Fiesta de la Anunciación: Jornada por la vida

Mons. Carlos EscribanoMons. Carlos Escribano       La fiesta de la Anunciación, que este año irrumpe dentro del camino cuaresmal, nos hace mirar con especial ternura a Santa María, la Madre de Dios, en un momento cumbre para su historia personal y para la historia de todos los hombres. Ante la propuesta que Dios le hace, la liturgia de este día nos invita a descubrir los sentimientos que se suscitan en el corazón agradecido de una madre que descubre, en su maternidad, una oportunidad excelente de llevar a término el Plan de Dios.

En primer lugar, María experimentó un sentimiento de profunda alegría; una alegría que le hace exclamar: “se alegra mi Espíritu en Dios, mi Salvador, porque Dios ha mirado la pequeñez de su esclava” (Lc 1, 47-48) Esta alegría brotaba, en último término también, de sentirse amada por Dios; de saber que Dios iba a realizar en ella el milagro de la vida de su Hijo y -a pesar de su juventud y humildad- Dios iba a realizar en ella obras grandes. Un segundo sentimiento fue el de la gratitud: María sabe que lo que se va a realizar en ella no es mérito suyo sino que es don y gracia de Dios; por eso dirá: “el Poderoso ha hecho obras grandes en mí” (Lc 1, 49). La Virgen experimenta una profunda gratitud porque Dios la ha bendecido con el don de la maternidad. Ella, gracias a la acción de Dios en su vida, va a ser Madre ¡y Madre de Dios!

Los sentimientos que se suscitan en María, los habéis experimentado también muchas familias que habéis tenido la maravillosa oportunidad de acoger el don de una nueva vida. Estoy seguro de que los padres y madres de familia, y especialmente los matrimonios cristianos, sentisteis una profunda alegría al saber que ibais a ser padres por primera vez o que ibais a serlo de nuevo. Un hijo es para un matrimonio siempre un motivo de alegría porque es siempre una bendición de Dios; porque es el fruto de vuestro amor; porque es quien, además, va a dar sentido a todos vuestros esfuerzos y sacrificios. Otro sentimiento que aflora espontáneamente en todos y cada uno de los padres y esposos, es el de la gratitud. Un hijo es siempre un regalo, nunca un derecho; por eso cuando una familia cristiana se siente bendecida con la llegada de un hijo debe agradecer al Señor el que les haya bendecido de esta forma. Por ello os animo a compartir con los demás lo mucho que valoráis la vida de vuestros hijos nacidos y de los que están por nacer. Hay que dar gracias a Dios que os ha bendecido como familia con vuestros hijos; gracias a ese Dios que os llena de alegría y os hace sentiros privilegiados y dichosos. Ese sentimiento y ese deseo de compartirlo con otros, se convierte en un magnífico signo de esperanza para nuestra sociedad.

En el contexto de esta gozosa experiencia, la Iglesia nos anima a mantener la atención sobre el valor y la dignidad de la vida humana desde la concepción y hasta su fin natural. Los obispos de la Subcomisión de Familia y Vida de la Conferencia Episcopal recordamos que “queremos instar a reflexionar sobre la experiencia vital en la que todos percibimos la vida como signo de esperanza; sabiendo que en los momentos difíciles dicha esperanza se oscurece y que necesitamos de la ayuda de otros para recuperarla y fortalecerla. La Encarnación del Hijo de Dios enaltece la dignidad de la vida humana. Es Jesucristo quien re vela al hombre el misterio del hombre. La Iglesia es la madre que a todos acoge con entrañas de misericordia y nos anuncia a Jesucristo, el Evangelio de la Vida”. (Nota de los Obispos ante la Jornada de la Vida 2014).

Os animo a vivir con gozo esta fiesta de Anunciación, de la mano de María, y a rezar por el don de la vida humana y porque esta sea siempre respetada.

+ Carlos Escribano Subías,
Obispo de Teruel y de Albarracín

Mons. Carlos Escribano Subías
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Monseñor Carlos Manuel Escribano Subías nació el 15 de agosto de 1964 en Carballo (La Coruña), donde residían sus padres por motivos de trabajo. Su infancia y juventud transcurrieron en Monzón (Huesca). Diplomado en Ciencias Empresariales, trabajó varios años en empresas de Monzón. Más tarde fue seminarista de la diócesis de Lérida -a la que perteneció Monzón hasta 1995-, y fue enviado por su obispo al Seminario Internacional Bidasoa (Pamplona). Posteriormente, obtuvo la Licenciatura en Teología Moral en la Universidad Gregoriana de Roma (1996). Ordenado sacerdote en Zaragoza el 14 de julio de 1996 por monseñor Elías Yanes, ha desempeñado su ministerio en las parroquias de Santa Engracia (como vicario parroquial, 1996-2000, y como párroco, 2008-2010) y del Sagrado Corazón de Jesús (2000-2008), en dicha ciudad. En la diócesis de Zaragoza ha ejercido de arcipreste del arciprestazgo de Santa Engracia (1998-2005) y Vicario Episcopal de la Vicaría I (2005-2010). Como tal ha sido miembro de los Consejos Pastoral y Presbiteral Diocesanos. Además, ha sido Consiliario del Movimiento Familiar Cristiano (2003-2010), de la Delegación Episcopal de Familia y Vida (2006-2010) y de la Asociación Católica de Propagandistas (2007-2010). Ha impartido clases de Teología Moral en el Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón desde el año 2005 y conferencias sobre Pastoral Familiar en diferentes lugares de España. Finalmente, ha formado parte del Patronato de la Universidad San Jorge (2006-2008) y de la Fundación San Valero (2008-2010). Benedicto XVI le nombró obispo de Teruel y de Albarracín el 20 de julio de 2010, sucediendo a monseñor José Manuel Lorca Planes, nombrado Obispo de Cartagena en julio de 2009. Ordenado como Obispo de Teruel y de Albarracín el 26 de septiembre de 2010 en la S. I. Catedral de Teruel.