Ejercicios de la Cuaresma

Mons. Braulio Rodríguez PlazaMons. Braulio Rodríguez      Hermanos míos, empezamos el gran viaje de la Cuaresma, que culminará, tras celebrar un año más el Triduo Pascual, en Pentecostés. Es el tiempo litúrgico más importante de la Iglesia. La limosna, la oración, el ayuno, las grandes obras del tiempo cuaresmal son puestas de relieve por la Iglesia para la renovación pascual. Nuestro ayuno, sin embargo, tendrá hambre y tendrá sed si no se nutre de bondad y de ternura, si no se sacia de misericordia. Nuestro ayuno tendrá frío, nuestro ayuno fallará, si la cabeza de la limosna no lo cubre, si el vestido de la compasión no lo envuelve.

En nuestra programación diocesana, nuestra Iglesia celebrará el día 8 de marzo en la tarde un vía crucis especial por las calles de Toledo y, terminado éste, tendrá lugar el sacramento del perdón, la penitencia con confesión individual en la Catedral. Queremos expresar de este modo nuestra petición de perdón a Dios nuestro Padre; también nuestra solidaridad en el pecado y el arrepentimiento, tras haber seguido a Cristo en su vía crucis, en su agonía, porque, mientras haya pecado, esta agonía perdurará hasta el fin del mundo, porque Él está presente en el que sufre, en el pobre y desalentado. Es el ejemplo de Jesús, su persona que nos ama lo que hace de notros penitentes y nos invita en nuestro camino personal y comunitario de conversión. Así nos lo dice el Papa Francisco en su Mensaje para esta Cuaresma, “Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriquecernos con su pobreza” (2Cor 8, 9). Son palabras que el Apóstol dirige a sus cristianos para invitarles a socorrer con su limosna a los cristianos de la Iglesia Madre de Jerusalén, que pasan una pobreza severa. “Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo”, afirma san Pablo de los cristianos de Corinto. ¿Conocemos nosotros esta gracia?

Se trata de imitar el estilo de Dios en Cristo: Él no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza; se acercó a cada uno de nosotros “vaciándose” para ser semejante a nosotros. Es un deseo de proximidad, de generosidad, de darse. “La caridad, dice el Papa, el amor es compartir en todo la suerte del amado; porque el amor hace semejantes”. “Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ¡El amor de Cristo no es eso! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente necesitada de perdón… y cargar con el peso de nuestros pecados”.

Parece paradójico que sea la pobreza de Jesús la que nos enriquezca. Pero es la lógica de Dios, la lógica de la Encarnación de Cristo. Ese es su modo de amarnos, como el buen samaritano. La pobreza de Cristo consiste, dice el Santo Padre, en que se hizo carne; también en su confianza ilimitada en Dios Padre. Él es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama. Este es el secreto de Jesús: El Padre os ama. Tal vez piense alguno que ahora nosotros podemos salvar al mundo con nuestros “adecuados” medios humanos, de manera que sutilmente pensemos que tenemos que cambiar de táctica y buscar una planificación mejor: económica, de organización. El Papa afirma rotundamente: “Dios sigue salvando a los hombres y salvando al mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en la Iglesia, que es un pueblo de pobres”.

El mensaje del Papa merece volver sobre él en otra ocasión en esta Cuaresma. Así lo haremos. Al iniciar, pues, este tiempo de preparación a la Pascua, no pensemos únicamente en hacer unos ejercicios piadosos necesarios (vía crucis, lectura de la pasión de Cristo, ayuno el miércoles de Ceniza o el Viernes Santo o abstinencia los viernes cuaresmales); pongamos nuestra mirada en Cristo que sufre en nuestros hermanos; en Cristo que es el modelo de cómo hemos de vivir este tiempo santo. Abramos nuestro corazón a la generosidad. Pidamos al Señor hambre de su Palabra, de su amor por el Padre y por la humanidad; vivamos la liturgia de la Iglesia, tan rica en este tiempo, como si fuera la primera vez; tengamos un tiempo mayor para la oración y la conversión en retiros, ejercicios espirituales, charlas cuaresmales; desechemos el pecado, en nuestro y el de todos los cristianos, con la confesión en el sacramento de la Penitencia. Sintamos que caminamos juntos hasta el monte de la Pascua, para llegar a gozar de la libertad y de la alegría de la fe.

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.