No es fácil resistirse a la tentación de…

Mons. Ciriaco BenaventeMons. Ciriaco Benavente      En esta Europa nuestra parece haberse instalado lo que se ha llamado “la cultura de la satisfacción”. Cuando el goce sin límites, el delirio de la fiesta o el éxito a toda costa cotizan al alta ¿tiene sentido todavía la Cuaresma? ¿Se puede seguir confiando y poniendo el sentido de la vida en un crucificado? ¿Se puede seguir hablando de tentaciones y pecados?

Pero la tentación la experimenta todo hombre: “Unos en grado tan profundo que ni siquiera la descubren porque no saben en qué abismo están sumidos o porque nunca han sabido a qué cimas están llamados, ni de qué riquezas quedan privados. Quien dice que no padece tentaciones es que no ha traspasado el umbral del instinto; no se ha reconocido como sujeto de una libertad, ni destinatario de una misión; no ha conocido a Dios” (G. de Cardedal).

La liturgia del primer domingo de cuaresma nos presenta las tentaciones de Jesús en el desierto. El evangelista, con una finalidad catequística y en una narración ordenada, ha concentrado en tres las tentaciones de Jesús. Van directas al corazón de la misión de Jesús. Se sitúan, como las tentaciones de Israel, en el desierto, ese lugar en que el hombre, por no haber escapatorias y distracciones, tiene que enfrentarse consigo mismo, con su verdad más honda, con su identidad y su misión.

Las tentaciones seguramente le acompañaron a Jesús a lo largo de todo su ministerio, hasta la cruz. Debieron de manifestarse con una fuerza especial en los momentos en que se endurecía contra él la oposición y se hacía tan dura su misión que pareciera estar abocada al fracaso.

El Tentador, apelando a la condición de Hijo de Dios y a su poder mesiánico, le sugiere la posibilidad de salir de la menesterosidad del hambre y la sed, de tomar un camino que le haría más fácil su tarea y más exitosa su sagrada misión. Imaginemos a Jesús, en medio de un pueblo hambriento, convirtiendo las piedras en pan o lanzándose desde el pináculo del templo y descendiendo mansamente a la vista del pueblo y de los sumos sacerdotes. Todos habrían caído rendidos a sus pies, todo habría sido como un desfile triunfal. Pero Jesús lo rechaza apelando a la palabra de Dios.

De haber secundado las propuesta del Tentador, vendiendo su alma al diablo, habríamos visto lo que se puede lograr con la armas del poder, pero ¿nos habría revelado el amor del Dios compasivo y misericordioso, que no humilla al hombre desde arriba, sino que lo levanta desde abajo? Sólo redime el que comparte y compadece con la persona amada. Sólo el amor posibilita alcanzar una libertad liberada.

En el diálogo que el Gran Inquisidor de la novela de Dostoievski mantiene con Jesús durante la noche, en un calabozo de Sevilla, donde éste ha sido encerrado, se encuentra una muy sugerente interpretación sicológica de las tentaciones. El Gran Inquisidor le recrimina a Jesús que no hiciera caso al Tentador; pues éste sí que conocía bien a los hombres y, por eso, sabía manejarlos con tanta eficacia. Los hombres, le viene a decir, aunque parecen buscarla, a nada temen tanto como a la libertad; están dispuestos sacrificarla por un poco de pan, de placer, de poder, de éxito o de seguridad. Tú, en cambio, le sigue diciendo, ofrecías una libertad tan exquisita que así acabaste, sin poder y sin éxito, en el estrepitoso fracaso de la cruz.

Las épocas de grande mutaciones culturales suelen ser épocas propicias para que al creyente y a la Iglesia le salten sutiles tentaciones sobre su identidad y su misión. No es fácil, en el contexto cultural actual, resistirse a la tentación de la plausibilidad, de lo fácil, de lo que se lleva o se nos vende, sobre todo cuando lleva la marca de progresía.

A las tentaciones de Jesús, salvadas las distancias, ha de enfrentarse la Iglesia en cada nuevo recodo de la historia. Y a ellas tiene que enfrentarse cada cristiano hoy. Un buen momento de discernimiento puede ser esta Cuaresma.

La Iglesia nos sigue invitando al desierto de la cuarentena como lugar de purificación y de encuentro. Allí empezó Jesús a librar su batalla a solas, sin seguridades en que apoyarse, desgastado por el hambre y por la sed, sostenido sólo por la Palabra de Dios.

Y junto al desierto, recordemos los otros signos cuaresmales: el ayuno, la oración y la limosna. A algunos pueden resultarle anacrónicos, pero habrá que descubrir su significado hoy. En alguna ocasión me he permitido algunas sugerencias: ¿No estaría bien ayunar para empezar a vivir la comunicación de bienes con los que ayunan forzosamente cada día? ¿No estaría bien hacer abstinencia de algunas horas de televisión para mirar a los ojos a los de casa, para comunicarnos más en familia , para comentar juntos un libro o una película, para hacer un rato de oración, para constatar que no es lo mismo la realidad que la publicidad; para acompañar a quienes están solos? ¿No estaría bien reservar en Cuaresma un rato para la oración, para descubrir a Dios como alguien, no como algo, para escuchar a nuestro corazón?

+ Ciriaco Benavente Mateos

Obispo de Albacete

 

Mons. Ciriaco Benavente Mateos
Acerca de Mons. Ciriaco Benavente Mateos 200 Articles
Mons. D. Ciriaco Benavente Mateos nació el 3 de enero de 1943 en Malpartida de Plasencia, provincia de Cáceres y diócesis de Plasencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Plasencia y fue ordenado sacerdote el 4 de junio de 1966. Es Graduado Social por la Universidad de Salamanca (1971). Comenzó su ministerio sacerdotal en el pueblo salmantino de Béjar, donde fue coadjutor, de 1966 a 1972, y luego párroco, de 1973 a 1979, de la Parroquia de San Juan Bautista. Desde 1979 a 1982 fue Rector del Seminario de Plasencia y Delegado Diocesano del Clero entre 1982 y 1990. Este último año fue nombrado Vicario General de la diócesis, cargo que desempeñó hasta su nombramiento episcopal. El 22 de marzo de 1992 fue ordenado Obispo en Coria. Obispo de la diócesis de Coria-Cáceres hasta diciembre de 2006. En la Conferencia Episcopal Española ha sido Presidente de la Comisión Episcopal de Migraciones desde 1999 hasta 2005. En la Conferencia Episcopal Española en la actualidad es miembro de las Comisiones Episcopales de Migraciones y de Pastoral Social. Con fecha 16 de octubre de 2006 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Albacete, tomando posesión de la sede el día 16 de diciembre de 2006.