La alegría del Evangelio en la vida consagrada

perez_gonzalezMons. Francisco Pérez     La vida consagrada, a la que muchos hermanos y hermanas nuestros se sienten especialmente llamados y por la que se entregan a un seguimiento radical de Jesucristo, es realmente un bien y una alegría para la Iglesia y para el mundo. “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús”. Así comienza la exhortación apostólica sobre el “gozo del evangelio” de nuestro Papa Francisco. El mensaje de Jesús, nos dice también el Papa, es fuente de gozo: “Os he dicho estás cosas para que mi alegría esté en vosotros, vuestra alegría sea plena” (Jn 15, 11).

En todos los bautizados actúa la fuerza y presencia santificadora del Espíritu que impulsa a evangelizar de muchas formas y con muchos testimonios vivos. Este impulso evangelizador del Espíritu ha sido acogido y obedecido por aquellos que se han sentido convocados a vivir una forma de consagración especial en la vida religiosa y en sus carismas propios. Ellos han sentido la llamada especial, a esta forma de vida, porque se han encontrado gozosamente con la persona de Jesús. Él les ha concedido experimentar la alegría del Evangelio y les ha invitado a entregar la vida entera para anunciarlo con la oración, el testimonio y el servicio a todas las gentes.

La vida consagrada es una prueba evidente de que sólo desde el amor a Cristo y a la humanidad se pueden lograr los frutos que comprobamos en tantas órdenes religiosas. Lo sabemos y lo hemos visto por propia experiencia: En hospitales, en centros educativos, en barrios marginados, en parroquias, en ambientes paganos y paganizados; con niños, con ancianos y disminuidos. En los medios de comunicación y en instituciones culturales los religiosos y religiosas, los seglares consagrados, y hasta las comunidades contemplativas desde el silencio y la oración, son una formidable fuerza para la evangelización, y son, sobre todo, un espléndido testimonio de la alegría del Evangelio. Ellos realmente son un bien y una alegría para la Iglesia y para el mundo.
El día 2 de febrero, fiesta de la Presentación de Jesús en el templo, celebramos la “Jornada por la vida consagrada”. Esta Jornada tiene como unos objetivos muy claros que debemos retener y reconocer para estar a su lado en las circunstancias actuales que les toca vivir. Lo primero que hemos de hacer es alabar y dar gracias a Dios por el regalo de la vida consagrada a la Iglesia y a la humanidad. No cansarnos de pedir y rogar a Dios que siga enviando nuevas vocaciones a las comunidades de vida religiosa en sus múltiples formas de vida y a los consagrados por la vida evangélica.

En segundo lugar, como creyentes, hemos de animar e informar para que se les conozca y se les estime en el pueblo de Dios y en la sociedad. No es por captar la benevolencia sino por mostrar la gran labor que realizan y por lo tanto “es de bien nacidos, ser agradecidos”, según el proverbio popular. No necesitan nuestros aplausos formales sino nuestro reconocimiento porque saben afrontar los problemas, ante las graves y grandes necesidades que hay en la sociedad, sin echarse para atrás y poniendo el servicio de sus personas con el corazón lleno de amor humano y cristiano.

No estamos en momentos de plausibilidad social y menos de elogios abundantes. Las ofertas infinitas que ofrece la sociedad son muy atractivas pero, en muchas de ellas, falta la auténtica humanización por la falta de perspectivas. Por ello hoy se requiere mayor audacia e invitar a los jóvenes para que se planteen, en su vida, una entrega generosa a Jesucristo, al Evangelio y a la Iglesia como camino de su vocación cristiana con las distintas formas de seguimiento que esta vocación conlleva. Consagrarse a Cristo en obediencia, castidad y pobreza es uno de los mejores logros que uno puede adquirir.

¡Cuántos jóvenes conozco que viven gozosamente y en alegría profunda apostando por esta forma de consagración! No sólo son felices sino que hacen felices a los demás. Muchos jóvenes se dedican, en tiempos de vacación, a atender a los más pobres en ambientes animados por los religiosos o dedican un tiempo de retiro para ahondar en la oración viviendo en Monasterios contemplativos para mostrar que para darse  han de olvidarse de sus programas aparentemente más atractivos y dedicar un tiempo a Dios y a los demás. Durante el año siguen viviendo con esta fuerza espiritual que no les roba nada sino, al contrario, se sienten más realizados y, para nada, frustrados. ¡Ojala muchos de ellos encuentren el camino de esta vida consagrada!

Se puede llegar a pensar que es una fantasía o una quimera. Todo lo contrario, esto es construir un mundo más humano y más fraterno. Hoy se necesitan jóvenes que apuesten por la humanidad en el nombre de Jesucristo. Invitemos a los jóvenes que no tengan miedo a ser valientes y a invertir lo mejor de su vida o toda la vida a esta experiencia que colmará su corazón de alegría y que sentirán una mayor realización en si mismos puesto que sólo quien ama se hace más humano.

Deseo que todos los religiosos, religiosas y miembros de vida consagrada, en sus diversas formas, sigan dando el testimonio tan hermoso que hace posible trasparentar la presencia de Dios. ¡La Iglesia y la sociedad os necesitan! Seguid manifestando el amor de Dios a todos y las maravillas que hace en medio de vosotros y en tantos que atendéis  o rezáis por ellos.

Este año, la fiesta de la Presentación del Señor y la Jornada por la vida consagrada coinciden en el domingo primero de febrero. Una coincidencia que se presta para que en las parroquias, iglesias de culto, movimientos apostólicos, instituciones religiosas… principalmente se presente con especial énfasis al pueblo cristiano esta Jornada y los objetivos que pretende.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).