Cristianos avinagrados

Mons. Juan del RíoMons. Juan del Río      “Los pobres en el espíritu” (Mt 5, 3), poseen una virtud que es la mansedumbre: “Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra” (Mt 5, 4). Los dóciles evangélicos, no tienen nada que ver con el “buenismo” de moda, ni con la sumisión a lo políticamente correcto que marcan los poderes de este mundo. Los mansos no son los blandos, ni los amorfos, ni los cobardes. La mansedumbre de Jesús, no fue impedimento para que reaccionara con ímpetu ante la profanación del templo por parte de los mercaderes (cf. Mc 11, 15-19). Sucede que como los pobres, según el Evangelio, son los auténticos ricos, los mansos son los verdaderos fuertes. Estos saben hacer frente a las injusticias y a la adulteración ideológica de la bondad, la verdad y libertad humana en esta sociedad. Sin embargo, nuestra continua referencia es el Señor que nos dice: “aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis paz para vuestras almas” (Mt 11, 29).

El que está en paz no piensa mal de nadie. Por otro lado, el descontento, el inquieto, el agriado es atormentado por muchas sospechas, no encuentra descanso él, ni da tregua a los demás. Son como dice el Papa Francisco: “cristianos melancólicos que tienen más cara avinagrada que la gozosa de los que tienen una vida bella… su presencia no trasmite aquel gran gozo” (Santa Marta 10-5-2013).

El problema se da en dos planos diferentes.  Desde una perspectiva de la interioridad: más que creer en la Buena Noticia, sienten la fe no como alegría y gozo, sino como una carga que se debe sobrellevar en esta vida para luego alcanzar la recompensa eterna. Con ello, muestran una desconfianza en el amor de Dios, una instrumentalización interesada de la vida cristiana y una visión pesimista de la realidad humana y eclesial. Diríamos que se han quedado atrapados en los intereses personales no alcanzados. Desde el punto de vista externo, estos prototipos de cristianos “avinagrados”, reflejan  hosquedad en el semblante que los hace distantes de los demás. Al no poseer la mansedumbre, que es la virtud del imán, no atraen a nadie, no son aptos para tender puentes y fomentar la paz en medio de la complejidad social. Como afirma el actual Obispo de Roma: “hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua” (EG, 6).

En cambio, la serenidad de ánimo, como característica de los mansos de corazón,  se da en aquellos pobres y humildes que con su mirada puesta en Dios y con gran dosis de realismo, aceptan su situación sin amargura, con la sonrisa en su rostro y la esperanza en la retribución divina. Tienen fortaleza de espíritu para afrontar las contrariedades de la vida. Poseen el dominio de sí mismos y no son esclavos de la ira y el malhumor. Las palabras y los gestos son apacibles, revelan misericordia y bondad hacia los demás.  Sus juicios son ponderados, saben esperar el momento oportuno para decir las cosas y no herir a los otros. Esta paz de espíritu es un don que poseen los sencillos por su fidelidad a Dios, y no depende tanto del buen carácter y benevolencia de los otros, sino de la tranquilidad de conciencia de una vida recta y  solidaria.

¿Por qué dice el evangelista que “heredarán la tierra”? Es sinónimo de que un día serán recibidos en el reino de los cielos. Pero este premio no es pensado sólo para el más allá, sino que un corazón manso y humilde como el de Cristo, se gana a sus semejantes por la caridad y magnanimidad en el trato, se hace merecedor de la amistad, del respeto y el cariño, aún de las personas más alejadas. No hay manera mejor de atraer y ablandar la dureza de los corazones ásperos, que por medio de la virtud de la mansedumbre. Porque como diría san Juan Crisóstomo: “la violencia no se vence con la violencia, sino con la mansedumbre” (homilía sobre Mt 33).

Pensemos por un momento con qué amor y dulzura hablaba Jesús a la muchedumbre, cómo trataba a los pobres y enfermos, cómo seducía con su mirada misericordiosa a los pecadores. Qué trasmitiría el Señor que su sola presencia producía asombro y paz en el alma de sus paisanos.

Concluyendo: vivir esta Bienaventuranza da una serenidad espiritual que facilita la continua presencia de Dios y el diálogo que conduce a la paz con los hermanos (cf. Francisco, Homilía 24-1-2014).

+ Juan del Río Martín

Arzobispo Castrense de España

Mons. Juan del Río
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Mons. D. Juan del Río Martín nació el 14 de octubre de 1947 en Ayamonte (Huelva). Fue ordenado sacerdote en el Seminario Menor de Pilas (Sevilla) el 2 de febrero de 1974. Obtuvo el Graduado Social por la Universidad de Granada en 1975, el mismo año en que inició los estudios de Filosofía en el Centro de Estudios Teológicos de Sevilla, obteniendo el título de Bachiller en Teología en 1979 por la Universidad Gregoriana de Roma. Es doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (1984). Su ministerio sacerdotal lo desarrolló en la diócesis de Sevilla. Comenzó en 1974 como profesor en el Seminario Menor de Pilas, labor que ejerció hasta 1979. De 1976 a 1979 regentó la Parroquia de Sta. María la Mayor de Pilas. En 1984, una vez finalizados los estudios en Roma, regresó a Sevilla como Vice-rector del Seminario Mayor, profesor de Teología en el Centro de Estudios Teológicos, profesor de Religión en el Instituto Nacional de Bachillerato Ramón Carande y Director espiritual de la Hermandad de los Estudiantes de la Universidad sevillana. CARGOS PASTORALES En los últimos años como sacerdote,continuó su trabajo con los jóvenes e inició su labor con los Medios de Comunicación Social. Así, desde 1987 a 2000 fue capellán de la Universidad Civil de Sevilla y Delegado Diocesano para la Pastoral Universitaria y fue, desde 1988 a 2000, el primer director de la Oficina de Información de los Obispos del Sur de España (ODISUR). Además, colaboró en la realización del Pabellón de la Santa Sede en la Expo´92 de Sevilla, con el cargo de Director Adjunto, durante el periodo de la Expo (1991-1992). El 29 de junio de 2000 fue nombrado obispo de Jerez de la Frontera y recibió la ordenación episcopal el 23 de septiembre de ese mismo año. El 30 de junio de 2008, recibe el nombramiento de Arzobispo Castrense de España y Administrador Apostólico de Asidonia-Jerez. Toma posesión como Arzobispo Castrense el 27 de septiembre de 2008. El 22 de abril de 2009 es nombrado miembro del Comité Ejecutivo de la CEE y el 1 de junio de 2009 del Consejo Central de los Ordinarios Militares. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2017. Ya había sido miembro de esta Comisión de 2002 a 2005 y su Presidente de 2005 a 2009, año en que fue elegido miembro del Comité Ejecutivo, cargo que desempeñó hasta marzo de 2017. El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".