“La alegría de anunciar el Evangelio”

Mons. Bernardo AlvarezMons. Bernardo Álvarez     Queridos diocesanos:

La celebración anual del “Día del Seminario”, en esta ocasión el 15 y 16 de marzo, nos invita a poner la atención en esta institución diocesana en la que se forman los futuros sacerdotes que han servir al pueblo de Dios en las parroquias y otros ámbitos de la misión de la Iglesia como los hospitales, servicios de Cáritas, centros educativos, tanatorios, los centros penitenciarios, etc.

Poner nuestra atención en el Seminario diocesano es valorar su tarea y apoyarlo con la oración y la ayuda económica. Hay Seminario porque hay seminaristas, es decir, adolescentes y jóvenes que sintiendo la llamada de Dios al sacerdocio dan un paso adelante y deciden ponerse a punto para vivir “conforme a la vocación a la que han sido llamados”.

Lo primero es la iniciativa de Dios que elige a las personas, por eso hemos de orar para que los jóvenes cristianos se abran a la llamada de Dios, le respondan con generosidad y encentren apoyo en su familia y en la comunidad cristiana. El Seminario está al servicio de la vocación al sacerdocio y, dada su misión formativa, necesita medios materiales para el mantenimiento del edificio, la estancia de los seminaristas, el profesorado y los demás medios educativos. De los frutos que produce el Seminario se beneficia la Diócesis entera, por eso, todos debemos participar en la promoción de las vocaciones y en la tarea de la formación de los sacerdotes.

Este año, teniendo como referencia la sencillez y alegría del Papa Francisco, así como su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, el lema elegido es“La alegría de anunciar el Evangelio”, es decir, que “alegría” y “evangelio” son dos realidades que van juntas y se alimentan mutuamente: el Evangelio nos produce alegría y, a su vez, esta alegría nos impulsa a evangelizar. Por eso, la vocación sacerdotal, que nace del Evangelio y para su anuncio, está directamente relacionada con la alegría y el deseo de ser feliz que anida en el corazón de cada uno. Sentir la vocación sacerdotal y responder a ella colma el corazón de alegría (gozo y paz interior, satisfacción, dicha y contento). Esa es la señal de que se está en el buen camino.

El anhelo de ser feliz está arraigado en lo más profundo del corazón humano. La felicidad se experimenta como una necesidad fundamental. Entre los elementos que configuran “una vida feliz”, la alegría ocupa un lugar preeminente. “La persona humana está hecha para la alegría, no se puede vivir largo tiempo sin alegría” (Aristóteles). La alegría es un bien del que todos debemos disfrutar constantemente, debe ser una cualidad permanente de nuestra vida. “Estad siempre alegres” nos dice San Pablo.

Por otra parte, la alegría posee un dinamismo vital que activa las actitudes y comportamientos más nobles del ser humano. «La alegría de vivir es el más grande poder cósmico”, decía Theilhard de Chardin. Y el propio Beethoven, en el cuarto movimiento de su Novena Sinfonía, proclama los excelentes frutos que produce la alegría: “¡Alegría!,… Tu hechizo vuelve a unir lo que el mundo había separado, todos los hombres se vuelven hermanos allí donde se posa tu ala suave”.

Sin embargo, experimentar la alegría constituye un desafío en la sociedad moderna. A pesar de todas las posibilidades de “bien-estar” que se nos ofrecen, no es fácil encontrar la alegría profunda y duradera. De hecho se ha convertido en un bien escaso. Vivimos en un mundo lacerado por profundas divisiones y rupturas, donde la abundancia de rostros sombríos son elocuente testimonio de la profunda tristeza que marca la vida de muchos. La falta de alegría es señal de enfermedad, de que algo no va bien en la vida de la persona.

El Papa Pablo VI, en un documento dedicado a la alegría, “Gaudete in Domino” (Alegraos en el Señor), hacía notar que “La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría. Porque la alegría tienen otro origen. Es espiritual. El dinero, el confort, la higiene, la seguridad material no faltan con frecuencia; sin embargo, el tedio, la aflicción, la tristeza forman parte, por desgracia, de la vida de muchos”. La alegría puramente mundana es superficial, transitoria, vacía e incapaz de colmar de verdadero gozo el corazón humano. Y no puede ser de otra manera, pues está fundada en aspiraciones de poder, de tener y de placer, las cuales apartan al ser humano de lo más profundo de sí mismo y del recto sentido de su vida y, por tanto, de su plena realización personal.

