LA ALEGRÍA DE ANUNCIAR EL EVANGELIO – Ante el “Día del Seminario”

Mons. Julian LópezMons. Julián López    Queridos diocesanos:

Hay una escena narrada en el Evangelio según San Lucas que me ha venido espontáneamente a la memoria al conocer el lema del Día del Seminario de este año y que titula esta breve carta pastoral. Me refiero al ensayo misionero de los discípulos, cuando el Señor envió a otros setenta y dos y los mandó de dos de dos a los pueblos donde pensaba ir él para que fueran preparando el ambiente. La experiencia resultó tan positiva que los enviados volvieron muy contentos diciendo: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre” (Lc 10, 17). Jesús tuvo que advertirles que el motivo de su alegría no era el sometimiento de los demonios sino el que los nombres de los discípulos estaban inscritos en el cielo. Pero él se alegró también y exclamó: “Te doy gracias, Padre,… porque ha escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños” (10, 21). Aquella alegría consistió en la experiencia de participar en el anuncio del evangelio a los pequeños, a los sencillos, a los pobres y humildes. El éxito de aquel ensayo de predicación evangelizadora fue obra del Padre celestial que actúa en los enviados y a la vez abre los corazones de los oyentes para que acojan el mensaje. La alegría que embargaba a los discípulos de Jesús y que contagió al mismo Señor es la señal que acompaña el anuncio del evangelio.

Nos lo ha recordado el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica titulada precisamente “La alegría del Evangelio”. En efecto, “la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (n. 1; cf. nn. 2; 4; etc.). Ya lo advertía el siervo de Dios Pablo VI en 1975: “Ojalá el mundo actual pueda recibir así la buena nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo” (Exhort. Apost. “Evangelii nuntiandi”, 80).

Ministros del Evangelio somos los obispos, presbíteros y diáconos, los catequistas, los profesores de religión, los misioneros, todos los consagrados y fieles laicos que sienten dentro de sí la vocación de anunciar a Jesucristo y trasmitir su mensaje. No obstante, el “Día del Seminario” centra nuestra atención en los presbíteros y en quienes se preparan para serlo. ¿Hace falta recordar que nos estamos quedando sin estos ministros del Evangelio porque no hay vocaciones suficientes? Seis seminaristas en el Seminario de San Froilán y veinte en el Seminario misionero Redemptoris Mater “Virgen del Camino” no pueden asegurar la presencia pastoral en las zonas rurales no sólo de la montaña sino tampoco en la llanura. Necesitamos corazones generosos, alegres, tocados por la voz del Buen Pastor que quiere enviarlos como mensajeros de la buena noticia del Evangelio.

Un ejemplo del estilo de los nuevos evangelizadores y pastores que necesita nuestra Iglesia nos lo está ofreciendo cada día el Papa Francisco. En días pasados durante la visita ad limina, D.m., he podido verle muy de cerca y percibir la alegría que irradia y trasmite. Su mirada afable y su sonrisa abierta comunican un especie de vibración interior irresistible que contagia bondad, confianza y, sobre todo, el gozo y la ternura del Evangelio de Jesucristo que es, no lo olvidemos, mensaje de alegría y de esperanza. Con mi cordial saludo y bendición:

+ Julián López,

Obispo de León

Mons. Julián López
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Mons. D. Julián López Martín nace en Toro (Zamora) el 21 de abril de l945. Estudió en el Seminario Diocesano de Zamora y en el P. Instituto de San Anselmo de Roma, donde obtuvo el doctorado en Teología Litúrgica en 1975, como alumno del P. Colegio Español y del Centro Español de Estudios Eclesiásticos anexo a la Iglesia Nacional Española de Roma. Recibió la ordenación sacerdotal en Zamora el 30 de junio de 1.968. CARGOS PASTORALES Fue coadjutor de Villarín de Campos y cura ecónomo de Otero de Sariegos (1968-1970), coadjutor de la parroquia de Cristo Rey en Zamora (1973-1989) y, desde 1978, canónigo Prefecto de Sagrada Liturgia de la Catedral de Zamora y delegado diocesano de Pastoral Litúrgica, miembro del Consejo Presbiteral y del Colegio de Consultores desde 1984. Ha sido también consiliario diocesano del Movimiento Familiar Cristiano (1976-1986) y consiliario de la Zona Noroeste de este Movimiento (1980-1983). Profesor de Religión en el Instituto "Claudio Moyano" (1975-1976) y en la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado en Zamora (1981-1983). Ha sido director del Centro Teológico Diocesano "San Ildefonso" y de la Cátedra "Juan Pablo II" (1984-1992); delegado diocesano para el IV Centenario de la Muerte de Santa Teresa de Jesús (1980-1982); Año de la Redención (1983-1984); Año Mariano Universal (1987-1988); V Centenario (1992) y Congreso Eucarístico de Sevilla (1993). Profesor de Liturgia y Sacramentos de la Universidad Pontificia de Salamanca (1975-1981 y 1988-1994), ha sido también Presidente de la Asociación Española de Profesores de Liturgia (1992-1995), habiendo impartido clases en las Facultades de Teología de Burgos (1977-1988) y de Barcelona (1984-1989). El 15 de julio de 1994 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo por el Papa Juan Pablo II, tomando posesión el 25 de agosto del mismo año. Cargo que desempeñó hasta su nombramiento como Obispo de León el día 19 de marzo de 2002, tomando posesión el 28 de abril. El 6 de julio de 2010 Benedicto XVI le nombró miembro de la congregación para el Culto Divino de la Santa Sede. En la CEE ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis de 1996 a 1999. De 1993 a 2002 formó parte de la Comisión de Liturgia y desde 2002 a 2011 fue Presidente de dicha Comisión. Desde 2011 es miembro de ella