Francisco Maya Maya: “Estamos en un cambio de época que requiere una Iglesia audaz”

Plasencia Francisco Maya Maya“Una Iglesia audaz, con rostro alegre y misericordioso” es el título de la conferencia, dentro del programa diocesano de formación para el clero de la diócesis de Plasencia, que llevó a cabo Francisco Maya, párroco de Nuestra Señora de Guadalupe en la archidiócesis de Mérida-Badajoz y profesor de Teología en el Instituto de Ciencias Religiosas Nuestra Señora de Guadalupe. La revita diocesana Iglesia en Palencia le entrevista.

–¿Por qué “Una Iglesia audaz, con rostro alegre y misericordioso” como título de su conferencia?

–Porque estamos en un cambio de época, que requiere una Iglesia audaz, dispuesta a salir a los nuevos escenarios en los que nos encontramos, ya que como expone el Papa Francisco en Evangelii Gaudium hay que “abandonar el cómodo criterio pastoral del siempre se ha hecho así” (n. 33). Hemos de salir con el rostro alegre de los que se han encontrado con un gran tesoro, que les lleva a expandir y transmitir la vida que llevan por dentro, superando la sospecha, la desconfianza y el temor a ser invadidos ( EG 88). La misericordia y la acogida han de ser nuestros distintivos, porque la Iglesia ha de ser sacramento del amor misericordioso del Padre Dios.

Se necesita una renovación eclesial, para que la iglesia sea hogar acogedor, iglesia cercana que viva en comunión con la gente; una iglesia que sepa dialogar y tener empatía con el hombre y la mujer de hoy; una iglesia de los pobres y de la misericordia; una iglesia corresponsable y participativa; una alegre y festiva. Se trata no de una ONG más, sino de la Iglesia de Cristo, la Iglesia Pueblo de Dios, iglesia peregrinante, en éxodo, que trasmite con alegría la Buena Noticia de Jesús.

 –¿Por qué es necesario que todos seamos misioneros?

–Porque en el bautismo todos los miembros del Pueblo de Dios hemos sido ungidos para anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios. Todos los bautizados hemos de ser discípulos misioneros (Mt 18, 19). Y en estos tiempos, los laicos han de tener un protagonismo especial, porque son ellos los que deben estar presentes en los diferentes ambientes, haciendo que el mundo sea cada día más Reino de Dios. Por eso, todos debemos convertirnos a la misión, cada cual deberá hacerlo desde el ministerio y el carisma que posea en la comunidad.

–¿Cómo se debe llevar a cabo la misión y a quién hay que dirigirse?

–Creo que la misión se ha de hacer con frescura evangélica, con amor, sin condena alguna, y desde la cercanía. Hay que dar a conocer al Dios Amor de Jesús, un Dios que quiere y desea nuestra felicidad, nos acompaña maternalmente en el dolor, da sentido a nuestro vivir, y posee un proyecto, un sueño, de fraternidad para toda la humanidad. Estamos en unos tiempos en los que hemos de acentuar lo esencial (EG 35), no poniendo tanto énfasis en normas o doctrinas, que sin dejar de ser importantes, no llegan a manifestar el corazón de Jesucristo.

La misión está dirigida a todos los hombres y mujeres, pero hoy hemos de ir a aquellos hermanos que no conocen a Jesucristo, o bien, viven con indiferencia ante él. Queremos invitarles a que conozcan al Dios amigo de la vida. Por eso, hemos de hacer una pastoral de la propuesta, una pastoral nueva y creativa. Y hemos de cuidar de modo especial, haciendo una opción clara por ellos, a los más pobres, a los que son excluidos o viven sufriendo en la vida. No puede entenderse una evangelización que no cuide a los más frágiles, hemos de desarrollar la dimensión social del Evangelio. Tenemos que estar con los pobres y luchar contra la pobreza. 

–¿Qué papel desempeñan los sacerdotes en esta misión?

–Los sacerdotes han de desempeñar esta misión al estilo del Buen Pastor, saliendo para buscar a los hermanos que ya no están con nosotros, haciéndolo con mucho amor y misericordia. Ha de ejercer su misión de presidir con gratuidad y servicio, sin condenar ni enjuiciar, y cuidando muy especialmente a todos los que están sufriendo. Debe ser un contemplativo de la Palabra de Dios y del pueblo al que ha de servir. Transmitir con frescura y pasión la Palabra, readaptando su lenguaje, para que sea inteligible y vivo para la gente, procurando iluminar la vida del pueblo a la luz de la Palabra viva de Dios. Deberá acompañar el crecimiento de la fe de los hermanos con misericordia y paciencia, respetando los procesos de las personas, sin ningún tipo de proselitismo. Y no ha de tener miedo a la hora de emprender una nueva pastoral. En resumen, se tiene que dar en él una conversión personal y pastoral.

 (Iglesia en Plasencia)

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