“Estar siempre alegres” no es algo que surge por casualidad, ni es un puro sentimiento sensible, ni puede estar supeditado a “eventos placenteros” que vendrán o no. “Estar siempre alegres” supone una tarea, un ponerse manos a la obra para buscar, elegir y realizar aquello que realmente produce alegría. No se trata del entusiasmo pasajero, sino del gozo íntimo y profundo que, más allá de las circunstancias, nos acompaña en nuestro camino y nos permite estar siempre alegres, incluso en los momentos difíciles. La alegría no se impone desde fuera sino que brota de dentro, de un alma que, consciente de la propia trascendencia, se deja iluminar por los valores espirituales y los convierte en el faro que guía su existencia.

Para la fe cristiana, ese faro es Jesucristo. Para nosotros, Él es “la causa” de la plena alegría de los hombres. Por eso, San Pablo no dice simplemente “estad siempre alegres”, sino “estad siempre alegres en el Señor”. Cristo es la alegría del mundo y, consecuentemente, la alegría cristiana nace de la opción fundamental por el Señor Jesús, es fruto de una experiencia de fe en Él y de comunión con Aquel que es “el Camino que nos conduce al Padre, la Verdad que nos hace libres y la Vida que nos colma de alegría (Cf. Jn 14,6 y Plegaria Eucarística 5/b).

Es muy difícil que una persona se encuentre con Cristo, experimente la salvación y descubra el amor de Dios, sin que su vida pase de la tristeza y el sin sentido al gozo pleno de descubrir la belleza de ser hijo de Dios. Diría que es imposible. Por eso, “para que nuestra alegría sea completa”, quienes hemos recibido esta experiencia como un don inmerecido, no podemos dejar de anunciarlo a los demás. Nos «arde en los huesos» el deseo de que todas las personas puedan disfrutar la grandeza de la Misericordia y del Amor de Dios que nosotros hemos conocido, creído y experimentado. Ese anuncio, lleno de coraje apostólico, de parresía y ardor interior, nace de la alegría que produce el Evangelio, se realiza con alegría y tiene como objeto el bien y la alegría del prójimo. Por naturaleza, los evangelizadores son «discípulos alegres» del Señor.

Para muchos de nuestros seminaristas, de ayer y de hoy, para la mayoría de los sacerdotes, el medio a través del que descubrieron el misterio de su vocación fue el testimonio de un sacerdote que vivía su ministerio con alegría y entusiasmo. La mejor campaña vocacional posible es el testimonio verdadero y gozoso de los sacerdotes. Gozo y alegría sostenida fielmente a pesar de las durezas del camino. Hermanos sacerdotes, supliquemos a Cristo, el Señor, el gozo pleno y verdadero de servirle en su presencia.

Queridos jóvenes diocesanos, especialmente aquellos que ya están confirmados o se preparan para la Confirmación: Todos somos conscientes de las dificultades que tienen para vivir fielmente el Evangelio. Pero, merece la pena conocer a Cristo y seguirlo. Él les necesita para amar al mundo y salvarlo de la profunda desesperanza y tristeza por la cual atraviesan muchos hombres y mujeres de hoy. Hacen falta sacerdotes, mensajeros de la paz y la alegría que nos da el Evangelio. No dejes de preguntar, ¿Señor que quieres que haga? ¿No estará pidiéndote un compromiso de mayor entrega y servicio a los demás? Pido a Dios por cada uno de ustedes para que conozcan y sigan la vocación a la que Dios les llama.

Queridos seminaristas: Hemos de ser muy humildes; si han sentido la llamada de Cristo y están en el Seminario no es por mérito propio. La iniciativa ha sido de Dios. La obra de la salvación es obra de Dios. Es una alegría sentirnos invitados a reproducir con nuestro ministerio, en medio de la gente, las palabras y la obra de Cristo. Mostrad a todos que, al ser llamados por Dios, “el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. Es precisamente ese gozo interior en la respuesta lo que nos empuja a anunciarle. “Estad siempre alegres en el Señor”.

