“El afan de poder y de tener no conoce límites”

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella    Esta afirmación pertenece al capítulo que el Papa Francisco dedica a los “Desafíos en el mundo actual”, en su Exhortación Apostólica “Evangelii gaudium”, que vengo comentando. Realmente son palabras duras, pero muy certeras.

Comienza el Papa hablando del gran giro que está padeciendo la humanidad, giro que el Papa califica de “histórico”, en el que han surgido avances positivos a favor del bienestar social, pero que con todo y con ello la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo vive de manera precaria el día a día. Se da la paradoja de que “en países considerados ricos el miedo y la desesperación también se han apoderado del corazón de numerosas personas”.

Describe el Papa esta situación – de sombras y luces – con las siguientes afirmaciones que nos pueden ayudar para una reflexión eficaz, tanto personal como comunitaria:

– “no es de recibo que la muerte por frío de un anciano en plena calle no sea noticia, y sí lo sea la caída de dos puntos de la Bolsa”.
– “la cultura del bienestar nos anestesia”.
– “el afán de poder y de tener no conoce límites”.
– no compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida”.
– “el dinero debe servir y no gobernar”.

El Papa se enfrenta valientemente con la cultura dominante que se basa en el egoísmo, en lo inmediato y exterior, en lo rápido y superficial, cultura que sostienen los países más desarrollados económicamente, pero ya envejecidos y faltos de la savia de la ética, porque han dado la espalda a su origen y a su ADN cristianos. Se ha extendido por el mundo la gran mancha del indiferentismo que ha conseguido sumirnos a todos en una enorme superficialidad a la hora de plantear y resolver las grandes cuestiones morales.

¿Qué institución social se ha visto más perjudicada con el nuevo giro cultural? LA FAMILIA. “Esta atraviesa una crisis cultural profunda. El matrimonio tiende a ser visto como una mera forma de gratificación afectiva, cuando la realidad es que su aporte a la sociedad supera el nivel de emotividad. Hay que recordar que El matrimonio no procede de un sentimiento amoroso efímero, sino de una unión de vida total” (pag 56).

Realmente esta consideración papal no tiene desperdicio. Por una parte, estamos saturados de todo tipo de información que, sin embargo, no amuebla nuestra cabeza y no nos hace fuertes para vivir una vida coherente y de acuerdo con nuestra condición de criaturas de Dios. Por otra parte, aquellos y aquellas que por su formación, por su posición social, y por los dones recibidos de Dios, tendrían que ser modelo y paradigma de lo que es una vida según los planes de Dios, se muestran también superficiales y faltos de la condición evangélica de ser levadura en la masa. Su vida es “gris”, aferrada a las meras seguridades económicas que brinda el estado de bienestar, sin el arrojo de dejarlo todo para apoyarse solamente en la gracia de Dios.

Contra ese pragmatismo anodino y paralizante, el Papa nos pide que “no nos dejemos robar la alegría evangelizadora”. Nos invita, y nos urge, a no dejarnos invadir por esa sicología de derrota tan propia de las personas pesimistas, lamentadoras, desencantadas “con cara de vinagre”, y son palabras del Papa. “Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo” (pag 69).

Ante los nuevos desafíos que afectan a las personas y a la sociedad, el Papa nos la mejor receta mejor, que es la de siempre: “pedir al Señor que nos haga entender la ley del amor. ¡Qué bueno es tener la ley del amor! Cuánto bien nos hace el amarnos los unos a los otros”. Hagamos nuestra esta invitación del Papa.
Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.