Amor obediente

Mons. Atilano RodríguezMons. Atilano Rodríguez       La Palabra de Dios, entre otras cosas, nos ayuda a descubrir el infinito amor de Dios hacia cada uno de los seres creados. El amor misericordioso e incondicional de Dios a cada ser humano es el centro del Evangelio. Y este amor se concreta y se revela de un modo especial en los misterios del nacimiento, muerte y  resurrección de Jesucristo.

Cuando contemplamos el misterio de la encarnación, descubrimos cómo en la plenitud de los tiempos el Padre envía a su Hijo al mundo para llevar a cabo la salvación de la humanidad. María, la llena de gracia, será la mujer elegida para que el Hijo de Dios se haga carne en sus entrañas y para que pueda compartir en todo nuestra condición humana menos en el pecado. De este modo, al hacerse hombre el Hijo de Dios en las entrañas purísimas de María, hemos conocido el amor que Dios nos tiene.

Jesucristo, no sólo en el momento de la encarnación, sino a lo largo de toda su vida encarna y revela el amor del Padre. De este modo podrá decir: “Como el Padre me amó, así os he amado yo”. Este amor, que llegará a plenitud en la pasión y muerte de cruz, Jesús lo concreta a lo largo de su vida en la cercanía a los enfermos, pecadores y marginados de la sociedad. Jesús vive para anunciar y dar testimonio de un Dios que es ternura, comprensión y amor. Este Dios, anunciado por Él, ama a todos los hombres, buenos y malos, justos y pecadores. Sobre todos hace salir el sol y envía la lluvia.

Partiendo de estos comportamientos y sentimientos de Jesucristo, podemos afirmar que toda su existencia es un acto de obediencia amorosa a la voluntad del Padre. Pero no es una obediencia ciega a un Dios déspota, violento y cruel, como algunos se han atrevido a afirmar.  El Hijo de Dios, que desde toda la eternidad permanece en el amor del Padre, al encarnarse y asumir la forma de siervo, vive aquel amor como obediencia y como donación total a su Padre y a los hombres.

Esto nos ayuda a entender que  Jesucristo vive su obediencia a la voluntad del Padre, no como un extraño ni como alguien que acepta ciegamente una orden impuesta desde fuera,  sino porque ama al Padre con amor infinito y porque se sabe amado por Él con este mismo amor. La obediencia de Jesucristo está fundada en el amor y en la perfecta comunión de voluntades entre Él y el Padre.

Cuando los cristianos nos preguntamos por nuestro amor a Dios y a los hermanos, no deberíamos olvidar nunca que este amor pasa siempre por el conocimiento y la experiencia del amor de Dios, puesto que Él nos ha amado primero. Si no existe este conocimiento interior de los sentimientos, actitudes y comportamientos de Jesucristo, no podremos entender nunca el amor de Dios y, consecuentemente, corremos el riesgo de ver la religión, las prácticas religiosas y el seguimiento de Jesucristo como una imposición o como un conjunto de normas y mandatos en vez de contemplar la vida cristiana como la respuesta amorosa a quien nos ha amado y nos ama primero a nosotros a pesar de nuestra indignidad y de nuestros pecados.

Con mi bendición, feliz día del Señor.

+Atilano Rodríguez

Obispo de Sigüenza-Guadalajara

Mons. Atilano Rodríguez
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Mons. D. Atilano Rodríguez nació en Trascastro (Asturias) el 25 de octubre de 1946. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Oviedo y cursó la licenciatura en Teología dogmática en la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue ordenado sacerdote el 15 de agosto de 1970. El 26 de febrero de 2003 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo, sede de la que tomó posesión el 6 de abril de este mismo año. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostado Seglar y Consiliario Nacional de Acción Católica desde el año 2002. Nombrado obispo de Sigüenza-Guadalajara el día 2 de febrero de 2011, toma posesión de su nueva diócesis el día 2 de abril en la Catedral de Sigüenza.