La Diócesis debe mirar siempre al Seminario con esperanza y alegría. Cada fiel cristiano laico, consagrado o sacerdote, debe sentir el gozo de contemplar cómo Dios nos sigue amando en cada vocación al ministerio que se forma en el Seminario. Debemos apoyarlos con nuestro compromiso, con nuestra oración, con nuestra ayuda económica; porque Dios nos sigue manifestando su fidelidad a través del testimonio alegre de jóvenes que, obedientes a la voz de Dios, dejándolo todo, han comprometido su existencia en el seguimiento de Cristo. Una vocación sacerdotal es un tesoro. Es una semilla de la alegría del Evangelio que entre todos debemos cultivar para que produzca fruto abundante.

Dios les bendiga y les conceda gustar la alegría del Evangelio,

Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense

 

 

 

 

Mons. Bernardo Álvarez
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Nació el 29 de julio de 1949 en Breña Alta (Isla de La Palma). Fue ordenado Sacerdote el 16 de julio de 1976. El 29 de junio de 2005 el Papa Benedicto XVI le nombra Obispo de Tenerife. Recibe la ordenación Episcopal el 4 de septiembre de 2005 en la Catedral de La laguna (Templo de Nuestra Señora de la Concepción) de manos del Nuncio de S. Santidad Mons. Manuel Monteiro de Castro y los Obispos Eméritos de Tenerife Mons. Damián Iguacen Borau y Mons. Felipe Fernández García, así como otros Obispos asistentes. En esta misma fecha toma posesión canónica de la Diócesis Nivariense. ESTUDIOS REALIZADOS: Realizó el Bachiller Elemental y Superior, con sus respectivas Reválidas, en Santa Cruz de La Palma, finalizando en el año 1967. Inició los estudios de Arquitecto Técnico (Aparejador) en 1967 en La Laguna, que abandonó para ingresar en el Seminario Diocesano de Tenerife en octubre de 1969. Realizó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Tenerife, que concluyó en junio de 1976, año en el que también recibió la ordenación sacerdotal de manos del Obispo D. Luis Franco Cascón. En junio 1987, tras el correspondiente examen, recibió el título de Bachiller en Teología por la Facultad de Teología del Norte de España – Sede de Burgos. Posteriormente, estudió de teología en la Universidad Gregoriana de Roma, desde 1992 a 1994, adquiriendo el título de Licenciado en Teología Dogmática. RESPONSABILIDADES: Ha sido párroco en cuatro destinos diferentes durante 11 años (desde octubre de 1976, a octubre de 1987). - Parroquias de Agulo y Hermigua (La Gomera): 1976-1980 - Parroquias de San Isidro y San Pío X (Los Llanos de Aridane-La Palma): 1980-1982 - Parroquias de San Miguel y Ntra. Sra. del Carmen (Tazacorte – La Palma): 1982-1986. - Parroquias de San Fernando Rey y San Martín de Porres (S/C de Tenerife) 1986-1987. - Arcipreste de Ofra: 1986-1987. Director Espiritual en el Seminario Diocesano de Tenerife, desde octubre de 1987 a julio de 1992. Secretario de la Asamblea Diocesana de octubre 1988 a junio 1989. Secretario de la Vicaría de Pastoral de la Diócesis de Tenerife, desde octubre de 1987 a julio de 1992, y desde septiembre de 1994 a mayo de 1999. Delegado Diocesano de Liturgia desde octubre de 1989 a julio de 1992. Desde 1994 a 1999 fue responsable del Departamento de Catequesis de Adultos de la Delegación Diocesana de Catequesis. Durante 10 años dirigió el Boletín Oficial del Obispado: de octubre de 1994 a octubre de 2004. Secretario General del Primer Sínodo Diocesano, desde septiembre de 1995 a mayo de 1999. Vicario General de la Diócesis, desde mayo de 1999. MOns. Bernardo Álvarez Alfonso, Obispo de San Cristóbal de La Laguna fue consagrado en Tenerife, en la Catedral, el 4 de septiembre de 2005 por Mons. Manuel Monteiro de Castro, Arzobispo titular de Beneventum y Nuncio Apostólico en España, asistido por Mons. Felipe Fernández García, Obispo emérito y Administrator Apostólico de San Cristóbal de La Laguna, y por Mons. Damián Iguacen Borau, Obispo emérito de San Cristóbal de La Laguna.