“Sugerencias sobre la formación permanente del Clero”

Ramón del HoyoMons. Ramón del Hoyo     Muy queridos hermanos y amigos sacerdotes:

El próximo día 17 de febrero tendremos en el Seminario, si Dios quiere, la jornada para la formación permanente del Clero. Se iniciarán también, en esa misma fecha, las XVI Jornadas Culturales de Santo Tomás bajo el título: “Espiritualidad Cristiana en tiempos de crisis”.

Quiero, con esta ocasión, presentaros una breves sugerencias sobre la preocupación constante de la Iglesia sobre este particular y su importancia para cada uno de nosotros.

Formación muy necesaria

1. La Iglesia se adelantó a nuestros tiempos en esta preocupación. Hoy, en casi todas las profesiones, se habla de la necesidad de una formación permanente y, en no pocos cosos, se exige. La Iglesia ha venido señalando esta necesidad desde hace siglos.

El Patrono del clero secular español y Doctor de la Iglesia, San Juan de Ávila, escribió estas Advertencias para el Sínodo Provincial de Toledo, en el año 1565:

“Cuánto sea este modo necesario de haber lecciones para reformar la ignorancia de los sacerdotes de la Iglesia, virase por las muchas veces que está mandando en los concilios que se haga, como se podrá ver en el Concilio Lateranense, y lo decretado por Honorio III, y en la Clementina primera, y en el Sínodo de Eugenio Papa… Y, pues, en nuestro Concilio Tridentino y en los concilios y decretos ya citados, tan encarecidamente está mandado poner este remedio, entiéndase que es muy necesario”[1].

Los textos de san Juan de Ávila a este respecto son numerosos y llenos de exigencias.

No es cuestión de enumerar los muchos documentos del Magisterio en las últimas décadas. Valga solo recordar el Decreto Christus Dominus (n. 16), y el Decreto Presbyterorum Ordinis (n. 19) del Concilio Vaticano II, así como el Motu propio Ecclesiae sanctae (n. 7), varias Cartas circulares de la Congregación para el Clero y, sobre todo, la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis de Juan Pablo II, cuyo capítulo VI está íntimamente dedicado al tema de la Formación permanente, así como la Exhortación , también del mismo Pontífice, Pastores gregis.

Para nosotros es muy importante, descendiendo a lo concreto, tomar conciencia, cada uno, de que la formación que recibimos en el Seminario, fue una formación inicial que nos preparó para la ordenación sacramental, pero es la formación que llamamos “permanente” la que verdaderamente va penetrando en las distintas edades y etapas de la vida sacerdotal. Esta formación va dando sabor y orienta nuestro ministerio, en la vida concreta de cada presbítero.

Sería un grave error pensar que con las raíces del Seminario y de la primera formación se adquiere todo lo necesario para, luego, ir aplicando esos conocimientos durante el ejercicio ministerial.

Lo que da sentido a la primera formación es su continuidad a lo largo del ministerio. Ella nos ayuda a hacer de nuestra vida una donación total, con Cristo, a favor de los fieles.

Esta docilidad y apertura del sacerdote para dejarse enseñar de forma continuada y educarse para la vida por la propia experiencia y su situación existencial, implican en él un compromiso serio y continuado en un proceso responsable de formación permanente. Hemos de aceptar y reconocer, con humildad y realismo, la necesidad que todos tenemos de ir creciendo y madurando todos los días. Tendremos que aprender a aprender, hasta el último instante de la vida.

De carácter vinculante

2. El crecimiento y búsqueda de nuestra formación permanente debemos sentirla como algo vinculante, no como si quedara en manos de cada uno, a nuestra discreción. No caben dudas sobre esta necesidad, ni puede calificarse de “facultativa” la participación del sacerdote en esta formación.

La seriedad de esta exigencia debe llevar consigo un rigor personal en su planteamiento, de forma precisa y explícita, no solo en las fechas comunes que celebramos para todo el clero en el Seminario Diocesano, sino también y, sobre todo, en los arciprestazgos, con los compañeros de la zona o comarca.

