La parábola del buen samaritano nos ayuda a vivir el Año de la Caridad

Mons. Manuel Sánchez MongeMons. Manuel Sánchez Monge      La evangelización en el mundo actual exige nuevo ardor y renovados métodos. Pero tengamos en cuenta que evangelizar no es sólo cuestión de palabras; es acompañar las palabras con los hechos. Por esto debemos descubrir métodos más incisivos para hacer presente el amor de Dios entre los pobres de nuestro tiempo. Ya nos advertía el papa Juan Pablo II: “Es la hora de una nueva ‘imaginación de la caridad’, que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno”. Para eso hemos convocado el Año de la Caridad en nuestra diócesis de Mondoñedo-Ferrol.

El ejercicio de la caridad de cada uno y de nuestras comunidades debe nacer de la escucha de la voz de Dios en los últimos, de contemplar la faz del Señor en los rostros doloridos de los pobres. No se trata de seguir nuestras personales intuiciones y mucho menos de imponer a los pobres nuestros servicios y limosnas. Los cristianos vivimos el servicio a los pobres como un ejercicio de docilidad, de obediencia y de colaboración con el Espíritu Santo, a quien legítimamente se le proclama en la Iglesia ‘padre de los pobres’. Dejándonos interpelar por el Espíritu intentamos descubrir en los gritos de los pobres, cómo el Señor quiere ser servido.

Para que los pobres se sientan en la Iglesia como en su propia casa, debemos seguir las huellas del Señor que se convirtió en el buen Samaritano de la humanidad. De lo contrario, nuestro ejercicio de la caridad siempre será humillante para quien lo recibe.

La Iglesia no excluye a nadie de su amor porque el amor de Dios Padre llega a todos. No se detiene ante diferencias culturales, sociales y aun religiosas. Si ama con preferencia a los más débiles y vulnerables, es para que su abrazo materno alcance a todos. No estamos ante una ideología, sino ante una opción de fe, amor y esperanza. Benedicto XVI lo recordaba con palabras sugerentes: “La Iglesia es la familia de Dios en el mundo. En esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario. Pero al mismo tiempo la caritasagapé supera los confines de la Iglesia; la parábola del buen Samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado ‘casualmente’ (Cf, Lc 10,31), quien quiera que sea”.

La dignidad del pobre exige de nosotros un trabajo incansable para que la sociedad no los relegue a la periferia, para que también los excluidos recuperen el sentido auténtico de la libertad responsable en la marcha de la historia. La Iglesia lleva a cabo su misión en el mundo convocando a ricos y a pobres a la reconciliación fraterna, a trabajar juntos en la edificación de una sociedad más justa donde cada uno reciba lo necesario para desarrollar su vocación divina. El compromiso del amor por los pobres, a diferencia de la acción alentada por una ideología parcial, renueva a la Iglesia en su fe, unidad y misión evangelizadora. El ejercicio de la caridad, realizado en esta óptica, se convierte en confesión de fe. El discípulo siente la alegría y el honor de ser llamado a servir a los pobres tras las huellas de Aquel que lavó los pies de los suyos para darles parte en su herencia. La fe operante por la caridad forma parte de la espiritualidad cristiana. La Iglesia es consciente de ofrecer un verdadero culto al Señor cuando lo sirve con fe y amor en los débiles e insignificantes de nuestro mundo.

En realidad el buen samaritano es Jesús mismo. Él cura nuestras heridas con el aceite del consuelo y el vino de la alegría. Ahora bien, una vez que el Señor ha desparecido visiblemente de entre nosotros, es la Iglesia la que ha de ser buena samaritana al estilo de Jesús. Todos los bautizados hemos de hacer lo mismo que hizo el Señor y comportarnos como buenos samaritanos en el mundo de los pobres, marginados, excluidos, la gente que pasa hambre en el mundo, los enfermos, etc… Os escribo esta carta a todos los diocesanos con la intención de ayudaros a vivir con más conciencia su preciosa vocación.

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+ Manuel Sánchez Monge

Obispo de Mondoñedo-Ferrol

Mons. Manuel Sánchez Monge
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Mons. Manuel Sánchez Monge nació en Fuentes de Nava, provincia de Palencia, el 18 de abril de 1947. Ingresó en el Seminario Menor y realizó luego los estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor Diocesano. Cursó Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde obtuvo en 1974 la Licenciatura, con una tesina sobre la infalibilidad del Papa y ,en 1998, el Doctorado con una tesis sobre "La familia, Iglesia doméstica". Fue ordenado sacerdote en Palencia el 9 de agosto de 1970. Fue Profesor de Teología en el Instituto Teológico del Seminario de Palencia (1975), Vicario General de Palencia (1999) y Canónigo de la Catedral (2003). Fue ordenado obispo de Mondoñedo-Ferrol el 23 de julio de 2005. En la Conferencia Episcopal Miembro de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada desde 2005 Desde 2008 es miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar