaresma, se dedique en las diócesis de todo el mundo a cuidar y facilitar la recepción por parte de los fieles del Sacramento de la Reconciliación. Es una iniciativa avalada por el Papa Francisco y que se realizará también en Roma, los días 28 y 29 de Marzo. El acto central será una celebración penitencial en la Basílica de San Pedro y que será presidida por el Papa. La idea, que se propone por primera vez en esta Cuaresma, se quiere que se siga celebrando en años sucesivos.

En el fondo se trata de recuperar en la vida cristiana la importancia del Sacramento de la Reconciliación como concreción de nuestro camino de conversión y de cercanía al Señor. El Papa Francisco hacía una preciosa catequesis el pasado 19 de Febrero hablando de la importancia de este sacramento: “El Sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación – nosotros lo llamamos también de la Confesión – brota directamente del misterio pascual. En efecto, la misma tarde de Pascua el Señor se apareció a los discípulos, encerrados en el cenáculo, y luego de haberles dirigido el saludo “¡Paz a vosotros!”, sopló sobre ellos y les dijo: “Los pecados serán perdonados a los que vosotros se los perdonéis” (Jn. 20,21-23). Este pasaje nos revela la dinámica más profunda que está contenida en este Sacramento. Sobre todo, el hecho que el perdón de nuestros pecados no es algo que podemos darnos nosotros mismos: yo no puedo decir: “Yo me perdono los pecados”; el perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos perdón a Jesús. El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino es un regalo, es don del Espíritu Santo, que nos colma de la abundancia de la misericordia y la gracia que brota incesantemente del corazón abierto del Cristo crucificado y resucitado”.

Este gran regalo lo recibimos en el seno de la Iglesia: “En efecto, es la comunidad cristiana el lugar en el cual se hace presente el Espíritu, el cual renueva los corazones en el amor de Dios y hace de todos los hermanos una sola cosa, en Cristo Jesús. He aquí por qué no basta pedir perdón al Señor en la propia mente y en el propio corazón, sino que es necesario confesar humildemente y confiadamente los propios pecados al ministro de la Iglesia”. Y añade el Papa: “Alguno puede decir: “Yo me confieso solamente con Dios”. Sí, tú puedes decir a Dios: “Perdóname”, y decirle tus pecados. Pero nuestros pecados son también contra nuestros hermanos, contra la Iglesia y por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia y a los hermanos, en la persona del sacerdote. “Pero, padre, ¡me da vergüenza!”. También la vergüenza es buena, es ‘salud’ tener un poco de vergüenza.(…) La vergüenza también nos hace bien, nos hace más humildes. Y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios, perdona. También desde el punto de vista humano, para desahogarse, es bueno hablar con el hermano y decirle al sacerdote estas cosas, que pesan tanto en mi corazón: uno siente que se desahoga ante Dios, con la Iglesia y con el hermano. Por eso, no tengan miedo de la Confesión. Uno, cuando está en la fila para confesarse siente todas estas cosas – también la vergüenza – pero luego, cuando termina la confesión sale libre, grande, bello, perdonado, blanco, feliz. Y esto es lo hermoso de la Confesión”.

Os animo, queridos amigos, a vivir este tiempo de Cuaresma con espíritu de conversión y a recibir el sacramento de la reconciliación. A lo largo de estas semanas, hasta la Semana Santa, habrá celebraciones penitenciales en los pueblos y ciudades de nuestra diócesis. En concreto en la capital, las parroquias han preparado un completo calendario de celebraciones penitenciales, que pueden facilitar el que nos acerquemos a recibir ese abrazo afectuoso del Padre que nos envuelve en su infinita misericordia.

+ Carlos Escribano Subías,
Obispo de Teruel y de Albarracín

Mons. Carlos Escribano Subías
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Monseñor Carlos Manuel Escribano Subías nació el 15 de agosto de 1964 en Carballo (La Coruña), donde residían sus padres por motivos de trabajo. Su infancia y juventud transcurrieron en Monzón (Huesca). Diplomado en Ciencias Empresariales, trabajó varios años en empresas de Monzón. Más tarde fue seminarista de la diócesis de Lérida -a la que perteneció Monzón hasta 1995-, y fue enviado por su obispo al Seminario Internacional Bidasoa (Pamplona). Posteriormente, obtuvo la Licenciatura en Teología Moral en la Universidad Gregoriana de Roma (1996). Ordenado sacerdote en Zaragoza el 14 de julio de 1996 por monseñor Elías Yanes, ha desempeñado su ministerio en las parroquias de Santa Engracia (como vicario parroquial, 1996-2000, y como párroco, 2008-2010) y del Sagrado Corazón de Jesús (2000-2008), en dicha ciudad. En la diócesis de Zaragoza ha ejercido de arcipreste del arciprestazgo de Santa Engracia (1998-2005) y Vicario Episcopal de la Vicaría I (2005-2010). Como tal ha sido miembro de los Consejos Pastoral y Presbiteral Diocesanos. Además, ha sido Consiliario del Movimiento Familiar Cristiano (2003-2010), de la Delegación Episcopal de Familia y Vida (2006-2010) y de la Asociación Católica de Propagandistas (2007-2010). Ha impartido clases de Teología Moral en el Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón desde el año 2005 y conferencias sobre Pastoral Familiar en diferentes lugares de España. Finalmente, ha formado parte del Patronato de la Universidad San Jorge (2006-2008) y de la Fundación San Valero (2008-2010). Benedicto XVI le nombró obispo de Teruel y de Albarracín el 20 de julio de 2010, sucediendo a monseñor José Manuel Lorca Planes, nombrado Obispo de Cartagena en julio de 2009. Ordenado como Obispo de Teruel y de Albarracín el 26 de septiembre de 2010 en la S. I. Catedral de Teruel.