Queda muy claro que esta obligación forma parte de nuestro ministerio, y no es ningún apéndice al mismo que queda a nuestro gusto.

Mi convicción, desde la experiencia de años, es muy clara: invertir tiempo, medios y esfuerzos en la formación permanente de los miembros del presbiterio, de forma especial en los más jóvenes, significa invertir en positivo para el presente y futuro de nuestra Iglesia. Sus ventajas, a la larga, son evidentes, a favor de la fidelidad al Evangelio, y a sus enseñanzas, para el crecimiento humano y espiritual del sacerdote, pero también a favor de sus fieles encomendados.

Si logramos mantener la conciencia de este deber, si todos aceptamos y hasta sentimos la necesidad de aprender, animados por un sentido de responsabilidad  sacerdotal, no hay duda de que la Diócesis será más fiel a las expectativas evangelizadores del momento presente.

La nueva evangelización nos urge y estimula a ello. En otro caso que nadie se extrañe de cansancios, rutina o mediocridad en el pastor que sigue el ritmo fácil que le marcan las ovejas, en vez de caminar en cada momento oportuno: delante, en medio y, a veces, detrás, como nos decía el Papa Francisco el pasado día 4 de octubre de 2013[2].

Recordemos que el Código de Derecho Canónico contempla el tema de la formación permanente en los sacerdotes como un deber del que cada uno debe responder personalmente, aunque se encomiende a la Diócesis y Arciprestazgo el apoyo y fomento de esta formación de forma subsidiaria (cf. can. 279 y 555, 2, 1º).

En el Directorio para al Ministerio Pastoral de los Obispos[3], se indica que “no olvide el obispo servirse del Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, que comprendía la doctrina y disciplina eclesial sobre la identidad sacerdotal y la función del sacerdote en la Iglesia, así como el modo de relacionarse con las otras categorías de fieles cristianos”.

En este Directorio para el Ministerio y la Vida de los Presbíteros[4] se indican, en efecto, las circunstancias útiles para la organización y la dirección de los diversos medios de formación permanente.

Nos habló sobre ello precisamente, Mons. Antonio Ceballos Atienza, Obispo Emérito de Cádiz y Ceuta, el pasado 25 de noviembre, en la última jornada diocesana de esta formación. No es preciso insistir, por ello, en la necesidad y carácter vinculante que la Exhortación propone sobre la formación permanente en todas las edades del sacerdote, a favor de su identidad y entrega a su ministerio[5].

 

3. Siempre he pensado que el motor y la eficacia de la formación permanente del clero están, sobre todo, en el compromiso serio de cada sacerdote, ayudado también por la Diócesis, si se acierta a estimular y programar desde sus preocupaciones y anhelos reales, de lo contrario será agua que apenas cala. Se puede llegar a reconocer y hasta admirar al profesor científicamente preparado, pero esta sola cualidad no estimulará suficientemente en más de un caso.

Lo que importa, sobre todo, es crear inquietud personal y compromiso por esta formación. Por supuesto que no es suficiente remitirnos a planteamientos de autoridad o recordar simplemente la letra de documentos pontificios o del legislador canónico. Lo acertado, repito, es crear inquietud en cada uno, porque en ello nos va el mejor ejercicio de nuestro ministerio confiado y la respuesta concreta a nuestra vocación sacerdotal.

Se trata, por tanto, de un compromiso e inquietud que nacen desde el deseo sincero de vivir nuestra vida sacerdotal a favor del pueblo de Dios que la Iglesia nos confía. Es conseguir que el sacerdote, desde su experiencia en el perfeccionamiento de su formación, salga de la rutina fácil y comodidad y de la pérdida del tiempo, que conducen al empobrecimiento indefectiblemente.

Sería peligroso programar una formación permanente que supusiera alguna ruptura con la formación teológica-pastoral recibida anteriormente. Sí favorecer un sentido de búsqueda, pero fundamentada y nutrida por la seguridad esencial de los principios. Ha de ayudarle, en definitiva, al sacerdote a acrecentar el “sensus eclesiae” y a tener los mismos sentimientos de Cristo, para “anunciar… la riqueza insondable de Cristo e iluminar la realización del misterio, escondido desde el principio de los siglos en Dios, creador de todo” (Ef 3, 8-9).

