¿Sacerdote? Sí, gracias.

Mons. Juan José OmellaMons.  Juan José Omella       ¿Se han preguntado ustedes por qué no aparece nunca entre la lista de posibles trabajos, vocaciones o servicios a la sociedad, no aparece el de “ser sacerdote”? A los chavales los colegios les ofrecen, a veces, una lista de posibles estudios y trabajos a realizar cuando sean mayores, ¿aparece en esa lista del “ser sacerdote”?

Tampoco aparece el ser bandolero, terrorista, ácrata, vago, etc., ¿será que al sacerdote se le percibe como un paria, como un pobre hombre que no ha sabido qué hacer con su vida y se ha metido a cura?

Me da pena que a nuestros niños y jóvenes se les ofrezca la sugerencia de ser buzos, intérpretes, exploradores, arqueólogos, fotógrafos, barberos, hidráulicos, taxistas, granaderos, guardias de tráfico, financieros, mecánicos…, pero no sacerdotes.

El sacerdote dedica su vida a servir a los demás, se entrega a vivir y enseñar los grandes valores que nos constituyen como seres humanos, nos enseña a relacionarnos con Dios, Padre de todos, a trabajar por los más pobres y sencillos, a anunciar el hermoso mensaje que trajo Jesús al mundo y que nos ha liberado de tantas esclavitudes, sufrimientos y guerras.

Ser sacerdote es una gran gozada porque gastarse y desgastarse por los demás produce una gran felicidad y porque conocer a Dios, tratar con Él en amistad y enseñarlo a los demás, da una alegría inmensa que no se puede describir.

Le preguntaron a D. José Luis Aranguren qué esperaba de los sacerdotes y esto fue lo que respondió: “¿Qué esperamos del sacerdote, si no ciframos nuestras esperanzas en que resuelva los problemas sociales, en que se nos convierta en camarada, novelista católico o existencialista cristiano ni, en fin, en su pragmatismo y su dinamismo religioso?
 La respuesta es muy sencilla: esperamos que sea santo (aunque nunca llegue a ser elevado a los altares) y que, siéndolo, nos ayude a serlo también nosotros. O, cuando menos, a ser menos pecadores. Para ser santo, es decir, verdaderamente de Dios, tendrá que ser verdadero y veraz, «opportune et importune» . (Lo que no es sinónimo de ser revolucionario). Y tendrá que hablar de Dios con conocimiento y amor, es decir, tendrá que ser teólogo. (Aunque no llegue a escribir nunca tratados de teología.)
 Santidad y apostolado, teología y no-conformismo: he aquí lo que, creo yo, esperamos del sacerdote siempre y hoy”.

Sí, ser sacerdote es responder a la llamada del Señor (“ven y sígueme”) y siguiendo a Cristo encontramos a los hermanos, a los que el sacerdote quiere servir con toda generosidad y entrega. Su servicio está dirigido a todos, pero de manera especial a los más pobres y sencillos. Y pobres son los que carecen de todo, hasta incluso del reconocimiento de su dignidad, y los que no conocen a Dios y su mensaje. Viviendo en esa entrega a Dios y a los hermanos se encuentra una alegría desbordante, imposible de describir.

Deseo de todo corazón que muchos se atrevan a elegir ese camino y descubran la verdad de lo que testimoniamos los sacerdotes que en estamos en el mundo, a pesar de nuestros fallos y pecados. Sí, ser sacerdote vale la pena y es una vocación, un trabajo, tan hermoso y digno como los demás. Gracias, queridos sacerdotes, por vuestro trabajo a tiempo y a destiempo. Que Dios os colme de bendiciones y de paz.

Con todo mi afecto,

+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.