El Papa Pablo VI, en un discurso a sacerdotes norteamericanos, lo decía muy claramente marcando estos objetivos para la formación permanente de los sacerdotes: “recordar muchas verdades básicas que estudiasteis en otro tiempo y acaso habéis olvidado, aspectos de la Palabra de Dios, siempre apropiados para nuestras vidas y las de aquellos a los que servís”[6].

Que estas breves sugerencias nos estimulen a todos, como compromiso personal y del presbiterio, a dar esta respuesta enmarcada en el Plan Pastoral Diocesano para el presente curso: “La vocación cristiana como respuesta a la llamada personal de Jesucristo, y su concreción en la vocación sacerdotal”.

+ Ramón del Hoyo López

Obispo de Jaén



[1] San Juan de Ávila, Obras completas, vol. VI, Madrid 1971, BAC 324, 278-279.

[2] “… delante, para guiar a la comunidad; en medio, para alentarla y sostenerla; detrás, para mantenerla unida y que nadie se quede demasiado atrás, para mantenerla unida, y también por otra razón: porque el pueblo tiene «olfato». Tiene olfato en encontrar nuevas sendas para el camino, tiene el «sensus fidei», que dicen los teólogos” (S.S. Francisco, Encuentro del Clero, personas de Vida Consagrada y miembros de Consejos Pastorales, Asís, Catedral de San Rufino, 4 de octubre de 2013.)

[3] Congregación para los Obispos, 22 de febrero de 2004.

[4] Congregación para el Clero, 11 de febrero de 2013.

[5] Nn. 87-115.

[6] Pablo VI, Alocución del 24 de mayo de 1973, Insegnamenti di Paolo VI, 1973, 510-511.

Mons. Ramón del Hoyo
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Mons. Ramón del Hoyo nació el 4 de septiembre de 1940 en Arlanzón (Burgos). Cursó estudios en los Seminarios Menor y Mayor de Burgos, entre 1955 y 1963. Obtuvo la Licenciatura en Derecho Canónico en la Universidad Pontificia de Salamanca (1963-1965) y el Doctorado en la Pontificia Universidad Angelicum (1975-1977). Fue ordenado sacerdote para la archidiócesis de Burgos el 5 de septiembre de 1965. CARGOS PASTORALES Su ministerio sacerdotal lo desarrolló en la diócesis burgalesa. Comenzó como coadjutor de la parroquia de Santa María la Real y Antigua y Director espiritual de la Escuela media femenina “Caritas”, entre 1965 y 1968. Desde este último año y hasta 1974 fue Notario eclesiástico y Secretario del Tribunal Eclesiástico. Además, en el año 1972 fue nombrado Provisor-adjunto de la Curia de Burgos y en 1978 Provisor, cargo que desempeñó hasta 1996. También fue Vicario Judicial del Tribunal Eclesiástico Metropolitano desde el año 1978 y hasta 1993, cuando fue nombrado Vicario General y Canónigo y Presidente del Capítulo Catedral Metropolitano. Estos cargos los compaginó, desde 1977 y hasta su nombramiento episcopal, con la docencia en la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Burgos, como profesor de Derecho Canónico. El 26 de junio de 1996 fue nombrado obispo de Cuenca y recibió la ordenación episcopal el 15 de septiembre del mismo año. El 19 de mayo de 2005 se hacía público su nombramiento como obispo de Jaén, diócesis de la que tomó posesión el 2 de julio de 2005. El papa Francisco acepta su renuncia al gobierno pastoral de esta diócesis el 9 de abril de 2016 y le nombra administrador apostólico hasta la toma de posesión de su sucesor,el 28 de mayo de 2016. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, de la que fue presidente de 2005 a 2011. Ha sido miembro del Consejo de Economía desde 2012 a 2017. También fue miembro de la “Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia”, que se creó con el encargo de preparar la Declaración y la promoción de la figura del nuevo Doctor.